miércoles, 1 de julio de 2026

Crítica Cinéfila: Supergirl

Tomando como referencia la reciente miniserie escrita por Tom King, esta película promete una visión diferente de lo que la mayoría piensa cuando le viene a la mente la prima de Superman. 'Veremos la diferencia entre Superman, que fue enviado a la Tierra y criado por unos padres cariñosos desde que era un bebé, y Supergirl, criada en una roca, una astilla de Krypton, y que vio morir y ser asesinados de formas terribles a todos los que la rodeaban durante los primeros 14 años de su vida para luego venir a la Tierra. Ella es mucho más dura y no es la Supergirl a la que estamos acostumbrados'.



¿Oscuro y crudo? Ya se ha hecho. ¿Sombrío e indecente? Eso es relativamente nuevo. Tal es la sorpresa tonal de "Supergirl" de Craig Gillespie, una entrega que se suma al creciente —y renovado— universo de DC Studios y que, afortunadamente, no se siente atada a las aventuras (y películas) que siguen a primo Superman (David Corenswet, quien aparece a lo largo de esta entrega como un personaje secundario).

Los fans de "Superman" de James Gunn ya tienen una idea de lo que le espera a Kara (Milly Alcock), la prima sarcástica de Superman, que apareció al final de su última película, borracha y furiosa. En su primera película en solitario, se la ve disfrutando al máximo (más o menos) en planetas lejanos. ¿Tiene un sol rojo? Ahí es donde quiere ir, porque allí sus poderes kryptonianos no funcionan y puede emborracharse de verdad. Y Kara, aunque aparentemente "celebra" su cumpleaños, en realidad solo busca un poco de olvido.

No hace falta conocer los detalles exactos de su vida —aunque el guion de Ana Nogueira los revelará mediante un flashback conmovedor a mitad de la película— para intuir por qué Kara está tan triste. Al fin y al cabo, ella y Clark son los últimos supervivientes de un planeta muerto (bombardeado, destruido, aniquilado), y aunque la infancia y la adolescencia de Kara transcurrieron de forma diferente a las de Clark, ambos comparten un profundo sentimiento de pérdida. Sin embargo, Kara también carga con mucha rabia, y si intenta ahogarla, eso da una buena pista de lo que le atormenta. Pero ella es buena persona, aunque ser buena persona puede ser muy difícil.

No ayuda que el último deseo de la madre moribunda de Kara fuera precisamente ese: que sea buena. No educada, ni fácil, ni suave. Eso ha demostrado ser una tarea ardua, pero cuando una huérfana valiente (una niña recién convertida en huérfana, como vemos en una secuencia estremecedora que deja claro que aquí va a haber un verdadero derramamiento de sangre) irrumpe en el bar remoto donde Kara y su fiel cachorro Krypto se están emborrachando, anunciando su plan para acabar con el asaltante intergaláctico que mató a toda su familia, Kara no puede evitarlo. La misión de Ruthye (Eve Ridley) no despierta nada en Kara de inmediato, pero sí enciende una chispa.

Y cuando Krem de las Colinas Amarillas, interpretado por Schoenaerts, inyecta a Krypto un veneno mortal (el antídoto cuelga literalmente del cuello del villano) y se lleva la nave espacial de Kara (y, por lo tanto, prácticamente todo lo que posee, incluido su traje de Supergirl), la chispa se enciende por completo. Mientras Kara y Ruthye se embarcan en un viaje vertiginoso a través de un universo bastante desagradable, el ADN de "Mad Max" de la película se hace presente. Desde los bandidos amantes del metal y con sus armaduras hasta su afición por los vehículos tuneados y su aterrorizada camarilla de "novias" robadas, "Supergirl" se parece mucho más a "Fury Road" que a "Guardians of the Galaxy".

Aun así, algunas cosas resultan familiares, como las secuencias de acción de la película, que se apoyan en la velocidad de Kara mientras los demás parecen lentos. Gillespie, al igual que Gunn, es un experto en seleccionar canciones, y la peculiar selección musical que salpica la película puede interpretarse como algo quisquilloso (una versión acústica de "The Middle") o genuinamente inspirador (como "Silver Lining" de Rilo Kiley). Sin embargo, los escenarios sí se sienten diferentes, en particular la sórdida ciudad moribunda en la que Kara y Ruthye persiguen a Krem (como un "Blade Runner" destrozado) y la extensión desolada a la que los salvajes bandidos las arrastran (con el sol verde casi aniquilando a Kara).

A pesar de la naturaleza relativamente modesta de la misión de las chicas —una venganza profundamente personal y la búsqueda de un antídoto para el veneno de su perro—, "Supergirl" no puede escapar de otros clichés del género de superhéroes. Es decir, ¿les interesaría conocer a otro querido personaje de cómic ? Por suerte, la única estrella de DC que aparece en esta es Lobo, interpretado por el favorito de los fans, Jason Momoa, y está completamente loco. Claro, ayuda a las chicas en momentos oportunos y siempre parece estar cerca cuando necesitan más potencia de fuego, pero también está totalmente chiflado y es propenso a irse literalmente hacia el atardecer en su supermotocicleta espacial. 

Pero lo que distingue a "Supergirl" —y lo que, lamentablemente, podría alejar a los fans que buscan algo similar— es su interés por mantener un enfoque íntimo mientras plantea preguntas trascendentales. La aventura de Kara y Ruthye rara vez es divertida, llevándolas a menudo a los rincones más oscuros del universo y sus numerosos habitantes. Por una vez, el universo no está en juego, pero eso no significa que no haya consecuencias reales. Alcock, encargada de interpretar a un personaje que podría resultar antipático para algunos, encuentra tanto la dimensión humana como el carisma extraordinario necesarios para que valga la pena apoyar a Kara.

Mientras Kara lucha con su deseo fundamental de salvar a Krypto (el único pedazo de hogar que siente que le queda, una afirmación desgarradora), inevitablemente tiene que lidiar con salvar algo mucho más nebuloso: el alma de Ruthye y, eventualmente, la suya propia. Este tipo de preocupaciones siempre están presentes de forma sutil en las historias de superhéroes —suelen encajar perfectamente bajo el lema de "¿qué significa ser un superhéroe?"—, pero la película de Gillespie las aborda de manera más evidente. Esperamos que cualquier otra película independiente de "Supergirl" sea un poco más pop y "divertida" que esta primera (y esperamos que haya más), pero también esperamos que mantengan la pregunta crucial de esta: ¿Qué significa ser bueno ? No es fácil.


martes, 23 de junio de 2026

Crítica Cinéfila: Toy Story 5

Los juguetes están de vuelta. Esta vez, Buzz Lightyear, Woody, Jessie y el resto de la pandilla se enfrentan a un nuevo reto cuando conocen a Lilypad, una nueva tablet que llega con sus propias ideas disruptivas sobre lo que es mejor para Bonnie. ¿Volverá a ser lo mismo la hora de jugar?



Tras cinco películas, elegir tu favorita de "Toy Story" se siente misión imposible. Puede que tengas una, pero ¿por qué elegir solo una? Estas películas conforman un canon mayor que la suma de sus partes, a veces hilarantes y a veces delirantemente ingeniosas. Lo cierto es que todas las películas de "Toy Story" son hermosas, brillantes y diferentes entre sí, y ahora más que nunca funcionan a la perfección. Son una visión: de la infancia y la ternura nostálgica, de egos que chocan y de humor físico desenfrenado, de puro encanto cinematográfico. En ese sentido, Toy Story 5 es un resumen sublime, una película que refleja toda la saga en su espejo mágico y (quizás) un final perfecto.

A lo largo de 30 años, las películas de "Toy Story" han evolucionado hasta convertirse en su tema central: la pérdida. La tristeza que conlleva, pero también su inevitabilidad (así que quizás no sea tan triste como pensamos al principio). Los juguetes, como Woody y Buzz, siempre peleando, o Jessie, la vaquera, que ahora es la protagonista, han visto crecer a sus dueños y dejarlos atrás. Esto hace que los juguetes se sientan casi como padres, viendo a sus hijos partir hacia el mundo. Las películas abordan el espectro de la obsolescencia, pero también su contraparte positiva: el renacimiento.

En “Toy Story 5”, surge un nuevo tema que resulta inquietante y conmovedor para su época: la desaparición del juego. Bonnie (con la voz de Scarlett Spears), de 8 años, sigue jugando con Jessie (Joan Cusack), la vaquera pelirroja, y su fiel caballo, Bullseye (Alan Cumming). Pero parece incapaz de hacer amigos con los demás niños del barrio. ¿Por qué? Porque ya nadie juega con juguetes. Los niños están todos pegados a sus pantallas, una invasión tecnológica que la película muestra como causante de un cambio radical en las relaciones infantiles.

