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lunes, 3 de abril de 2023

Crítica Cinéfila: Cuarencena

En el medio de una pandemia, un chef de cinco estrellas y su esposa organizan una velada en su lujoso apartamento colonial a pesar de un toque de queda que afecta a todo el país. 



Previo a “Cuarencena”, David Maler ya había dirigido cuatro películas. A pesar de la gran diferencia de géneros realizados, todos tenían algo en común: los personajes con una historia de transfondo relacionados a un trauma acosador que estaría afectándoles la forma de lidiar con el conflicto presente. “La Boya”, estrenada en el 2022, logró una trama con huevos de pascua impresionantes pero involuntarios, seguramente gracias a la intención y a la profesionalidad de sus talentos, o a algunas ideologías del director. Pero en esta ocasión, la historia está aún más pensada, es divertida y a la vez reflexiva, como si finalmente el cine dominicano estuviese listo para darle la oportunidad al cine negro.

La historia inicia con uno de los recuerdos más oscuros para la generación actual: el inicio de la pandemia, el toque de queda extremo y restrictivo, y el miedo que se sentía hacia este desconocido virus que algunos no creían real, sino algo promovido por el gobierno para tener a la sociedad controlada. Conociendo la situación de angustia, 7 amigos deciden planificar una cena que dure toda la noche hasta que el toque se levante al día siguiente. Los únicos requisitos: que todos lleguen a tiempo y lleven su prueba de COVID negativa.

La noche comienza como un maravilloso encuentro para los amigos que tenían meses sin verse; las mascarillas de cada uno son suficiente para poder percibir su personalidad, pues debe resultar obvio que son muy diferentes a pesar de la familiaridad. Los anfitriones son Mateo (Luis José Germán) y Claudia (Soraya Pina), una pareja de esposos que poseen un restaurante; Mateo tiene meses con el restaurante cerrado y está muy deseoso de sacar sus habilidades culinarias por una noche, aunque sean rostros cercanos a él. En el momento que Claudia da una breve introducción y agradece a todos los presentes por cumplir con las medidas, hay unos intercambios de mirada puntuales: ya esta dejó de ser una promesa a una noche tranquila.

La película está dividida por cada plato que van degustando, y cada secuencia se siente como una elevación de las emociones que fluyen por la habitación. Mientras que la preocupación sanitaria es el eje de todo por distintas razones, el principal tema es la confianza y cercanía que se sienten, y si un tiempo violentado (como lo provocó el COVID) afectaría la hermandad grupal. El elemento que provoca reflexiones individuales que cada uno va teniendo durante la noche parece venir de un misterioso cuadro que los personajes verán de manera particular durante la noche. La audiencia no puede ser testigo de este más que por sus pequeños detalles de matiz y pintura, pero es la reacción de los protagonistas lo que nos debe dar una percepción de lo que piensan y cuál será su próximo movimiento o jugada.

El quiebre viene por las relaciones de por medio y cómo en cada una baila un 3er involucrado, hasta en las que menos se esperaría. La tensión entre Mateo y Jojo (Isabel Spencer), vigilados por Claudia, es quizás la más intensa, en comparación con la de Jonás (Joshua Wagner) y Aurora (Elizabeth Chahin) quienes de principio tienen unos intercambios amistosos que se pudiesen confundir con inicio de amistad con mucha facilidad, hasta que uno se da cuenta que hay más que eso entre estos dos. El tono cómico lo añaden El Chompi (Frank Perozo) y Carmen (Nashla Bogaert), con esa química impresionante que nunca decepciona en las películas donde trabajan en compañía; los personajes tuvieron un romance que concluyó hace mucho y ahora, con la presencia de un tal Jorge, la pareja está haciendo su mayor esfuerzo por hacer las paces y comportarse, aunque esto les parece ser imposible.

Seguimos varios puntos de vista gracias a la fotografía apetecible de Luis Enrique Carrión (hay mucha inspiración de películas como “Para agua como chocolates” en los planos a detalle de los platos, que crea un tremendo contraste con las escenas de baile y juego a oscuras), pero a nivel narrativo, parecería que no le podemos quitar el ojo a Mateo, cuando casi todos los conflictos giran en torno a él - con Jojo, o Jonás, o Claudia - reflejando una vez más ese personaje con un oscuro pasado, que no es tan pasado aquí, y con un gran temor por lo que sigue después del presente tan conflictivo. Sin embargo, no es él quien guía la película. Al final del día, Maler hizo un gran esfuerzo de guion para que se sintiese como una historia de múltiples tramas, marcadas por la introducción de cada plato, y un único desenlace posible: secretos de por medio que ocasionan caos evolutivo hasta terminar en un renacimiento, en este caso literal.

