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martes, 9 de junio de 2026

Crítica Cinéfila: Final de Euphoria

Han pasado cinco años para los antiguos alumnos de East Highland High, y la vida para ellos ha sufrido serios cambios.




El que ha visto Euphoria desde sus inicios (en tiempo real) hasta este final, debe reconocer que la serie ha logrado un antes y un después; siendo de por sí una propuesta arriesgada, logró un viaje fructífero desde el 2019 hasta esta fecha de cierre. Las tramas de preparatoria y de acoso sexual ya se habían contado, por lo que su creador Sam Levinson, el creador y director de la serie, se encontraba ante una disyuntiva. ¿Merecía la pena seguir con la historia de estos adolescentes? La única diferencia es que el tema no era tratado como él lo hizo, y su respuesta le vino dada. La amenaza de cancelar la serie fue contraatacada con esos dos episodios especiales que profundizaban en la psicología de su pareja principal, Rue y Jules, a modo de episodio botella, dos especiales que para muchos alcanzaron los temas más intensos y espléndidos de la serie.

La segunda temporada apostó también por una vuelta de tuerca arriesgada, con tramas de los personajes que confluían en una especie de metacine hispter a modo de obra de teatro de colegio. Mientras, Rue, seguía inmiscuida en sus negocios turbios relacionados con la droga. Después, cuando todos dábamos por extinguida la serie, llegó el inesperado anuncio de una tercera temporada. La serie debía reinventarse de nuevo; habían pasado muchos años desde el lanzamiento del último episodio. Las tramas de colegio ya no tenían sentido, especialmente porque nadie se tomaría en serio que aquellos actores adultos todavía siguieran siendo estudiantes. Había que tomar una decisión, en parte motivada por la salida del proyecto de algunos actores. Es cierto que la producción merecía un cierre digno y definitivo. La segunda temporada, aunque sensacional, no podía quedarse como el último movimiento por parte de los personajes. Los espectadores merecíamos un final. Y personalmente creo que fue el más adecuado.

Con todas estas circunstancias. Levinson se enfrentaba a una decisión tan arriesgada como estimulante: ¿Qué habría sido de los protagonistas después del colegio? Lo que podría haberse convertido en una expansión insulsiva de algunas tramas se convirtió en una oportunidad única para demostrar su talento narrativo. La temporada 3 de Euphoria se convierte casi en una temporada de antología en la que los personajes rompen con su background para colocarlos en situaciones al límite, en las que tendrán que poner a prueba su actitud ante la vida, esos valores que se supone que aprendemos durante la época escolar.

La nueva temporada también supuso un giro radical respecto a sus preceptos originales. Una especie de historia independiente que podría funcionar de forma aislada, sin las ataduras emocionales de las temporadas anteriores y los años del colegio. Nadie dijo que fuera fácil. No todo el mundo lo entendería. Pero Sam Levinson se ha atrevido a aceptar el reto y a desarrollar una temporada fantástica y muy sólida.

Euphoria gira radicalmente. De ser un drama juvenil, la serie va hacia un neowestern fronterizo en el que los cárteles de la droga y las malas decisiones componen un retrato demoledor de la sociedad norteamericana de los suburbios. Con la amenaza latente de una de las lacras más vergonzosas y preocupantes de Estados Unidos: el fentanilo.

Euphoria se suma a ese movimiento artístico que está aflorando en el cine de Hollywood con películas como The Rider o Nomadland (ambas de Chloë Zao) o las recientes Eddington (Ari Aster) o la triunfadora Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson) con historias de gente que malvive en los límites de todo y de la nada más absoluta al tiempo que las políticas y discursos del odio calan entre los descerebrados que ya no tienen nada que perder.

Sin dejar de lado esa locura que ha golpeado con fuerza a los más jóvenes: auténticos yonkis dependientes de las redes sociales y del aparentar algo ante los demás. Un destructor de cerebros que ridiculizan hasta el extremo al personaje de Cassie (Sydney Sweeney), por el que casi sentimos vergüenza en algunos momentos. Su caída a los infiernos quizás no sea tan explícita que la de otros personajes, pero resulta grotescamente violenta por lo cercano que resulta el mundo de las influencers en la sociedad actual.