“¡La era de los juguetes ha terminado!”, exclama un viejo juguete desechado con melancolía. Como si se dieran por vencidos, los padres de Bonnie le compran una Lilypad, una tableta parlante para niños (con la voz de Greta Lee) con un marco de rana verde. Bonnie se vuelve adicta rápidamente, descubriendo que al comunicarse con otros niños en línea, puede hacer “amigos” al instante. En 15 minutos, ya tiene una cita para jugar. Pero como la película sabe muy bien (y como muchos adultos han olvidado), los amigos que se hacen a través de una conexión tecnológica no son lo mismo que los amigos con los que compartes el mismo espacio, los amigos con los que realmente juegas.

De lo que habla “Toy Story 5” es de lo que se conoce como juego imaginativo, y eso no es solo una actividad. Es toda una dimensión, una forma para que los niños tomen el universo que tienen en su cabeza y lo extiendan al mundo. Cuando el juego imaginativo se manifiesta en “Toy Story 5”, la película lo representa con secuencias de gran comedia, llenas de colores fluorescentes brillantes, donde la acción parece provenir directamente de la mente de un niño, de una manera hilarante.

Pero el mundo ya no está organizado para apoyar esto. Después de una pijamada organizada a través de una tableta infantil, las nuevas "amigas" de Bonnie, que son como niñas malas de 8 años (un subproducto de la era digital), se burlan de ella por seguir aferrándose a sus viejos juguetes. Jessie y Bullseye terminan de vuelta en la granja donde la niña original de Jessie, Emily, vivió una vez, y donde ahora hay una niña de 9 años llamada Blaze (Mykal-Michelle Harris). Pero traer a Bonnie de vuelta al mundo del juego imaginativo no será una tarea fácil. Se necesitarán las maquinaciones de Jessie y Woody (Tom Hanks), que ahora es un vaquero "viejo" calvo; todos nuestros viejos amigos de juguetes familiares; un trío de dispositivos tecnológicos primitivos: un entrenador de orinal llamado Smarty Pants (Conan O'Brien), una cámara infantil llamada Snappy (Shelby Rabara) y un hipopótamo GPS llamado Atlas (Craig Robinson), que están a medio camino entre los mundos analógico y digital; y un ejército de Buzz Lightyears atrapados en modo de demostración, que han sido agrupados en el Multi-Buzz, una fuerza de combate supervisada por su intrépido líder (Tim Allen).

Andrew Stanton, el legendario director de Pixar de “Wall-E”, toma ahora las riendas de una película de “Toy Story” por primera vez (aunque trabajó en todas las anteriores), y ha creado una película con una densidad ambiciosa y deliciosa. Donde una película menor habría convertido la historia en una batalla entre los buenos de la vieja escuela (los juguetes) y los malos de la nueva escuela (las pantallas), “Toy Story 5” no demoniza la vida tecnológica, sino que la representa como un nuevo reino metafísico del cosmos infantil. La trama es elaborada, pero todo se reduce a Jessie y su equipo tratando de organizar una cita para jugar entre Bonnie y Blaze, porque son niñas que aún tienen la cabeza en el mundo real. Joan Cusack, soltando “ain't” y “don't” y frases como “¡Santo caramelo!”, convierte a Jessie en una chica de pueblo, gruñona pero contagiosa. Tiene un romance con Buzz (que está deseando pedirle matrimonio) que se vuelve conmovedoramente divertido. Mientras tanto, Hanks dota al vulnerable pero testarudo Woody de una deliciosa resiliencia propia de la vejez.

“Toy Story 5” es una película que te llena de alegría, pero también tiene momentos que te impactan profundamente. Porque esta película plantea una pregunta crucial: ¿Cómo se conectarán los niños entre sí en una era que los presiona para que crezcan demasiado rápido virtualizándose? El mensaje de la película es: tómate tu tiempo, sé tú mismo y juega. La diversión que recibes es igual a la diversión que creas. 


martes, 16 de junio de 2026

Crítica Cinéfila: Scary Movie 6

Veintiséis años después de conseguir escapar de un asesino enmascarado sospechosamente familiar (Ghostface), el Core Four están de vuelta en el punto de mira del asesino y ninguna película de terror está a salvo. Marlon Wayans (Shorty), Shawn Wayans (Ray), Anna Faris (Cindy), y Regina Hall (Brenda) se reúnen en Scary Movie junto a favoritos que vuelven y nuevas caras frescas para acuchillar sin piedad reboots, remakes, requels, precuelas, secuelas, spin-offs, terror elevado, historias de origen, todo lo que tenga la palabra legacy en el título y cada capítulo final que, por supuesto, no es final. Nada es sagrado. Ningún tópico sobrevive. Se cruzan todas las líneas. Los Wayans están de vuelta para cancelar la cultura de cancelación.



Es un mal momento para " Scary Movie " (2026), un nostálgico regreso de la franquicia que, considerando el contexto actual, resulta bastante bueno. En términos generales, la parodia funciona mejor cuando es anárquica, y en el caso de los Wayans, el humor negro inteligente siempre ha sido parte de su atractivo. Pero ver a los creadores de la saga regresar a "Scary Movie" después de casi 25 años, solo para ver cómo su parodia cae ahora en manos de las grandes corporaciones, es, cuanto menos, desalentador. 

La buena noticia es que los Wayans han recuperado en gran medida  el control de la franquicia que crearon, tras las infames disputas con los responsables de la era Weinstein, que provocaron la expulsión del equipo creativo principal antes de "Scary Movie 3". El reparto finalmente se ha reunido, con Marlon Wayans y Shawn Wayans junto a las estrellas Anna Faris y Regina Hall. Para los fans de "Scary Movie" de toda la vida, este acontecimiento por sí solo tiene suficiente peso emocional como para justificar una visita al cine.

A pesar del tiempo transcurrido entre "Scary Movie 6" y la última aparición de los cuatro protagonistas en "Scary Movie 2" (2001), la química entre los actores principales se mantiene prácticamente intacta. El director Michael Tiddes, quien nunca dirigió una entrega de "Scary Movie" pero se convirtió en un colaborador clave de los Wayans en las décadas posteriores, logra recordar a los espectadores por qué estos intérpretes se convirtieron en íconos de la comedia. Sin embargo, ya sea que los Wayans estuvieran protegiéndose de la influencia de Paramount o aceptándola a la hora de plasmar sus ideas en el guion, su irregular regreso no resulta del todo convincente. 

Faris sigue siendo la MVP como Cindy Campbell, por supuesto. La sobreviviente de "Scary Movie" ha funcionado durante mucho tiempo como el arma secreta de las películas, e incluso dejando atrás sus orígenes en "Scream" para adentrarse en el arquetipo de sobreviviente madura popularizado por Jamie Lee Curtis en "Halloween" (2018), Faris encuentra formas sorprendentes de hacer que los chistes insulsos o sosos parezcan sinceros. Hall está igualmente encantadora como la favorita de los fans, Brenda Meeks, quien, por alguna razón, está enmarcada aquí por una versión extendida de "Ma" de Octavia Spencer que es hilarante.

Mientras tanto, Olivia Rose Keegan resulta una elección de casting inspirada para el papel de Sarah, la hija de Cindy. La actriz de 26 años imita a Faris a la perfección, y cuando "Scary Movie 6" se centra en los personajes que conectan, funciona. Pero Shorty Meeks, el personaje de Marlon obsesionado con la marihuana, y Ray Wilkins, el personaje de Shawn que no es gay pero definitivamente lo es, tienen dificultades para encontrar su punto álgido cómico en arcos argumentales que se sienten anticuados en comparación con el resto del guion de los Wayans, coescrito por Marlon, Shawn, Keenen Ivory Wayans, Craig Wayans y Rick Alvarez.

Más jóvenes recién llegados se unen al elenco para dar forma al transparente homenaje de Paramount a sí misma, mientras "Scary Movie 6" toma forma en torno a la anterior "Scream 6" del estudio de 2023. Esa presencia juvenil se siente casi demasiado actual, ya que la sátira de la película se centra desproporcionadamente en discursos seleccionados de los últimos años. Un chiste de fondo sobre "Final Destination Bloodlines" funciona de maravilla, y un chiste especialmente cruel dirigido al reinicio de "I Know What You Did Last Summer" del año pasado exige grandes carcajadas. Hay una broma brutal sobre "John Wick" y la cultura de los spin-offs en Lionsgate. Además, una referencia a la sensación independiente de 2014 "It Follows" que es objetivamente errónea y bastante divertida. 

Los cameos de famosos en “Scary Movie 6” también son, en general, excelentes, comenzando con una genial escena inicial que deja claro de inmediato que los Wayans siguen teniendo buen ojo para el casting de estrellas. Dicho esto, el tan esperado regreso de esta sátira familiar no parece del todo seguro de qué historia quiere contar sobre el género de terror en sí. La “Scary Movie” original llegó al final de una década dominada por las películas de asesinos en serie: una tendencia que ya había sido sutilmente criticada cuando se estrenó “Scream” por aquel entonces.

