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martes, 9 de junio de 2026

Crítica Cinéfila: Final de Euphoria

Han pasado cinco años para los antiguos alumnos de East Highland High, y la vida para ellos ha sufrido serios cambios.




El que ha visto Euphoria desde sus inicios (en tiempo real) hasta este final, debe reconocer que la serie ha logrado un antes y un después; siendo de por sí una propuesta arriesgada, logró un viaje fructífero desde el 2019 hasta esta fecha de cierre. Las tramas de preparatoria y de acoso sexual ya se habían contado, por lo que su creador Sam Levinson, el creador y director de la serie, se encontraba ante una disyuntiva. ¿Merecía la pena seguir con la historia de estos adolescentes? La única diferencia es que el tema no era tratado como él lo hizo, y su respuesta le vino dada. La amenaza de cancelar la serie fue contraatacada con esos dos episodios especiales que profundizaban en la psicología de su pareja principal, Rue y Jules, a modo de episodio botella, dos especiales que para muchos alcanzaron los temas más intensos y espléndidos de la serie.

La segunda temporada apostó también por una vuelta de tuerca arriesgada, con tramas de los personajes que confluían en una especie de metacine hispter a modo de obra de teatro de colegio. Mientras, Rue, seguía inmiscuida en sus negocios turbios relacionados con la droga. Después, cuando todos dábamos por extinguida la serie, llegó el inesperado anuncio de una tercera temporada. La serie debía reinventarse de nuevo; habían pasado muchos años desde el lanzamiento del último episodio. Las tramas de colegio ya no tenían sentido, especialmente porque nadie se tomaría en serio que aquellos actores adultos todavía siguieran siendo estudiantes. Había que tomar una decisión, en parte motivada por la salida del proyecto de algunos actores. Es cierto que la producción merecía un cierre digno y definitivo. La segunda temporada, aunque sensacional, no podía quedarse como el último movimiento por parte de los personajes. Los espectadores merecíamos un final. Y personalmente creo que fue el más adecuado.

Con todas estas circunstancias. Levinson se enfrentaba a una decisión tan arriesgada como estimulante: ¿Qué habría sido de los protagonistas después del colegio? Lo que podría haberse convertido en una expansión insulsiva de algunas tramas se convirtió en una oportunidad única para demostrar su talento narrativo. La temporada 3 de Euphoria se convierte casi en una temporada de antología en la que los personajes rompen con su background para colocarlos en situaciones al límite, en las que tendrán que poner a prueba su actitud ante la vida, esos valores que se supone que aprendemos durante la época escolar.

La nueva temporada también supuso un giro radical respecto a sus preceptos originales. Una especie de historia independiente que podría funcionar de forma aislada, sin las ataduras emocionales de las temporadas anteriores y los años del colegio. Nadie dijo que fuera fácil. No todo el mundo lo entendería. Pero Sam Levinson se ha atrevido a aceptar el reto y a desarrollar una temporada fantástica y muy sólida.

Euphoria gira radicalmente. De ser un drama juvenil, la serie va hacia un neowestern fronterizo en el que los cárteles de la droga y las malas decisiones componen un retrato demoledor de la sociedad norteamericana de los suburbios. Con la amenaza latente de una de las lacras más vergonzosas y preocupantes de Estados Unidos: el fentanilo.

Euphoria se suma a ese movimiento artístico que está aflorando en el cine de Hollywood con películas como The Rider o Nomadland (ambas de Chloë Zao) o las recientes Eddington (Ari Aster) o la triunfadora Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson) con historias de gente que malvive en los límites de todo y de la nada más absoluta al tiempo que las políticas y discursos del odio calan entre los descerebrados que ya no tienen nada que perder.

Sin dejar de lado esa locura que ha golpeado con fuerza a los más jóvenes: auténticos yonkis dependientes de las redes sociales y del aparentar algo ante los demás. Un destructor de cerebros que ridiculizan hasta el extremo al personaje de Cassie (Sydney Sweeney), por el que casi sentimos vergüenza en algunos momentos. Su caída a los infiernos quizás no sea tan explícita que la de otros personajes, pero resulta grotescamente violenta por lo cercano que resulta el mundo de las influencers en la sociedad actual.

Por otro lado, la explotación de mujeres y las falsas promesas de llegar a lo más alto es un tema tan necesario como aterrador. Mujeres peleando entre ellas por llegar a lo más alto, cuya única fantasía es la de operarse para conseguir más likes —las que tienen suerte de no ser explotadas sexualmente— o conseguir más propinas. Una historia deprimente que nos hace reflexionar sobre todas las cosas que estamos haciendo mal. Quizás Jules sea el personaje menos aprovechado en esta temporada, pero la nueva frialdad de su personaje es capaz de crear una atmósfera única, llenando la pantalla con su sola presencia. Soberbia.