David Maler es de los pocos directores dominicanos que ya han encontrado su norte y se ha centrado en un estilo dentro de su amalgama de películas. "Cuarencena" ya no se considera un experimento, sino más bien una obra bien lograda. Sus aspectos técnicos balancean con profundidad las complejidades narrativas que nos golpean, sin abandonar su tema tan centrado. Aunque la presentación culinaria es un impresionante trabajo visual que hace que cualquiera grite la famosa frase de “mi cumplido para el chef”, el condimento secreto es la sinergia de caos que todos queremos ver desatada en un espacio donde ninguno podrá escapar, y que solo tendrán paz cuando que toda la verdad salga.


jueves, 12 de noviembre de 2020

Crítica Cinéfila: Mis 500 Locos

Después de que un grupo de pacientes mentales escapan del Hospital Psiquiátrico de Nigüa, el Dr. Antonio Zaglul es nombrado nuevo director de la institución con el propósito de calmar la prensa negativa que la falta de control del lugar estaba generando. Una vez allí será difícil distinguir si la locura vive dentro o fuera de las paredes del hospital.



En 1955, a la edad de 35 años, Antonio Zaglul fue nombrado como el primer director del Hospital Psiquiátrico Padre Billini, cargo que desempeñó hasta 1960, debido a su desacuerdo con el régimen Trujillista. A raíz de la muerte del doctor Manuel Tejada Florentino y de las hermanas Mirabal, se exilió en Puerto Rico. Y seguro mientras estuvo por ahí, escribió Mis 500 Locos, obra que Leticia Tonos junto a Lenin Compres y Waddys Jaquez traen a la gran pantalla como la primera película dominicana que se estrena después del cierre masivo de los cines por la pandemia. Pero a diferencia de muchas otras historias dominicanas que tienen como ambientación la tiranía Trujillista, esta es la que menos aborda el tema enfocándose en un universo muy particular, y aún así, el guión no funciona.

La historia inicia con Antonio (Luis José Germán) llegando al manicomio guíado por Gonzáles (Pavel Marcano), un oficial del gobierno quien lo introduce a los demás empleados. Es recibido con un regalo de bienvenida en su oficina: el cuerpo de uno de los locos siendo velado mientras esperan el padre para darle una última bendición, diciéndole de entrada al doctor que su trabajo en este hospital no será fácil. Pero no es tanto por los locos que se agrupan entre las esquinas del reducido espacio, sino por los mismos empleados renuentes a atender a los residentes.

Dentro del hospital, Antonio se encuentra con una serie de situaciones que debe confrontar, como un mercado de los domingos que corrompe la privacidad de los enfermos; la misteriosa violación y embarazo de la muda (Camila Santana); la posible relación entre el Tuerto (Ico Abreu), quien había recién salido de la 40, y Aurora, a quien no se le conoce ningún familiar; la insistencia del Venezolano (Rick Montero) de que puede ayudar a Trujillo a vencer a los comunistas; y la falta de respeto que tienen los doctores y enfermeros hacia los internos. 

Pero al mezclar estos y más conflictos en una película hace que la historia se vuelva episódica, y en vez de lidiar con una trama principal para todo el filme, da la sensación de estar viendo una serie de televisión sobre el manicomio. Es un problema muy común en el cine dominicano, pero es muy extraño que Leticia Tonos lo haya dejado pasar cuando previamente hemos visto cómo en su filmografía ella ha cuidado de la estética de sus guiones. Esto quizás haya tenido que ver porque aquí cede la responsabilidad narrativa a Compres y Jaquez quienes no tenían una experiencia previa en largometrajes, y que al parecer les hizo falta cierta asesoría a la hora de escribir un guión de película.

A pesar del aplausible talento del departamento de arte, sobretodo el trabajo de ambientar las escenografías a la época dominicana de los 50 y vestir a los talentos con una particularidad de esos años, esto no hace que se ignoren los aspectos de cada personaje y cómo algunos de ellos parecen completamente innecesarios para la historia. Los más cuerdos tienen una actitud de profesores o estudiantes de secundaria, mientras que los locos caen en el estereotipo de su locura (la que es muda, es únicamente muda; el transexual solo habla sobre la transexualidad; la coja solo cojea); la mayor inquietud dentro de estos personajes es que en vez de mostrar una razón coherente por la que han caído ahí simplemente lo justifican a esta característica particular o al hecho de que sobrevivieron a la 40 y por eso están ahí.

Ni siquiera la cinematografía de Luis Carrión (Juanita, María Montez) se salva, con un estilo de balanceo que crea una confusión visual hacia donde uno debe prestarle atención y que si no fuese por la misma longitud de la historia, parecería más un video musical que una película. Así mismo la música no hace una reflexión a la época en cuestión; no traslada a su audiencia y por lo tanto no refleja la inquietud, que por momentos parece ser una total oposición a los sentimientos que una determinada escena quiere presentar. 

Los altos esfuerzos de Luis José Germán por mantener su compostura como Antonio Zaglul son quizás el elemento más resaltable de la historia, pero esto no le quita la pobreza y el inequilibrado ritmo de crecimiento del personaje al que es sometido. Los demás actores, muchos de ellos tan talentosos como Germán pasan por el mismo suplicio, arrastrándose de un lado a otro en líneas clichés y momentos completamente eliminables.

Esta será la primera película dominicana que se estrena durante la pandemia, pero no es un fuerte regreso a los cines. La mediocridad de la historia solo nos recuerda constantemente que mientras sí se intenta hacer drama u otros géneros para salir un poco de lo que ya se ha establecido como lo tradicional, aún así le falta mucho a la narrativa para que coja suficiente fuerza y así ser tomada en serio. Mientras tanto, seguirá siendo un manicomio visual.