Por el contrario, los últimos trece años, aproximadamente, en el cine de género desde la verdaderamente terrible "Scream 5" han sido notablemente complejos y dinámicos. Desde el auge de los autores independientes en Neon y A24 hasta el discurso del "terror elevado" que lo acompañó, las películas de miedo han ido ganando reconocimiento artístico gradualmente, al tiempo que han seguido impulsando la industria en taquilla. "Scary Movie 6" ignora en gran medida esa historia, el dominio del universo de "The Conjuring" y Blumhouse, las producciones originales de plataformas de streaming, la explosión del terror con influencias de internet y mucho más, presentando una cronología incompleta que no engañará a la mayoría de los fanáticos del género.

"Art the Clown" hace acto de presencia, y algunos se sorprenderán cuando mencionen "Saltburn" de Emerald Fennell. Sin embargo, las omisiones son llamativas, ya que personas influyentes en las redes sociales, usuarios de Letterboxd, críticos de YouTube, fanáticos del crimen real y otros actores clave en la difusión de pesadillas contemporáneas quedan indemnes. "Scary Movie 6" hace referencia a "M3GAN", "Smile", "Candyman", "Longlegs", "The Substance", "Sinners", "Get Out", "Weapons" y más, lo que resulta en una película extrañamente cargada de premios que parece diseñada para satisfacer los gustos de Paramount por encima de los de cualquier otra persona.

En cierto modo, «Scary Movie 6» se asemeja menos a una parodia de la cultura del terror real y más a una vaga representación de lo que algunos ejecutivos de Hollywood consideran una película de terror moderna. Esta visión limitada trasciende la cultura pop y se adentra en la política. Cabe destacar que los Wayans no rehúyen por completo la controversia. Hay chistes sobre Black Lives Matter, Trump, los pronombres, ICE, Diddy, Drake, Michael Jackson, #MeToo e incluso una referencia al infame «Chamán MAGA», que se hizo tristemente célebre el 6 de enero. 

Los Wayans demuestran una audaz disposición a adentrarse en terrenos incómodos en un momento en que muchos artistas evitan hablar de tales tensiones, y eso tiene un mérito innegable. Algunos chistes particularmente escandalosos sobre raza se colaron en el montaje final de la película, aunque gran parte de su material más arriesgado resulta extrañamente forzado en lugar de provocador o imprudente. Los capítulos originales de "Scary Movie" de los Wayans eran vulgares, caóticos y ofensivos, precisamente porque los comediantes no se dejaron tentar por la falsa promesa de la simpatía universal. Pero "Scary Movie 6" parece haber forzado su transgresión más que la naturalidad que surgía de la producción en estas circunstancias. Y, sin embargo, las escenas de acción funcionan mejor que muchas de las sátiras escritas más ingeniosas de la película. Probablemente no fue casualidad. Dirigidas por David Zucker, "Scary Movie 3" y "Scary Movie 4" demostraron a la franquicia que los gags visuales tenían mayor impacto en el público general que el mordaz comentario social de los Wayans, lo que sugiere una frustrante contradicción que aún persiste en la última entrega. 

"Scary Movie 6" pretende ser la primera en decir lo indecible, pero al mismo tiempo parece más nerviosa que nunca por descubrir hasta dónde puede llegar sin consecuencias. En ningún otro lugar se hace más evidente esa tensión que en la relación, a veces exasperante, de la película con las recientes secuelas de "Scream" de Paramount. La influencia de esa franquicia se cierne sobre casi todo en "Scary Movie", y un chiste de última hora que involucra un sustituto apenas disimulado de una decisión controvertida sobre un personaje de "Scream 7" probablemente genere controversia. Dicho esto, los Wayans nunca abordan directamente el debate del mundo real que rodea a Ghostface, a pesar de que "Scream 7" fue duramente criticada a principios de este año después de que Melissa Barrera fuera despedida de la franquicia por publicaciones en redes sociales sobre Gaza. 

Nadie debería esperar un análisis geopolítico profundo de "Scary Movie", y solo un tonto se ofendería por lo que los Wayans no ridiculizaron en esta película. Sin embargo, la buena sátira a menudo se define tanto por lo que excluye como por lo que critica, y al negarse a abordar cualquier controversia real en Paramount (a pesar de una frase muy floja que involucra a Neve Campbell), "Scary Movie 6" logra parecer a la vez irreflexiva e inofensiva.

Al ver “Scary Movie 6”, es prudente reflexionar sobre el futuro de la parodia cinematográfica. No porque la obra parezca explícitamente censurada, sino porque, en muchos sentidos, parece manipulada. Si la sátira estadounidense llega cada vez más a los cines reformada por la ideología corporativa y la gestión de marcas, nuestra comprensión compartida de la historia reciente del cine podría volverse preocupantemente selectiva. En ese sentido, los Wayans regresaron para un último “whatsuuup” que demuestra que podían recuperar la franquicia, aunque no su perspectiva original que tanto impactaba.


Crítica Cinéfila: Disclosure Day

Si descubrieras secretos que han permanecido deliberadamente ocultos durante décadas, y alguien te abriera los ojos y te lo demostrase, ¿qué harías?, ¿y te asustarías? Este verano, la verdad será revelada a más de ocho mil millones de personas. Llega... el día de la revelación.



Ha pasado mucho tiempo desde que Steven Spielberg dirigió una película tan característica de su estilo como  "Disclosure Day", que reflexiona sobre cómo reaccionaría la humanidad ante la prueba de la existencia de vida extraterrestre. Algunos podrían argumentar que "War of Worlds", el trepidante thriller de acción apocalíptico de 2005, encaja a la perfección. Pero para quienes crecimos con los clásicos del director, Spielberg suele significar  "Jaws" para el terror,  "Raiders of the Lost Ark" para la aventura de estilo retro y "Close Encounters of the Third Kind" y "E.T." para la pura sensación de asombro que evoca un universo que expande radicalmente nuestro mundo.

En lo que respecta a superproducciones cinematográficas que imaginaban nuevas fronteras, "Jurassic Park"  podría colarse en ese selecto grupo. Pero este thriller de 1993, que fusionaba la prehistoria con la tecnología futurista, ya se adentraba en terrenos más oscuros, donde la deslumbrante innovación científica chocaba con la codicia corporativa, la arrogancia y el sabotaje industrial, y el asombro daba paso al miedo.

Para muchos de nosotros, las películas de los años 70 y 80 afianzaron nuestro amor por el cine, y pocas experiencias formativas son tan fascinantes, cautivadoras y, si se quiere, puras como las de un Spielberg clásico. Pocos directores contemporáneos, si acaso alguno, han sabido aprovechar la capacidad del cine para asombrarnos y cautivarnos como lo hace el Spielberg de esas décadas, en parte porque, a pesar de su maestría narrativa, es tan ingenuo como cualquiera de nosotros (algo que queda patente en "The Fabelmans"), contemplando boquiabierto el espectáculo de la gran pantalla.

Spielberg trabaja en parte en esa línea con "Disclosure Day", y se pueden encontrar similitudes con  "Close Encounters of the Third Kind" y "E.T.".  Pero, como corresponde a un cineasta que se acerca a los 80, la inocencia asombrada ahora coexiste con una madurez más reflexiva, especialmente al abordar el secretismo, la manipulación y el engaño del poder gubernamental. Al igual que las primeras películas de ciencia ficción de Spielberg, esta nueva película me recordó constantemente las cuestiones morales y filosóficas planteadas por la brillante "Minority Report" de 2002 .

Ambas películas comparten una energía febril, un dominio absoluto de las secuencias de persecución viscerales y escenas de acción magníficamente coreografiadas. Pero el corazón del film, como en todas las mejores obras de Spielberg, reside en el drama humano, plasmado en las conmovedoras interpretaciones de Emily Blunt y Josh O'Connor, con Colin Firth interpretando un papel atípico como el villano, aunque este último cree estar actuando por el bien del país. Existen alegorías que pueden interpretarse sobre cómo el miedo a lo desconocido engendra crueldad y explotación, pero "Disclosure Day" es ante todo una historia trepidante con raíces temáticas en la esperanza, la verdad, la empatía y quizás incluso la espiritualidad. Spielberg siempre ha sido un cineasta populista, pero el grado en que él y el guionista David Koepp involucran al público para armar el rompecabezas es estimulante. 