Por otro lado, la serie se centra en ese arraigo, todavía palpable, hacia lo primitivo de la sociedad americana, anclada en costumbres y poses anacrónicas, más propias de los antiguos westerns trasnochados pero que siguen vigentes. Una sociedad armada hasta los dientes y que sigue luciendo sombreros de cowboy de ala ancha. Las referencias son múltiples, especialmente, a través de los nuevos personajes pertenecientes al mundo de la prostitución y de la droga: persecuciones a caballo, paisajes desérticos, cartucheras, serpientes y botas de punta.

Por último, en esa doble moral tan norteamericana, la redención parece que solo cabe ante el abrazo de la religión, cualquiera de ellas es válida como dice el personaje de Ali (mentor de Rue en Alcohólicos Anónimos). En esta temporada, Rue parece alcanzar la paz mental a través del estudio de la Biblia. Mientras otros personajes creen que ahora el libro sagrado tiene una versión reducida y adaptada a los nuevos tiempos, otros personajes descubren que las historias bíblicas están repletas de sangre, sexo y odio, como pasa en la vida real. Viendo la interpretación que muchas naciones hacen de los textos sagrados, no es de extrañar la situación geopolítica actual. 

Quizás no sea casualidad la inclusión en el reparto de Rosalía, fan reconocida de la serie, que con su último disco Lux ha hecho que muchos se replanteen la religión y se interesen por temas más espirituales. Aunque solo sea por estar de moda o porque los influencers hablen de ello, abrir el debate en esta sociedad tan lobotomizada siempre es una buena noticia.

Todo es caos en Euphoria. Nada hace pensar que saldremos bien parados de esta situación si el catalizador de todo resulta ser el personaje de Ali, capaz de restaurar el equilibrio moral de la temporada entrando a tiros en un local de striptease de carretera. Nada hace pensar que la vida mejorará después de la etapa escolar.

La elección del maestro Hans Zimmer en el espacio musical junto a los samplers electrónicos de Labrinth sirve como una intención adicional a una temporada asfixiante que siempre va en crescendo. Los espectadores sabemos que los personajes se dirigen hacia el abismo, sin poder hacer nada para remediarlo. Mucho se había hablado de la música y el cambio sustancial de la banda sonora, pero para mí esta elección ya marca, y mucho, el devenir de los episodios.

Por momentos, Sam Levinson se recrea durante varios minutos en escenas formidables, para componer un clímax único. Recuerda mucho a esos fotogramas preciosistas que demuestran un control absoluto de la iluminación, el uso del color y la imagen de otros grandes maestros como David Lynch o Nicholas Winding Refn.

Euphoria refleja a la perfección esa frustración furibunda de la clase media y trabajadora por no alcanzar los sueños de adolescencia, esos sueños que nos prometieron a través de la publicidad y los mensajes vacíos de los gurús de las redes sociales. Entre la mediocridad de consumo rápido de la mayoría de series de algunas plataformas, la conclusión es que necesitamos más series como Euphoria. 


miércoles, 24 de abril de 2024

Crítica Cinéfila: Immaculate

Cecilia, una mujer de fe devota, recibe una cálida bienvenida a la perfecta campiña italiana, donde le ofrecen un nuevo puesto en un ilustre convento. Pero Cecilia se da cuenta de que su nuevo hogar esconde oscuros y horripilantes secretos.



Lupita Nyong'o en “Us”, Toni Collette en “Hereditary”, Florence Pugh en "Midsommar" y ahora Sydney Sweeney en “Immaculate”. Todas son parte de un pequeño grupo de actuaciones femeninas en películas de terror modernas que te atrapan sin soltarte nunca. Si bien el género puede pasarse por alto cuando se trata de premios al final de cada año, todas estas actrices demuestran que son auténticas. Para Sweeney, es una prueba más de que, después de películas como el drama invisible “Clementine” y el thriller minimalista “Reality”, ella es una de las actrices más versátiles de su generación.

Saltó a la fama por primera vez por su papel en la serie de HBO “Euphoria”, pero ahora es en “Immaculate” donde emerge renacida, como una excelente presencia en la pantalla que siente que apenas está comenzando con lo que puede hacer. Al darle vida a una visión de terror que no tendría el mismo poder y potencia sin ella al frente, Sweeney nunca ha sido mejor que lo que es aquí. Qué película tan oscuramente hermosa pero brutal, sangrienta y audaz es esta para ella.

La película comienza con un prólogo siniestro. Vemos a una mujer que intenta escapar de un convento al amparo de la oscuridad. Roba algunas llaves y logra salir a través de una puerta encadenada antes de que la mano de una monja la detenga. La pierna de la mujer es brutalmente rota antes de ser enterrada viva, gritando de terror mientras la oscuridad de su lugar de descanso final la consume. Luego nos presentan a la joven expatriada estadounidense Cecilia (Sweeney) mientras intenta comenzar de nuevo en este mismo convento remoto escondido en la campiña italiana. Sin saber que algo puede estar mal, Cecilia sólo quiere entregar su vida a su fe, ya que cree que Dios la salvó cuando casi se ahoga cuando era niña. Como pronto descubre, es posible que la decisión de venir aquí no haya sido enteramente suya.