Por otro lado, la explotación de mujeres y las falsas promesas de llegar a lo más alto es un tema tan necesario como aterrador. Mujeres peleando entre ellas por llegar a lo más alto, cuya única fantasía es la de operarse para conseguir más likes —las que tienen suerte de no ser explotadas sexualmente— o conseguir más propinas. Una historia deprimente que nos hace reflexionar sobre todas las cosas que estamos haciendo mal. Quizás Jules sea el personaje menos aprovechado en esta temporada, pero la nueva frialdad de su personaje es capaz de crear una atmósfera única, llenando la pantalla con su sola presencia. Soberbia.

Por otro lado, la serie se centra en ese arraigo, todavía palpable, hacia lo primitivo de la sociedad americana, anclada en costumbres y poses anacrónicas, más propias de los antiguos westerns trasnochados pero que siguen vigentes. Una sociedad armada hasta los dientes y que sigue luciendo sombreros de cowboy de ala ancha. Las referencias son múltiples, especialmente, a través de los nuevos personajes pertenecientes al mundo de la prostitución y de la droga: persecuciones a caballo, paisajes desérticos, cartucheras, serpientes y botas de punta.

Por último, en esa doble moral tan norteamericana, la redención parece que solo cabe ante el abrazo de la religión, cualquiera de ellas es válida como dice el personaje de Ali (mentor de Rue en Alcohólicos Anónimos). En esta temporada, Rue parece alcanzar la paz mental a través del estudio de la Biblia. Mientras otros personajes creen que ahora el libro sagrado tiene una versión reducida y adaptada a los nuevos tiempos, otros personajes descubren que las historias bíblicas están repletas de sangre, sexo y odio, como pasa en la vida real. Viendo la interpretación que muchas naciones hacen de los textos sagrados, no es de extrañar la situación geopolítica actual. 

Quizás no sea casualidad la inclusión en el reparto de Rosalía, fan reconocida de la serie, que con su último disco Lux ha hecho que muchos se replanteen la religión y se interesen por temas más espirituales. Aunque solo sea por estar de moda o porque los influencers hablen de ello, abrir el debate en esta sociedad tan lobotomizada siempre es una buena noticia.

Todo es caos en Euphoria. Nada hace pensar que saldremos bien parados de esta situación si el catalizador de todo resulta ser el personaje de Ali, capaz de restaurar el equilibrio moral de la temporada entrando a tiros en un local de striptease de carretera. Nada hace pensar que la vida mejorará después de la etapa escolar.

La elección del maestro Hans Zimmer en el espacio musical junto a los samplers electrónicos de Labrinth sirve como una intención adicional a una temporada asfixiante que siempre va en crescendo. Los espectadores sabemos que los personajes se dirigen hacia el abismo, sin poder hacer nada para remediarlo. Mucho se había hablado de la música y el cambio sustancial de la banda sonora, pero para mí esta elección ya marca, y mucho, el devenir de los episodios.

Por momentos, Sam Levinson se recrea durante varios minutos en escenas formidables, para componer un clímax único. Recuerda mucho a esos fotogramas preciosistas que demuestran un control absoluto de la iluminación, el uso del color y la imagen de otros grandes maestros como David Lynch o Nicholas Winding Refn.

Euphoria refleja a la perfección esa frustración furibunda de la clase media y trabajadora por no alcanzar los sueños de adolescencia, esos sueños que nos prometieron a través de la publicidad y los mensajes vacíos de los gurús de las redes sociales. Entre la mediocridad de consumo rápido de la mayoría de series de algunas plataformas, la conclusión es que necesitamos más series como Euphoria. 


martes, 24 de febrero de 2026

Crítica Cinéfila: Wuthering Heights

Narra la intensa y romántica relación entre Heathcliff y Catherine Earnshaw en los páramos del condado inglés de Yorkshire. Tras ser criados juntos, su romance se ve pronto frustrado por las barreras sociales, y su pasión prohibida se transforma de romántica a intoxicante en una épica historia de lujuria, amor y locura.