Nos adentramos en la historia sin preámbulos, después de que una agencia gubernamental secreta llamada WARDEX, dirigida por Noah Scanlon (Firth), secuestre a Jane Blankenship (Eve Hewson) para llegar hasta su escurridizo novio, Daniel Kellner (O'Connor). Kellner es un antiguo genio de la tecnología de WARDEX, contratado directamente del estacionamiento de la prisión el día de su liberación tras cumplir ocho años de condena por delitos cibernéticos. La división guarda pruebas secretas de fenómenos aéreos no identificados (UFO) y visitas de seres no humanos a la Tierra que se remontan a la administración de Nixon. Ahora acusado de traición, Daniel ha robado un poderoso dispositivo de origen extraterrestre que la división le pagaba por proteger. Cree que la gente tiene derecho a saber sobre el encubrimiento de cinco décadas y planea publicar datos y archivos de vídeo clasificados de WARDEX.

Spielberg nos mantiene en vilo al comenzar la película en un combate de lucha libre, un lugar concurrido que Daniel ha elegido para realizar el intercambio: el dispositivo a cambio del regreso de Jane. Pero la operación secreta no sale como Scanlon había planeado. Daniel huye con Jane y el dispositivo, poniendo en marcha la trepidante persecución que caracteriza la película. El principal aliado de Daniel es Hugo Wakefield (Colman Domingo), director de Activos Biológicos de WARDEX, quien se ocultó junto con una docena de empleados y ahora comparte el mismo objetivo. Daniel protesta diciendo que no tiene ninguna experiencia como agente de campo, pero Hugo insiste en que conserve el dispositivo y espere que lo encuentren antes que Scanlon.

Mientras tanto, Margaret Fairchild (Blunt), una meteoróloga de la televisión de Kansas City cuyo novio Jackson (Wyatt Russell) se resiste a su deseo de mudarse a un mercado más grande, experimenta cambios repentinos. Después de que un cardenal rojo entra volando a su apartamento y se posa en la mesa de la cocina, Margaret adquiere misteriosamente la capacidad de hablar ruso y coreano, y de comprender la mente de cualquiera con quien se encuentre, simplemente con contacto visual. Mientras está al aire, a punto de dar su habitual y animado pronóstico del tiempo, se distrae y comienza a emitir extraños chasquidos, un idioma ininteligible para todos excepto para Daniel, quien lo reconoce al instante como un código.

Presionada por Hugo para que destruyera su teléfono y huyera rápidamente de Kansas City antes de que WARDEX la encontrara, Margaret también se lanza a la carretera, acompañada inicialmente por un desconcertado Jackson. La conexión entre Margaret y Daniel y su origen constituyen el misterio central del guion de Koepp, basado en una historia de Spielberg. La forma en que estos dos, aparentemente desconocidos, se conocen y las distintas funciones que desempeñan en la comprensión de una especie alienígena confieren a la película una gran carga emocional.

Spielberg hace un claro guiño a "Close Encounters of the Third Kind", llegando incluso a hacer que los extraterrestres se parezcan a los visitantes de ese clásico imperecedero de 1977, mientras que la agencia secreta empeñada en contener la fuga de información recuerda a "E.T.". Pero es importante señalar la distinción de que esta no es ninguna de esas películas emblemáticas. La abundancia de ciencia ficción sofisticada en el último medio siglo significa que prácticamente cualquier forma de vida alienígena o nave espacial que los cineastas puedan imaginar ya se ha visto, lo cual no quiere decir que el trabajo del diseñador de producción Adam Stockhausen en esta última no sea impresionante. Inevitablemente, ahora es mucho más difícil sorprendernos.

Durante casi toda la película, nuestra visión de los visitantes interplanetarios se limita a vídeos en blanco y negro de baja resolución de los años 70, proyectados en monitores que antes estaban guardados bajo llave en las bóvedas de WARDEX. Pero, al menos para este espectador, esa exposición limitada sirvió para resaltar las implicaciones humanas, especialmente cuando Scanlon empieza a usar un dispositivo idéntico al que tiene Daniel para acceder a la mente de las personas cercanas a los fugitivos y que puedan revelar su paradero.

Si bien la combinación del ritmo vertiginoso de la editora Sarah Broshar y la potente banda sonora de John Williams (una de las mejores del veterano compositor) garantiza una experiencia emocionante de principio a fin, las secuencias de acción trepidantes resultan especialmente emocionantes. Destaca una persecución a alta velocidad en la que Margaret y Daniel saltan de un coche a un tren en marcha mientras el despiadado jefe de seguridad de Scanlon, Boyd (Henry Lloyd-Hughes), los persigue e intenta matarlos.

El reparto es inmejorable. Jane, interpretada por Hewson, una antigua novicia que perdió su vocación, es a la vez una brújula moral y una amenaza cuando Scanlon la manipula mentalmente; sirve como vehículo para las preguntas de la película sobre la fe y la necesidad humana de creer en algo más allá de nuestra existencia. Domingo interpreta a Hugo como el más lúcido y sensato, pero a la vez inesperadamente tierno, guiando a Margaret y Daniel hacia una comprensión más profunda de su pasado y de lo que viven en el presente. 

Firth resulta escalofriante, llevando su semblante severo y sumamente inteligente hacia terrenos cada vez más siniestros y aportando matices y gravedad a los extremos a los que Scanlon está dispuesto a llegar para cumplir su cometido, cueste lo que cueste. El éxito de WARDEX en la ingeniería inversa de tecnología extraterrestre alimenta la atmósfera subyacente de paranoia y conspiración nefasta propia de los años 70 que impregna la película.

O'Connor es uno de nuestros actores más emotivos y sensibles, aparentemente incapaz de una nota falsa; aporta convicción y una profundidad de sentimiento a Daniel que se intensifica con cada nueva información sobre quién es y de dónde provienen sus habilidades. Una secuencia en la que escapa por poco de ser arrestado en una granja aislada en la zona rural de Virginia Occidental junto a Jane es otro momento de gran tensión, magistralmente ejecutado.

Sin embargo, quien realmente se roba toda la atención es Blunt, sencillamente impresionante y más magnética que nunca, inyectando un torbellino de emociones en Margaret mientras es arrastrada por instintos aterradores que no puede controlar, y ganando terreno con determinación a medida que su situación —pasada y presente— se va esclareciendo. El acto final, que lleva a Margaret de vuelta al punto de partida, es profundamente conmovedor, aunque los pasos que Koepp da para llegar allí a veces resulten confusos. 

En cuanto a la técnica, Spielberg está en su mejor momento. Trabajando con su director de fotografía de siempre, Janusz Kaminski, quien aquí pinta con una paleta de colores apagados realzada por una iluminación exquisita, el director planifica cada plano para lograr el máximo impacto dramático, con una cámara que se mueve con una gracia y un control que reafirman su reputación como un narrador visual consumado. Para cualquiera que haya disfrutado de sus películas, "Disclosure Day" será una adición esencial a la rica filmografía de Spielberg.


martes, 9 de junio de 2026

Crítica Cinéfila: Final de Euphoria

Han pasado cinco años para los antiguos alumnos de East Highland High, y la vida para ellos ha sufrido serios cambios.




El que ha visto Euphoria desde sus inicios (en tiempo real) hasta este final, debe reconocer que la serie ha logrado un antes y un después; siendo de por sí una propuesta arriesgada, logró un viaje fructífero desde el 2019 hasta esta fecha de cierre. Las tramas de preparatoria y de acoso sexual ya se habían contado, por lo que su creador Sam Levinson, el creador y director de la serie, se encontraba ante una disyuntiva. ¿Merecía la pena seguir con la historia de estos adolescentes? La única diferencia es que el tema no era tratado como él lo hizo, y su respuesta le vino dada. La amenaza de cancelar la serie fue contraatacada con esos dos episodios especiales que profundizaban en la psicología de su pareja principal, Rue y Jules, a modo de episodio botella, dos especiales que para muchos alcanzaron los temas más intensos y espléndidos de la serie.

La segunda temporada apostó también por una vuelta de tuerca arriesgada, con tramas de los personajes que confluían en una especie de metacine hispter a modo de obra de teatro de colegio. Mientras, Rue, seguía inmiscuida en sus negocios turbios relacionados con la droga. Después, cuando todos dábamos por extinguida la serie, llegó el inesperado anuncio de una tercera temporada. La serie debía reinventarse de nuevo; habían pasado muchos años desde el lanzamiento del último episodio. Las tramas de colegio ya no tenían sentido, especialmente porque nadie se tomaría en serio que aquellos actores adultos todavía siguieran siendo estudiantes. Había que tomar una decisión, en parte motivada por la salida del proyecto de algunos actores. Es cierto que la producción merecía un cierre digno y definitivo. La segunda temporada, aunque sensacional, no podía quedarse como el último movimiento por parte de los personajes. Los espectadores merecíamos un final. Y personalmente creo que fue el más adecuado.