Justo cuando parece que se está acostumbrando a la rutina de esta nueva vida, Cecilia es llamada para ser interrogada por los líderes masculinos del convento. Nos enteramos de que quedó embarazada a pesar de permanecer virgen y la colocan en un pedestal como un milagro. Ya no tiene que hacer tareas domésticas ni preocuparse por nada más que dar a luz a este niño. Esto no resulta tan fácil, ya que su vida se ha definido por su existencia como recipiente para todas las esperanzas, sueños y oraciones de toda una comunidad. Así como las fuerzas oscuras parecen acechar en la noche, el día en el que se monitorean todos sus movimientos y del que ya no puede irse es igualmente escalofriante. Aunque todavía vive entre innumerables personas, también podría ser que esté cautiva en otro reino del que quizás nunca se libere.

Trabajando a partir de un guión de Andrew Lobel, el director Michael Mohan prepara la mesa con una variedad de sustos distintos pero no menos dinámicos que a menudo se definen por cortes duros y repentinos. Si bien esto podría reducirse fácilmente a ser llamado "sobresalto", eso no captura completamente la forma en que se entrelazan en el mundo de pesadilla por el que Cecilia está siendo aplastada constantemente. Todo lo que hace la película es más profundo debido a la forma en que sigue aumentando el temor, basándose en todo, desde un plano aterrador durante una confesión, cuando parece que la distancia misma se está desatando, hasta un repentino estallido de violencia justo cuando crees que las cosas podrían cambiar o que finalmente está a salvo.

Esto es lo que garantiza el paso posterior a una experiencia mucho más cercana al horror corporal. Cada detalle del convento, ya sea la conversación trivial sobre alguien que es científico, hasta el vistazo de las quemaduras en los pies de una mujer mayor, deja en claro que aquí está sucediendo algo inmenso en términos de los años que ha tomado y las creencias que lo sustentan. Cuanto más se comprende que Cecilia ha sido elegida, más asfixiante se vuelve la película. Lo que alguna vez fue un lugar que pudo haber ofrecido una pizca de salvación ahora solo alberga un sufrimiento inmenso. La película es realmente aterradora y demoledora.

Nunca hay un momento desperdiciado ya que todo se vuelve cada vez más oscuro. La partitura musical de Will Bates encaja perfectamente con las crudas imágenes del director de fotografía Elisha Christian. Bates y Christian colaboraron anteriormente con el director Mohan en su película de 2021 “Voyeurs”, que también protagonizó Sweeney, aunque parece que todos están operando en otro nivel. Christian, que ha hecho un gran trabajo en todo, desde “Columbus” hasta “The Night House”, es igualmente sobresaliente con todo que parece y se siente atrapado en el tiempo. Aproximadamente a la mitad, una escena en un automóvil que se abre a un campo se vuelve inquietante en sus manos.

Por supuesto, todo esto le corresponde a Sweeney quien lleva la gran parte del peso de todo sobre sus hombros. Como actriz y productora, tiene una clara pasión por el proyecto que la hace esforzarse mucho. No sólo lo hace con facilidad, capturando el pavor abrumador que cristaliza en una determinación sombría, sino que hace que toda la película cante en los pequeños momentos. Justo desde que los miembros del convento declaran que Cecilia es lo que estaban esperando, se ve el miedo en los ojos agudos y expresivos de Sweeney mientras busca una manera de asegurarse de no convertirse en un milagro muerto en el altar de su fanatismo.

Como se siente en una inquietante toma de alguien cayendo desde una gran altura y la forma en que la cámara se detiene en su rostro mientras ella lo capta todo, la devastación de la muerte se está volviendo más presente que la vida aquí. Escapar es superar una institución que busca controlarla a ella y a su cuerpo para sus propios fines. Esto hace que el último tramo de la película, donde todo cambia, sea aún más magnífico. Sin avisar nada, Cecilia debe tomar el asunto en sus propias manos, ya que está claro que pronto será abandonada una vez que dé a luz. Es en estos momentos donde Sweeney logra algo trascendente, volviéndose casi irreconocible. Parte de esto se debe a que su rostro está cada vez más cubierto de sangre, pero también hay una energía primaria que es capaz de canalizar con un efecto notable.

El plano final, ininterrumpido, reúne todo en un momento aplastante más en el que Sweeney grita a todo pulmón y silencia cualquier sensación de vacilación que uno pudiera haber tenido sobre su actuación. Así como fue ella quien dio vida a la película, también es ella quien tiene el mismo poder para borrarla de un último golpe.