"Te odié, también te amé". Así dice la interpretación lírica de Kate Bush de la retorcida historia de antiamor de Emily Brontë para la historia. Ambientada en los paisajes de Yorkshire envueltos en niebla, "Wuthering Heights" es más fuerte en su faceta más primaria; donde la pasión estalla de la gran fricción causada por la riqueza, la codicia, la posesión y el amor profundamente arraigado que hierve la sangre. Es un texto clave en cuanto a estado de ánimo y crítica social que generó controversia tras su publicación en 1847 por la crueldad representada en sus páginas. Y por eso no sorprende que una cineasta cuyo trabajo provocador ha provocado todo, desde un premio Oscar ("Promising Young Woman") hasta velas inspiradas en el agua del liquido masculino ("Saltburn"), quisiera morderla en una adaptación para la gran pantalla.

Esta es la primera vez que Emerald Fennell no trabaja con una historia original, aunque esta no es una narración fiel, a menos que exista una edición anterior de la novela de Brontë que comienza con el miembro de un hombre ahorcado cobrando vida irónicamente frente a una multitud de espectadores salvajes. La película que sigue, afortunadamente, se centra menos en el impacto. Conocemos a la joven Cathy (Charlotte Mellington), cuyo padre frágil y abusivo (Martin Clunes, una genialidad en el reparto) trae a casa a un niño local para que trabaje como sirviente (interpretado por Owen Cooper, con esa poderosa reflexión que demuestra que su talento va más allá del fenómeno de "Adolescence").

Antes incluso de que Margot Robbie y Jacob Elordi aparecieran en escena como Cathy y Heathcliff, ya adultos, vemos la cinematografía de Fennell en su máximo esplendor. Conjuga el romanticismo gótico con la agreste y ventosa geografía del norte, y retrata visceralmente el amor juvenil y puro que se forja entre ambos, antes de que intervengan el estatus y el deber. Es refrescante verla trabajar en un entorno árido, casi salvaje, un lienzo desolado en el que Elordi y Robbie tienen rienda suelta para jugar.

Hay un toque malcriado en esta iteración de Cathy, Robbie interpretándola como una mujer con peculiaridades mojigatas. Pero su interpretación amanerada del personaje choca un poco en comparación con la actuación incendiaria y gutural de Elordi. Al llegar a Heathcliff recién salido de otro papel intensamente físico ("Frankenstein"), la atracción gravitacional del actor es inmensa, un gigante incluso en contra de vastos paisajes empapados. En algún lugar entre el tormento y la testosterona hay destellos de crueldad que ya hemos visto a Elordi desatar antes, en "Priscilla" y "Euphoria". Mientras el amor de Heathcliff por Cathy se estrella, por un momento, contra las rocas, el actor cambia hábilmente entre el deseo ilimitado, la ternura y algo mucho más duro.

Como en muchos grandes amores, la anticipación es lo mejor. Desesperada por librarse de su padre pernicioso y forjarse una vida mejor, Cathy acepta la propuesta del adinerado y bienintencionado Edgar Linton (Shazad Latif) y se adentra en su opulento mundo. Aquí, Fennell retoma la energía de sus películas anteriores, creando una atmósfera intensa y memorable, desde las texturas interiores y los colores brillantes hasta el suntuoso vestuario reforzado con PVC y la banda sonora de Charli XCX. Todo es suntuoso, pero parte de ese erotismo desbordante que recorría la película se diluye de repente, incluso con la vibrante presencia de Alison Oliver, como Isabelle, la hermana de Edgar.

La novela de Brontë tiene notablemente más trama que la reimaginación de Fennell, y si bien la película no necesita una narrativa más densa, podría beneficiarse de una mayor solidez, especialmente cuando Cathy y Heathcliff pelean y fornican como adolescentes, oscilando entre la lujuria y el odio. "Te odié, también te amé" está muy bien, pero aquí la apuesta se vuelve más moderada a medida que el estilo se impone. La película está innegablemente realizada con mucha atención al detalle visual, y Fennell, quien rápidamente se ha convertido en una de las exportaciones más populares de Hollywood en Gran Bretaña, sin duda ha dado un paso al frente como cineasta en términos de alcance. Pero si "Wuthering Heights" hubiera sido más realista, el peso de este trágico romance habría sido más fuerte. Se pierde en diálogos que se aplanan mientras se lanzan, y abusa del uso de modernismos en una historia que está supuesta a ser de época. 