Con todas estas circunstancias. Levinson se enfrentaba a una decisión tan arriesgada como estimulante: ¿Qué habría sido de los protagonistas después del colegio? Lo que podría haberse convertido en una expansión insulsiva de algunas tramas se convirtió en una oportunidad única para demostrar su talento narrativo. La temporada 3 de Euphoria se convierte casi en una temporada de antología en la que los personajes rompen con su background para colocarlos en situaciones al límite, en las que tendrán que poner a prueba su actitud ante la vida, esos valores que se supone que aprendemos durante la época escolar.

La nueva temporada también supuso un giro radical respecto a sus preceptos originales. Una especie de historia independiente que podría funcionar de forma aislada, sin las ataduras emocionales de las temporadas anteriores y los años del colegio. Nadie dijo que fuera fácil. No todo el mundo lo entendería. Pero Sam Levinson se ha atrevido a aceptar el reto y a desarrollar una temporada fantástica y muy sólida.

Euphoria gira radicalmente. De ser un drama juvenil, la serie va hacia un neowestern fronterizo en el que los cárteles de la droga y las malas decisiones componen un retrato demoledor de la sociedad norteamericana de los suburbios. Con la amenaza latente de una de las lacras más vergonzosas y preocupantes de Estados Unidos: el fentanilo.

Euphoria se suma a ese movimiento artístico que está aflorando en el cine de Hollywood con películas como The Rider o Nomadland (ambas de Chloë Zao) o las recientes Eddington (Ari Aster) o la triunfadora Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson) con historias de gente que malvive en los límites de todo y de la nada más absoluta al tiempo que las políticas y discursos del odio calan entre los descerebrados que ya no tienen nada que perder.

Sin dejar de lado esa locura que ha golpeado con fuerza a los más jóvenes: auténticos yonkis dependientes de las redes sociales y del aparentar algo ante los demás. Un destructor de cerebros que ridiculizan hasta el extremo al personaje de Cassie (Sydney Sweeney), por el que casi sentimos vergüenza en algunos momentos. Su caída a los infiernos quizás no sea tan explícita que la de otros personajes, pero resulta grotescamente violenta por lo cercano que resulta el mundo de las influencers en la sociedad actual.

Por otro lado, la explotación de mujeres y las falsas promesas de llegar a lo más alto es un tema tan necesario como aterrador. Mujeres peleando entre ellas por llegar a lo más alto, cuya única fantasía es la de operarse para conseguir más likes —las que tienen suerte de no ser explotadas sexualmente— o conseguir más propinas. Una historia deprimente que nos hace reflexionar sobre todas las cosas que estamos haciendo mal. Quizás Jules sea el personaje menos aprovechado en esta temporada, pero la nueva frialdad de su personaje es capaz de crear una atmósfera única, llenando la pantalla con su sola presencia. Soberbia.

Por otro lado, la serie se centra en ese arraigo, todavía palpable, hacia lo primitivo de la sociedad americana, anclada en costumbres y poses anacrónicas, más propias de los antiguos westerns trasnochados pero que siguen vigentes. Una sociedad armada hasta los dientes y que sigue luciendo sombreros de cowboy de ala ancha. Las referencias son múltiples, especialmente, a través de los nuevos personajes pertenecientes al mundo de la prostitución y de la droga: persecuciones a caballo, paisajes desérticos, cartucheras, serpientes y botas de punta.

Por último, en esa doble moral tan norteamericana, la redención parece que solo cabe ante el abrazo de la religión, cualquiera de ellas es válida como dice el personaje de Ali (mentor de Rue en Alcohólicos Anónimos). En esta temporada, Rue parece alcanzar la paz mental a través del estudio de la Biblia. Mientras otros personajes creen que ahora el libro sagrado tiene una versión reducida y adaptada a los nuevos tiempos, otros personajes descubren que las historias bíblicas están repletas de sangre, sexo y odio, como pasa en la vida real. Viendo la interpretación que muchas naciones hacen de los textos sagrados, no es de extrañar la situación geopolítica actual. 

Quizás no sea casualidad la inclusión en el reparto de Rosalía, fan reconocida de la serie, que con su último disco Lux ha hecho que muchos se replanteen la religión y se interesen por temas más espirituales. Aunque solo sea por estar de moda o porque los influencers hablen de ello, abrir el debate en esta sociedad tan lobotomizada siempre es una buena noticia.

Todo es caos en Euphoria. Nada hace pensar que saldremos bien parados de esta situación si el catalizador de todo resulta ser el personaje de Ali, capaz de restaurar el equilibrio moral de la temporada entrando a tiros en un local de striptease de carretera. Nada hace pensar que la vida mejorará después de la etapa escolar.

La elección del maestro Hans Zimmer en el espacio musical junto a los samplers electrónicos de Labrinth sirve como una intención adicional a una temporada asfixiante que siempre va en crescendo. Los espectadores sabemos que los personajes se dirigen hacia el abismo, sin poder hacer nada para remediarlo. Mucho se había hablado de la música y el cambio sustancial de la banda sonora, pero para mí esta elección ya marca, y mucho, el devenir de los episodios.

Por momentos, Sam Levinson se recrea durante varios minutos en escenas formidables, para componer un clímax único. Recuerda mucho a esos fotogramas preciosistas que demuestran un control absoluto de la iluminación, el uso del color y la imagen de otros grandes maestros como David Lynch o Nicholas Winding Refn.

Euphoria refleja a la perfección esa frustración furibunda de la clase media y trabajadora por no alcanzar los sueños de adolescencia, esos sueños que nos prometieron a través de la publicidad y los mensajes vacíos de los gurús de las redes sociales. Entre la mediocridad de consumo rápido de la mayoría de series de algunas plataformas, la conclusión es que necesitamos más series como Euphoria. 


miércoles, 3 de junio de 2026

Crítica Cinéfila: Backrooms

Una extraña puerta aparece en el sótano de una exposición de muebles. Cuando el paciente de una terapeuta desaparece en una dimensión más allá de la realidad, ella deberá adentrarse en lo desconocido para intentar salvarlo.



En “ Backrooms ”, un inquietante viaje de terror dadaísta y meditativo en la tradición de “Eraserhead” y “Skinamarink”, donde se cuestiona la realidad, el director Kane Parsons convierte nuestros miedos en una casa de la risa con muchas paredes pero sin fondo. El personaje central, Clark ( Chiwetel Ejiofor ), es un dueño divorciado de una tienda de muebles, un arquitecto fracasado que hierve de resentimiento por el desastre en que se ha convertido su vida. Clark acude a terapia con la Dra. Mary Kline ( Renate Reinsve ), y juntos realizan un juego de rol en el que recrean la historia de Clark sobre cómo su esposa lo echó de casa. Ahora vive en la tienda, que se llama Cap'n Clark's Ottoman Empire (incluso hace anuncios de televisión disfrazado de pirata). Es un lugar grande donde vende muebles baratos, y un día, mientras intenta arreglar la iluminación defectuosa de la tienda, se siente atraído por una pared hasta que se adentra en ella.

Al otro lado de la pared hay una habitación enorme, casi vacía. Es como una versión de la tienda que han vaciado, con una moqueta mohosa, un techo salpicado de paneles rectangulares de luz fluorescente y paredes de un amarillo descolorido. Está conectada a otra habitación, y a otra, y a otra, y algunas contienen muebles apilados o montones de ropa sucia, y otras están divididas por huecos cuadrados que parecen pasadizos. Pero el lugar parece no tener fin. ¿Acaso Clark ha cruzado un espejo que lo llevará a la salvación? ¿Ha descubierto un misterio envuelto en un acertijo dentro de un enigma? ¿O ha entrado en el infierno? Quizás todo lo anterior.

La historia de fondo de "Backrooms" es casi tan interesante como la película misma. No es la primera película que surge de un concepto de creepypasta, pero podría ser la primera en hablar el lenguaje de los memes de Internet, canalizando la esencia misma del terror web en constante expansión. Backrooms comenzó como una sola fotografía inquietante tomada durante la renovación de una antigua tienda de muebles en Oshkosh, Wisconsin. El concepto fue luego desarrollado por usuarios en un hilo de 4chan, pero siguió siendo una visión del infierno como un infinito espacio de oficinas abandonadas hasta 2022, cuando Kane Parsons, de 16 años, tomó esa premisa y la expandió en una intrincada serie de cortometrajes en YouTube; la serie se convirtió en un fenómeno.

En las películas de Backrooms, la cámara vagaba por habitación tras habitación (era como un plató de cine interminable), con imágenes grabadas con el grano degradado del VHS. Todo tenía un aura a lo "Blair Witch": la dimensión de metraje encontrado, con la cámara en mano que el camarógrafo nunca suelta, ni siquiera al correr, y toda la insinuación de "¿qué se esconde tras la siguiente esquina?". Pero también fue un ejemplo fundamental de la estética del "espacio liminal": imágenes de espacios vacíos o abandonados que transmiten una sensación de desolación y, vagamente, de embrujo, con la cualidad de un portal de la vida real. El espacio liminal original podría haber sido casi como las tomas de los pasillos vacíos del hotel en "El resplandor", una película que siempre me ha parecido mucho más inquietante por su diseño audiovisual que por cualquier otro aspecto.

Gracias a la popularidad de la serie Backrooms, Parsons recibió una oferta de A24 para adaptarla a una película de terror. Con tan solo 20 años, esto lo convierte en el Orson Welles del cine viral. Y tal vez lo sea. "Backrooms", que se nutre de la popularidad de Parsons, podría convertirse en la primera película de terror experimental en recaudar 40 millones de dólares en su primer fin de semana. Parsons, en su debut como director de largometrajes (el guion es de Will Soodik), demuestra ser un maestro de la ambientación, compartiendo con el joven David Lynch la pasión por el diseño de sonido industrial y cósmico, así como su fascinación por los misterios de la electricidad. Parsons extrae el verdadero terror de la sensación de estar encerrado, en lo que a veces parece una versión infinita de la guarida de un asesino en serie.

Como película de terror atmosférico, "Backrooms" es extraordinariamente efectiva. Te sientas y te sumerges en el laberinto, en los enigmas y las texturas grunge, sabiendo que la película te va a dejar perplejo. La sensación de pavor creciente se basa en la posibilidad de que algo horrible aceche dentro de esas habitaciones amarillas y mohosas, algo parecido al monstruo que aparece en "Inland Empire" de Lynch (otro precursor de Backrooms). Y Parsons, con su estilo demasiado refinado para los sustos repentinos, nos ofrece esos monstruos, o al menos, algunas figuras atormentadas de horror con cabezas retorcidas. Hay una imponente versión demoníaca del Capitán Clark, así como humanos que parecen tener varias caras arrugadas sobre sí mismos. ¿Qué son? Quizás seamos nosotros.

Chiwetel Ejiofor, un actor excepcional, es la presencia perfecta para estar en el centro de todo esto. Su Clark, barbudo y bebedor, es un hombre cuya vida destrozada no tiene sentido para él, y a medida que se adentra en los cuartos traseros, comunica —e inculca en el público— la sensación de que busca una catarsis de significado, incluso si resulta ser una pesadilla (que, por supuesto, lo es). Renate Reinsve, como la psiquiatra que se adentra en los cuartos traseros tras él, transmite una tensión angustiosa.

A pesar de la inquietante viveza de su imaginación, ¿es "Backrooms" una buena película? Es un film de insinuaciones y oscuridad profunda, como un thriller de casas encantadas convertido en un escalofriante poema sobre lo siniestro. Puede que decepcione a quienes esperen una experiencia de terror convencional. Parsons, a pesar de todo lo que muestra, deja la sensación de que el verdadero horror podría estar fuera de nuestro alcance, lo cual, en cierto modo, es lo que convierte la estética del espacio liminal en algo atractivo. Pero no se puede negar que Kane Parsons es ahora un maestro en este género. De ahora en adelante, será fascinante ver cómo llena esos espacios.


jueves, 21 de mayo de 2026

Crítica Cinéfila: Obsession

El anhelo romántico desesperado de un chico por su amor platónico de toda la vida desencadena un siniestro hechizo: Niki se vuelve irracionalmente obsesiva hasta convertirse en la sombra de Bear. Una fantasía aparentemente inofensiva que se convertirá en una perturbadora pesadilla. Potente metáfora sobre la cosificación de las relaciones románticas y de los límites a los que estamos dispuestos a llegar movidos por el deseo de ser correspondidos.



Estamos llegando a un punto en el que la ruta más segura para convertirse en director de terror es iniciar una carrera en la comedia de formato corto. Jordan Peele impactó al mundo con "Get Out", Zach Cregger lo convirtió en un patrón con "Barbarian" y "Weapons", Danny y Michael Philippou se subieron al carro con "Talk to Me" y "Bring Her Back". Ahora, el bromista de YouTube Curry Barker ha lanzado una de las mejores películas de terror de 2026.

“Obsession” comienza con la premisa más simple del género de terror: Bear (Michael Johnston) es un tímido y sensible empleado de una tienda de música que no encuentra el valor para invitar a salir a su compañera de trabajo y amiga de la infancia, Nikki (Inde Navarrette). En lugar de ser honesto con ella y decirle lo que realmente siente, entra en una tienda de cristales esotéricos y compra un Sauce de un Deseo, un juguete antiguo y cursi de los años 60 que promete conceder un deseo a su dueño al partir una rama por la mitad. La cajera le advierte que la mayoría de los clientes que lo compran se han quejado de los resultados, pero no sería una película de terror si le hiciera caso.

Tras dejar a Nikki en su casa después de una noche de trivia en un bar con sus otros compañeros de trabajo (y de incomodarla con su intento de coqueteo mientras insistía en que solo eran amigos), rompe el sauce y pide un deseo sencillo: que Nikki lo ame más que a nada en el mundo. Poco después, ella sale de su casa y le pide ir a la suya, y Bear piensa que acaba de comprar un billete de ida para salir de la zona de amigos, pero no sin sentirse extremadamente perturbado por su cambio de actitud.

De repente, Nikki está siempre loca por Bear, ansiosa por demostrarle afecto en público y pasa tanto tiempo con él que prácticamente se muda con él. Para Bear, la nueva situación es estupenda casi siempre… el único inconveniente es que Nikki a veces vuelve a ser la de antes y grita de terror durante unos segundos, antes de reanudar el bombardeo de amor.

Incluso antes de que la película se descontrole, los amigos en común de Bear y Nikki empiezan a señalar lo extraño que es todo. La otra chica del trabajo escuchó a Nikki hablar de cómo veía a Bear como un hermano menor apenas unas horas antes de convertirse en una adolescente locamente enamorada, y queda claro que está pasando por un mal momento. Empiezan a circular rumores: las conjeturas van desde la drogadicción hasta una crisis nerviosa total, pero curiosamente nadie adivina que se trata de un "juguete de los años 60 que concede deseos con consecuencias mortales". Sin embargo, en lo único que todas coinciden es en que Bear se está aprovechando de una chica vulnerable.

Sus relaciones sociales empiezan a escasear, las invitaciones a fiestas se pierden en el correo y Bear pronto se encuentra solo, sin nadie a quien recurrir, cuando la nueva Nikki comienza a apuñalarse con cristales rotos, a cocinar a su gato muerto y a sellar sus puertas con cinta adhesiva para impedirle salir de casa. Lo único que puede hacer es llamar al servicio de atención al cliente que aparece en el reverso del paquete; pero cuando escucha que tienen el alma de la verdadera Nikki pidiendo ayuda a gritos, el romántico empedernido se da cuenta de que se ha metido en un lío mucho mayor de lo que puede manejar.

“Obsession” demuestra que la influencia de Cregger en el terror de la década de 2020 está en pleno apogeo, ya que su combinación de violencia sádica, referencias irónicas y comedia extraída de la reacción patéticamente egoísta de las personas ante la tragedia merecerá numerosas comparaciones con “Barbarian” y “Weapons”. Además, continúa sabiamente la reciente tendencia de permitir que fuerzas del mal inexplicables simplemente existan en su mundo, encontrando su crítica social en la forma en que los humanos reaccionan ante lo que no comprenden. En lugar de convertir los males reales en metáforas.

El aspecto más fascinante e impredecible de la película reside en la decisión de Barker de contar una historia sobre algo objetivamente horrible —en este caso, un hombre que le arrebata el alma a una mujer y la convierte en una réplica psicótica de sí misma para poder tener relaciones sexuales con su cuerpo y fingir que son pareja— exclusivamente desde la perspectiva del perpetrador. Navarrette ofrece una interpretación brillantemente retorcida de lo que queda de Nikki, pero dado que su verdadero ser está atrapado gritando en el purgatorio del centro de llamadas y solo emerge por segundos, Bear es el humano a través de cuyos ojos vemos todo.

Gran parte del género de terror se basa en hombres que cometen actos atroces contra mujeres, con resultados que van desde la profunda misoginia hasta el feminismo catártico. Pero "Obsession" se centra en un miedo masculino mucho más contemporáneo: ser el tipo problemático cuyo círculo social sabe que se aprovechó de una chica y no quiere tener nada que ver con esto.

Cuando conocemos a Bear, no es un monstruo a punto de estallar. Es un tipo sensible, frustrado por su falta de éxito amoroso, y su desamor lo empuja a anteponer sus propios deseos a la autonomía de su amiga el tiempo suficiente para arruinarles la vida a ambos. No la agrede físicamente, pero se adentra en una zona moralmente ambigua por puro egoísmo, claramente atormentado por la culpa del ciclo irreversible que puso en marcha. También odia que sus amigos tengan razón en sus críticas. El hecho de que exista una película como "Obsession" es prueba de un mínimo progreso social, ya que solo funcionaría en una sociedad donde los hombres sienten que hay consecuencias sociales reales para la mala conducta sexual. Barker no le muestra piedad por sus acciones, pero deja la puerta abierta a una introspección más oscura. Para la mayoría de los espectadores, la pregunta aterradora no debería ser "¿Podría terminar como Nikki?", sino más bien "¿Podría yo, o alguien que conozco, sentir la tentación de hacer lo que hizo Bear?".