Al final, Fennell lo da todo en esta adaptación de ensueño febril, que deleita los sentidos a la vez que muestra el creciente poder estelar de Elordi. Pero su energía eléctricamente erótica no se mantiene hasta el final.


martes, 11 de noviembre de 2025

Crítica Cinéfila: Frankenstein

Un científico brillante y obsesivo, Victor Frankenstein, en su ambición por desafiar a la muerte, consigue dar vida a una criatura humanoide ensamblada con partes de cadáveres. Pese a tratarse de una proeza científica, Frankenstein considera que la criatura carece de inteligencia y la rechaza. Dolida, ésta se rebela contra su creador.



Las influencias del terror gótico han impregnado la obra de Guillermo del Toro desde que el cineasta mexicano irrumpió en la escena con "Cronos", "The Devil's Backbone" y "El Laberinto del Fauno" (mi película favorita de todos los tiempos). El encuentro del guionista y director con la inmortal novela de Mary Shelley de 1818 se ha hecho esperar, y tras innumerables adaptaciones cinematográficas, se siente como un renacimiento electrizante. La suntuosa reinterpretación de "Frankenstein", obra de este gran maestro que desafía los géneros, honra la esencia del libro, pues se trata más de tragedia, romance y una reflexión filosófica sobre el significado de ser humano.

La ausencia o la imperfección paterna han sido un tema recurrente en las películas de Del Toro, recibiendo aquí un tratamiento conmovedor en la angustiosa relación entre el científico egocéntrico Victor Frankenstein y la criatura sin nombre a la que da vida a partir de partes del cuerpo cosidas entre sí. Esos papeles son interpretados, respectivamente, por Oscar Isaac con la tensa intensidad de un artista atormentado, cuya arrogancia se ve consumida poco a poco por el remordimiento; y por Jacob Elordi en una actuación reveladora, notable por su expresividad física, pero quizás aún más por su inocencia, su profundo anhelo y el vacío abrumador que le sigue cuando la Criatura comprende quién y qué es. La película plantea la cuestión de si la monstruosidad se define por la apariencia o por las acciones.

Además de su fuerza emocional, "Frankenstein" de Guillermo del Toro es una película de intensos placeres sensoriales. La aclamada imaginación visual del director (canalizada a través del excepcional trabajo de colaboradores que repiten en la película, como el director de fotografía Dan Lausten, la diseñadora de producción Tamara Deverell y la diseñadora de vestuario Kate Hawley) deleita constantemente la vista. El audaz uso del color, especialmente los rojos y verdes saturados que abrasan las sombras, es impresionante. Mientras tanto, los oídos se deleitan con una potente banda sonora orquestal que se encuentra entre las obras más cautivadoras de Alexandre Desplat.


Dividida en un preludio y dos partes cuyos títulos, "Victor’s Tale" y "The Creature’s Tale", dejan clara su perspectiva de juicio, la historia comienza en el Ártico, donde un capitán de barco danés (Lars Mikkelsen) supervisa los esfuerzos de su tripulación por desenterrar su nave del hielo. Al investigar un incendio que divisan al otro lado de la tundra, encuentran a Victor (Isaac) herido y al borde de la muerte, aunque sus perros de trineo están ilesos. La criatura, enfurecida, aparece casi como un gigante, una figura imponente y encapuchada, envuelta en pieles de animales. "Víctor. Tráelo ante mí", gruñe, apartando a los tripulantes que lo atacan y le disparan, y usando su fuerza descomunal para inclinar el barco. Cuando un disparo de trabuco derriba al monstruo y este cae por las grietas a las aguas heladas, el capitán lo da por muerto. Pero Víctor le asegura que la criatura es inmortal y que regresará; suplica a los daneses que lo dejen en el hielo y que ella se lo lleve.