Eso no quiere decir que lo que le sucede a él sea peor que lo que le sucede a ella (al menos al principio), pero Barker casi parece desafiar al público a preguntarse cuántos "buenos" en la sala serían capaces de cometer un error de juicio similar en ciertas circunstancias. Hombres y mujeres experimentarán dos tipos de miedo muy diferentes al considerar la respuesta, pero "Obsession" debería mantener a todos despiertos mucho después de haberla visto.


martes, 19 de mayo de 2026

Crítica Cinéfila: Hokum

Un escritor de terror visita una posada irlandesa para esparcir las cenizas de sus padres, sin saber que se dice que la propiedad está encantada por una bruja.




“Hokum”, la inquietante nueva joya de terror del guionista y director Damian McCarthy, es una historia de fantasmas que te atrapa de la mejor manera posible. También es una historia de brujas, una historia de un hotel embrujado y una historia sobre cómo la humanidad puede ser la fuerza más aterradora del mundo, todo ello entrelazado con una potente técnica. No solo resulta inquietante, gracias a su magistral uso de la oscuridad y el sonido, sino que también se convierte en una sutil y poética reflexión sobre la pérdida cuando menos te lo esperas. Cabe destacar que no se trata de otra película de terror obvia sobre el trauma, ya que McCarthy lo maneja todo con delicadeza, sin exagerar ni dar demasiadas explicaciones. En cambio, el cineasta irlandés aborda los elementos del terror folclórico con una naturalidad refrescante, un humor negro pero a la vez melancólico, al tiempo que le brinda a Adam Scott una de sus mejores interpretaciones hasta la fecha. 

Todo comienza con una reveladora mirada a la imaginación de un escritor: el atormentado novelista Ohm Bauman (Scott), quien intenta encontrar la manera de terminar su historia sobre un hombre y un niño perdidos en un desierto donde la muerte podría ser su única salida. Está tecleando con una bebida siempre a mano, una leve sonrisa casi grabada en su rostro, la lluvia cayendo a cántaros afuera y su casa vacía casi engullida por las sombras. Este vacío desolador, tanto el de la historia como el de su vida, es donde se ha instalado, aunque algo ya parece acechar en la oscuridad. Al alzar la vista, ve una figura que parece observarlo desde lejos. Cuando intenta mirar más de cerca en el vacío, tanto en ese instante como a lo largo de la película, encuentra algo ineludiblemente doloroso que lo mira fijamente y al que tendrá que enfrentarse.

Tras esta fascinante escena inicial, casi sin diálogos, Ohm decide —o al menos se ve impulsado por algo— a ir a un remoto hotel irlandés que era un lugar especial para sus difuntos padres. Va allí para esparcir sus cenizas, y la escena, a la vez sombría y cómica, en la que lo hace, revela su compleja y tensa relación con ambos, obligándolo también a reflexionar sobre su propio pasado. Una angustia abrumadora lo espera allí, hasta que todo se vuelve demasiado y casi lo consume.

Es salvado por una amable camarera, Fiona (Florence Ordesh), quien no solo le habla de la misteriosa suite nupcial del hotel, a la que nadie tiene acceso, sino que también lo trae de vuelta al mundo de los vivos que parecía haberlo dado por perdido. Hablan sobre el final de su historia, y ella lo interpela directamente sobre si lo que él considera una conclusión valiente es en realidad una forma de eludir su responsabilidad. Cuando Fiona desaparece, Ohm se lanza a buscarla, mientras que la mayoría de los demás en el hotel parecen preferir que siga desaparecida.

La experiencia resultante es un triunfo sutil del terror, con una increíble técnica maestra y la misma inquietante fuerza emocional que una gran historia de Stephen King. Es tan entretenida como evocadora, y cada nuevo vistazo a la oscuridad invita a quedarse un rato más para ver qué emerge a continuación. Aunque similarmente contenida como las también sólidas películas anteriores de McCarthy, "Caveat" y "Oddity", "Hokum" demuestra ser su obra más segura, cautivadora y, en última instancia, demoledora hasta la fecha. Ya sea en los breves atisbos del pasado que proporcionan un contexto devastador a lo que inicialmente parecía una frase amarga pronunciada en estado de embriaguez, o en un siniestro programa de televisión infantil que atormenta a Ohm a mitad de la película, impacta de maneras sorprendentes.

Desde el meticuloso diseño de producción de Til Frohlich hasta la rica cinematografía de Colm Hogan, todo en esta película le otorga una mayor profundidad, sumergiéndote en los lúgubres rincones del hotel. Cada detalle hace que las habitaciones —y lo que yace debajo— parezcan infinitas, incluso en medio de la opresión. Cuando Ohm debe adentrarse aún más en las profundidades del hotel con la esperanza de encontrar una salida a esta pesadilla, su viaje se convierte en algo más que una lucha por la supervivencia. En cambio, busca algo más cercano a la salvación existencial en los abismos de la desesperación donde pasa la mayor parte de la película atrapado. A veces, hay que descender al abismo de la oscuridad para emerger a la luz.

Es una situación compleja, pero Scott está a la altura de las circunstancias en cada momento, ofreciendo una interpretación impactante, justo cuando la película se adentra en las profundidades del alma de Ohm. Su interpretación es sencillamente excepcional, transmitiendo el peso emocional de su personaje a la vez que encuentra momentos de humor en medio del horror. Es capaz de mostrar la crueldad de Ohm, sin rehuir jamás cómo el dolor que el escritor carga se ha endurecido hasta convertirse en una coraza impenetrable que utiliza para protegerse de quienes lo rodean.

A medida que los personajes le muestran pequeñas muestras de amabilidad a lo largo de la película, Ohm comienza a darse cuenta de que todavía hay personas que se preocupan por él y que, posiblemente, también tienen esperanzas en él. Afortunadamente, la película no nos lo pone fácil, sino que deja que Scott capture esta transformación gradual pero conmovedora con sutil delicadeza. Del mismo modo que el escritor abre su mente a la posibilidad de que algo más allá de nuestra comprensión se oculte en el hotel, vemos cómo empieza a considerar que su vida quizás no sea tan sombría después de todo.

La película conserva un encanto fascinante y muchos momentos que te conmueven profundamente. La forma en que Ohm y McCarthy encuentran sus respectivos finales resulta significativa. Es un significado que quizás requiera adentrarse en la oscuridad de la película, pero allí encontrarás una visión aterradora y, en última instancia, conmovedora.


martes, 12 de mayo de 2026

Crítica Cinéfila: The Testaments, 1ra temporada

1 temporada, 10 episodios. Drama sobre el paso a la adultez ambientado en Gilead. La historia sigue a dos adolescentes: la devota y obediente Agnes Mackenzie y Daisy, una conversa recién llegada de fuera de las fronteras de Gilead. Continuación de "El cuento de la criada".



«Lo ordinario es simplemente a lo que están acostumbradas», dice la tía Lydia (Ann Dowd) en el primer episodio de "The Handmaid's Tale", dirigiéndose a un aula llena de criadas en formación. Algunas ya llevan sus túnicas rojas y cofias blancas. Otras visten ropa informal, sin saber aún lo que Gilead espera de sus súbditas. Muchas, si no todas, tienen miedo. La tía Lydia ve esos rostros asustados y, a su manera, les ofrece consuelo: «Sé que esto debe resultarles muy extraño», dice. «Quizás ahora mismo no les parezca normal, pero con el tiempo lo será. Se convertirá en algo habitual». 

Y así fue, para gran perjuicio de la serie.

Tras una primera temporada tan impactante y cruda como el mencionado acto de disciplina de la tía Lydia, la adaptación de Bruce Miller de la emblemática novela de Margaret Atwood cayó en patrones repetitivos con una familiaridad que atenuó su impacto. Las escenas de disciplina (o tortura) siempre resultaban agonizantes, pero cada vez menos reveladoras. Mucho antes de su final abrupto, "The Handmaid's Tale" estaba estancada temática y creativamente. Los fans sabían lo que iban a ver en cada temporada, tanto que incluso el final —en el que June (Elisabeth Moss) libera con éxito a Boston pero se niega a retirarse hasta que Gilead desaparezca— dejó de lado el cierre para perpetuar viejos hábitos.

Recordar que la transformación en algo común fue en su momento la consecuencia más escalofriante de la serie resulta peculiar y fundamental. En el primer episodio, la promesa de la tía Lydia pende sobre la cabeza de Offred como la cuchilla de una guillotina. La expresión sombría de Moss, a la que se recurre con frecuencia para transmitir información silenciosa a lo largo de seis temporadas, transmite terror en el presente, así como en un futuro donde el miedo es reemplazado por la resignación. Gilead no puede volverse común. No puede convertirse en la norma. No puede ser vista como otra cosa que lo que es: un patriarcado tiránico que necesita ser erradicado.

Ese sigue siendo el objetivo en "The Testaments", y aunque el enfoque se invierte, la banalidad persiste. Mientras que nuestra narradora anterior, Offred (también conocida como June), era una forastera en Gilead desesperada por recuperar las libertades de las que una vez disfrutó, nuestro guía principal en la secuela solo conoce la vida «bajo su mirada».

Agnes (Chase Infiniti) es obediente, respetuosa y piadosa. Criada por un comandante relativamente amable (Nate Corddry) y una madrastra francamente malvada (Amy Seimetz), Agnes creció con tantos privilegios. Su casa es inmensa y los sirvientes de su familia (las Marthas) la mantienen en condiciones impecables. Conoce todas las costumbres de Gilead, así como las expectativas que se tienen de ella, una joven que se acerca a la edad adulta. Al comienzo de la serie, Agnes es una "plum", su grupo asignado en la escuela preparatoria de la tía Lydia para futuras esposas. Está a punto de graduarse, lo que significa que se casará con un hombre, y su mayor aspiración es encontrar una pareja de la más alta posición.

Pero al borde de alcanzar todo lo que siempre ha deseado, Agnes está aterrorizada. Uno pensaría que los cadáveres que encuentra colgando al borde del camino a la escuela serían la causa, pero eso es normal, al igual que los guardias armados que vigilan las salidas escolares y los castigos rituales que se infligen a los alumnos que se portan mal durante las asambleas. No, lo que asusta a Agnes es algo indescriptible; algo que no puede expresar con palabras, incluso si se le permitiera decirlo.

En la narración, recuerda haberle sonreído a un chico cuando aún era una "rosa" (la alumna más joven). Por "tentarlo", le taparon la boca con cinta adhesiva y la obligaron a sostener un cartel que decía "puta". Así que ahora, sabe que no debe ceder a sus sentimientos por Garth (Brad Alexander), el Guardián que la acompaña por Gilead como a una princesa moderna. Se pregunta cómo sería besarlo, pero es una fantasía sin posibilidad de hacerse realidad.

Hasta que llega una chica nueva a la escuela. Daisy (Lucy Halliday) es una recluta de Toronto, atraída a cruzar la frontera por misioneras de Gilead llamadas Chicas Perla y matriculada con Agnes para aprender las costumbres de su sociedad adoptiva. Daisy ve los cadáveres colgando de los edificios y las sesiones de tortura pública igual que nosotros. Sale corriendo de la asamblea escolar para vomitar cuando a un hombre le cortan el brazo con una sierra de mesa, y palidece al ver a la gente a su alrededor que considera tales actos parte de una civilización próspera.

Es aquí, en el vínculo que se crea entre dos jóvenes de orígenes muy diferentes que se enfrentan a un futuro que ninguna desea, donde «The Testaments» aviva la llama de la rebelión. Tras ser unidas por las autoridades, Agnes y Daisy se acercan cada vez más a convertirse en miembros de pleno derecho de una secta religiosa, y la perspectiva las inquieta con razón. Sus diferentes perspectivas y su comprensión en constante evolución del mundo que están destinadas a heredar (en la medida en que una mujer puede heredar algo en Gilead) son la fricción que genera el cambio.

Es una pena que estos momentos narrativos sean tan cortos. "The Testaments" tiene muchos fallos, sobre todo en la trama. Con una historia que parece sacada de un episodio piloto, pero que se extiende a lo largo de 10 capítulos truncados (la mayoría duran menos de 45 minutos y tres, bastante menos de 40), la secuela es una continuación directa de "The Handmaid's Tale", pero con una relación con su predecesora que resulta a la vez distante y redundante. Esta distancia se percibe en cómo "The Testaments" trata hechos ya compartidos en "The Handmaid's Tale" como si fueran grandes revelaciones. Los fans podrían sentirse confundidos por el final, que gira en torno a una revelación que seguramente será de conocimiento común para los espectadores (y que los personajes también deberían haber reconocido).

Pero la repetición podría ser el mayor defecto de la serie. Aparte de haber mejorado la paleta de colores y reducido la violencia (lo cual tiene sentido, dado que "The Testaments" se basa en una perspectiva privilegiada de la clase alta, en lugar de las atrocidades cotidianas que sufren sus sirvientes), el tono, la estructura y las ideas están copiados directamente de "The Handmaid's Tale".

El tono es excesivamente serio; Dios sabe que estas chicas están oprimidas (y condicionadas a aceptarlo), pero un instituto lleno de adolescentes sin sentido del humor resulta tan innecesario como irreal. Sin revelar detalles importantes, gran parte de la tensión reside en si ciertas protagonistas son descubiertas. Sí, todavía hay espías de Mayday en Gilead, y sí, siguen reportando a sus mismos superiores (disfruten de los cameos), pero también siguen entrando y saliendo de un estado policial con la misma facilidad que exige la trama. Esto no solo reduce el suspense relacionado con los planes más ambiciosos de la serie, sino que también subraya que las ambiciones erróneas de «The Testaments» son las mismas que las de «The Handmaid's Tale».

A pesar de las afirmaciones explícitas en sentido contrario, nada en la primera temporada sugiere que su nueva generación de rebeldes esté mejor preparada para derrocar a Gilead que la anterior, y "The Testaments" tiene dificultades para definir en qué se diferencian estas nuevas voces más jóvenes de las que escuchamos antes. Esto es (al menos en parte) intencional. Ambas series se desarrollan en una época en la que una tasa de natalidad en declive genera pánico generalizado. Proteger la fertilidad prima sobre todo lo demás, ya sea el matrimonio monógamo, el racismo histórico o el libre albedrío.

Eso significa que no hay necesidad de reconocer un cambio en el deseo de procrear de las generaciones más jóvenes. Agnes afirma que quiere casarse y tener hijos, pero "The Testaments" no está interesada en cuestionar las suposiciones de los espectadores sobre traer hijos a una pesadilla totalitaria y patriarcal. En lugar de preguntarse si el sueño en su cabeza choca con la pesadilla que tiene ante sus ojos, "The Testaments" le ofrece (y a los espectadores) una salida fácil: todos sus pretendientes son personas mayores. ¡El horror! Es mucho más fácil entender por qué nadie quiere formar una familia con un pedófilo que considerar por qué, incluso con la disminución de la población mundial, algunas personas no pueden imaginar aumentarla.

La raza, otro tema muy pertinente, también es un factor frustrantemente irrelevante (al igual que en la serie original). Ni siquiera establecer un personaje principal negro y elegir a una actriz negra talentosa para interpretarlo logra que "The Testaments" se aleje de su interpretación posracial del fundamentalismo religioso en Estados Unidos. Infiniti es efectiva y conmovedora, aunque limitada por un guion que le exige repetir los mismos diálogos. Cada vez que varias esposas susurran sobre el linaje manchado de Agnes, queda claro que solo se refieren al hecho de que es adoptada, no a que sea una persona de color en un mundo que Atwood diseñó a imagen y semejanza de los supremacistas blancos, pero sobre el cual no dice nada.

Lo que es relevante en la actualidad —la misoginia, la homofobia, la capitulación ciega, la capitulación voluntaria— también lo era hace 10 años, lo que contribuye al tedio de "The Testaments". Ver a jóvenes privilegiadas tomar conciencia de su sometimiento habitual resulta menos impactante que presenciar una rebelión obrera justa. La incorporación activa de nuevas perspectivas podría haber dado más dinamismo a la obra, pero el análisis generacional es limitado cuando se ignoran las prioridades de esas generaciones.

En cambio, al igual que el libro que la precedió, la serie se concibe como un acto de testimonio. La frase «Así fue» para Agnes, Daisy y la tía Lydia se interpreta fácilmente como «Así es como nos sentimos tú y yo». Pero incluso con tres narradores en lugar de uno, "The Testaments" tiene dificultades para expresar algo que "The Handmaid's Tale" no haya mostrado ya. Si nosotros, como espectadores, queremos comprender la difícil situación de estos personajes para evitar caer en las mismas trampas, inspirarnos para sobrevivir como ellos o simplemente conectar con los acontecimientos actuales desde la relativa seguridad de nuestros televisores , entonces las futuras temporadas tendrán que profundizar mucho más.

De lo contrario, solo estaremos viendo cómo la historia se repite. Y en 2026, ese hábito se ha vuelto demasiado común.