Víctor le cuenta su historia al Capitán, comenzando con su infancia en una gran plantación familiar que ya no existe. Su madre francesa era todo su mundo hasta que murió al dar a luz a su segundo hijo. Esto deja al joven Víctor (Christian Convery) a merced de su frío y autoritario padre, Leopold Frankenstein (Charles Dance), un distinguido médico británico a quien sospecha de haber salvado a su hermano pequeño a costa de la vida de su madre (parecería un homenaje a "El Laberinto del Fauno"). La acción avanza rápidamente hasta 1855, cuando Victor se dirige al Real Colegio de Medicina, demostrando su éxito inicial en la reanimación de tejido muerto. La comunidad médica, con sus pelucas y su actitud desdeñosa, se burla de la idea de que él domine las fuerzas de la vida y la muerte. Pero por razones que van más allá del interés científico y que se aclararán más adelante, el acaudalado comerciante de armas Heinrich Harlander (Christophe Waltz) se siente lo suficientemente intrigado como para financiar la investigación y experimentación de Victor.

Por esta época, reaparece William (Felix Kammerer), el hermano menor predilecto de Victor, ahora comprometido para casarse con Elizabeth ( Mia Goth ), sobrina de Heinrich, cuyo agudo intelecto y curiosidad científica cautivan instantáneamente a Victor. La entrada de Goth, con un deslumbrante vestido azul pavo real y un tocado de plumas, le confiere un aspecto casi sobrenatural. Es el primero de varios atuendos que la diseñadora de vestuario Hawley creó para Elizabeth —entre ellos, un traje verde musgo con velo y un vestido de novia blanco enjoyado— que la retratan como una figura de cuento de hadas, mostrando una belleza segura de sí misma. 

Aunque el título de “reina del terror” de Goth está más que consolidado, del Toro parece haber visto algo más en la actriz: una inteligencia directa, un espíritu y una fuerza que refuerzan la delicadeza de porcelana de su personaje. La predilección de Elizabeth por el color evoca una impactante imagen anterior de la madre de Victor en las escaleras de la casa ancestral familiar, envuelta en un velo rojo sangre que ondeaba al viento. También la define como una libre pensadora inconformista, muy parecida a Victor, con su elegante atuendo en blanco y negro con detalles rojos; él viste con un estilo ajustado, al estilo de una estrella de rock, a diferencia de otros hombres de la época con sus voluminosos trajes de tweed, quizás para destacarlo como una mente innovadora, atrevida y modernista.

Hay imágenes asombrosas a lo largo de toda la película; una de las más impactantes es el enorme laboratorio construido para Victor en un remoto castillo de la costa escocesa (casi todos los decorados de Deverell eran construcciones físicas hechas desde cero, como el barco danés, o composiciones de estructuras existentes, no creaciones digitales). Inspirándose en el clásico «laboratorio del científico loco» y elevando el ambiente con el tipo de detalles atmosféricos que caracterizan a Guillermo del Toro, los diseñadores equiparon el espacio con pararrayos plateados sujetos a una torre exterior, máquinas de vapor y enormes cilindros convectores verticales. La inscripción latina en la fachada del edificio —«Aqua est vita»— resulta apropiada para un experimento nacido de una tormenta. 

Inicialmente, Victor selecciona partes adecuadas del cuerpo de hombres condenados a muerte justo antes de ser ahorcados. Pero con la escalada de la Guerra de Crimea, los campos de batalla le proporcionan una gran variedad de cadáveres mutilados, entre los que abundan los hombres fuertes y de extremidades largas que necesita. Más que una simple cabeza cosida a un cuerpo y reconectada con un nuevo cerebro, la Criatura de Victor parece una cabeza de frenología de cerámica unida a una escultura de mármol remendada, cubierta únicamente con un taparrabos de vendas. Elordi habita el diseño de criatura de Mike Hill con una seductora mezcla de torpeza y gracia, pero, de forma igualmente notable, con una sensualidad que recuerda la carga erótica que del Toro y Hill imprimieron al hombre pez anfibio en "The Shape of Water".

Desde sus primeras apariciones, la Criatura muestra una vulnerabilidad conmovedora, deleitándose como un bebé con nuevos descubrimientos como el agua o las hojas. Víctor la mantiene encadenada en una gran área de contención, por la seguridad tanto del creador como de la criatura. Cuando Elizabeth la descubre allí, como atraída por el instinto, él queda hechizado por su presencia etérea, mientras que ella parece intuir la humanidad innata de la Criatura.

Pero pronto se hace evidente que Víctor no había reflexionado mucho sobre lo que ocurriría después de la creación. Su confianza se resquebraja cuando Guillermo pregunta: "¿Te has preguntado alguna vez, de todas las partes que componen a ese hombre, en cuál alberga el alma?". Del Toro reconoce la influencia de la obra maestra homónima de James Whale de 1931 como una influencia decisiva, y su versión también se nutre de su secuela, posiblemente aún mejor, "Frankenstein's Bride" de 1935. Esto se hace evidente en la historia de la criatura, cuando escapa del castillo y encuentra refugio en una granja aislada con un anciano ciego (David Bradley), quien se alegra enormemente de tener compañía. Uno de los momentos más conmovedores de la película es cuando la criatura aprende la palabra "amigo". Ese es solo el comienzo de su educación, pues los libros le abren un mundo entero de lenguaje y conocimiento. La gran tristeza de la historia reside en la incomprensión entre “padre e hijo”, pero la desgarradora experiencia de pérdida de la Criatura es lo que lleva la monstruosidad a otro nivel. La desolación que lo invade al descubrir, a través del cuaderno de Víctor, que es "un miserable hecho con los desechos de la muerte", se agrava al comprender que la muerte definitiva se le ha arrebatado, negándole así el alivio a su dolor. Cuando unos cazadores lo abaten, sus pensamientos más íntimos se convierten en un tormento eterno y abrasador:"De nuevo el silencio, y luego la vida despiadada".

La cita de Byron con la que Del Toro cierra la película —"Y así el corazón se romperá y, sin embargo, seguirá viviendo"— indica claramente la visión del director sobre Frankenstein como una tragedia romántica de proporciones operísticas. "No puedo morir. Y no puedo vivir solo", le dice la Criatura a Víctor durante un enfrentamiento crucial. Los ojos oscuros y expresivos de Elordi transmiten una tristeza penetrante que no se había sentido en este personaje. La complejidad también reside en la gama emocional de la conmovedora interpretación de Isaac como Víctor, un hijo traumatizado que, al intentar jugar a ser Dios, engendra a su propio hijo traumatizado en el laboratorio. La caída en desgracia de este genio visionario, devastado por las consecuencias de sus actos, es una tragedia tan dolorosa como la de la Criatura. Aquí todos juegan a villanos y víctimas. Y todos saben crear la empatía suficiente para que cada uno duela en momentos cruciales.

"Frankenstein" ha sido un proyecto muy querido por el director Guillermo del Toro durante mucho tiempo, pero no hace falta leer sobre los más de diez años que le llevó sacarlo adelante para comprenderlo. La pasión se desborda en cada fotograma, convirtiéndose de las mejores películas de Guillermo del Toro, esta es una narración épica con una belleza, emotividad y maestría excepcionales. El "Frankenstein" de Del Toro es un logro extraordinario que, en cierto modo, se apropia de la historia emblemática del género de terror y la transforma en un relato de perdón. Si bien Netflix le ofrece a esta obra maestra visual solo tres semanas en cines antes de su estreno en streaming, merece ser disfrutada en la gran pantalla.


miércoles, 10 de enero de 2024

Crítica Cinéfila: Priscilla

Cuando la adolescente Priscilla Beaulieu conoce a Elvis Presley en una fiesta, él ya es una meteórica superestrella del rock and roll pero se convierte en alguien totalmente inesperado en momentos privados: un apasionante flechazo, un aliado en la soledad, un vulnerable mejor amigo. Película basada en las memorias 'Elvis and Me', escritas por Priscilla Beaulieu Presley, publicadas en 1985 y que relatan el largo noviazgo y turbulento matrimonio de Elvis y Priscilla, desde una base militar alemana hasta su finca de ensueño en Graceland.



Novia (y sacrificio) infantil, y concubina de bobbysoxer: Priscilla Presley, esposa de Elvis, es todo esto en el retrato inquietantemente apasionante y claustrofóbico de Sofia Coppola sobre la soledad conyugal y atrapada detrás de las puertas de la prisión de Graceland mientras el Rey estaba de gira o en grabaciones de películas con coprotagonistas femeninas glamorosas y mundanas, y un séquito masculino espeluznantemente servil. Priscilla se convierte en la propia Lady Diana de Memphis.

La película está basada en "Elvis and Me", las memorias del matrimonio de Priscilla que fue lanzado en 1986, exponiendo la intimidad característicamente fraternal y sin prejuicios de Coppola con su heroína. Los detalles, la atmósfera de la extraña vida matrimonial de Priscilla, sus tramos de aburrimiento y silencio: todo parece muy real y creíble. Como relato interno, este es un correctivo muy bienvenido a la fantasía "Elvis" de Baz Luhrmann y redobla lo que considero la reputación de Coppola como la Betty Friedan del cine del siglo XXI, presentándonos su visión distintiva de la mística femenina.

Cailee Spaeny interpreta a Priscilla, una colegiala de 15 años que vive en una base militar de Alemania Occidental en la década de 1950 con su madre y su padre militar; de la nada la invitan a una fiesta organizada por Elvis Presley que realiza su servicio militar en esa zona. Elvis es interpretado de manera bastante modesta por Jacob Elordi, quien es astutamente dirigido por Coppola de tal manera que no hay pirotecnia de personificación de Elvis para eclipsar a Priscilla de Spaeny. Presley es un perfecto caballero y no presiona indebidamente su atención sobre Priscilla. En cambio, sorprendentemente, convence a sus padres para que la dejen vivir en Graceland, con su propio cascarrabias padre, Vernon, legalmente como tutor, para que pueda asistir a la escuela secundaria católica allí. ¿Pero cuándo se casarán? ¿Y cuándo querrá Elvis tener sexo con ella?

Hay comedia negra en la extraordinaria vida de cumplimiento de deseos de los fanáticos que vive Priscilla, al principio de la historia. Ella se besa con Elvis por la noche y luego hace pucheros con sus libros escolares en clase a la mañana siguiente; mientras todas sus compañeras de escuela sueñan con besar a Elvis, ella vive el sueño. Pero entonces emerge la terrible verdad. Elvis se abstiene de tener relaciones sexuales con Priscilla (aunque claramente no se abstiene en otros lugares), fetichizando su intacta inocencia casi infantil mientras la somete a un coctel de misoginia, coerción y control en paralelo a la forma en que su autoritario manager, el Coronel, lo mantiene a raya. Tom Parker (quien, quizás por extraño que parezca, no aparece en la película).

La pura extrañeza de Graceland se transmite con acritud: su pequeñez extrañamente modesta, el piano de cola blanco, la alfombra color avena cremosa. La suya era una vida codependiente, muy centrada en las drogas, altas y bajas, en la que Elvis presentó a Priscilla desde el principio; a esto le siguió un experimento con LSD, parte del cauteloso y efímero interés de Presley por la contracultura. Y Graceland era el lugar incongruentemente provinciano para todo ello.

Finalmente, Priscilla tiene un bebé, Lisa Marie, y un cambio de imagen para adultos vigilado de cerca por Elvis (quien resulta tener opiniones estridentes sobre la moda femenina y cómo debe verse su mujer); el trabajo de maquillaje y peluquería de Priscilla, intencionalmente o no, la hace parecer una de las esposas de GoodFellas. Pero la película sostiene que, a medida que Priscilla crecía, Elvis se volvió cada vez más infantilizado, paranoico y carente de encanto, especialmente en sus interminables residencias en Las Vegas.

El retrato de Coppola es absorbente, especialmente en la fase infantil de Priscilla, y si es menos distintivo en su sección final, cuando Priscilla se desilusiona más y es más realista sobre qué esperar, entonces eso es de esperarse. Su crédula servidumbre e inocencia son más dramáticas y conmovedoras. Esta película dice mucho sobre Elvis y el negocio disfuncional en el que se encontraba y sobre la modesta integridad y coraje de Priscilla hasta el final de su matrimonio.


miércoles, 27 de diciembre de 2023

Crítica Cinéfila: Saltburn

Mientras lucha por encontrar su lugar en la Universidad de Oxford, el estudiante Oliver Quick se ve arrastrado al mundo del encantador y aristocrático Felix Catton, que le invita a Saltburn, la extensa finca de su excéntrica familia, para pasar un verano inolvidable. 



La descarada sátira en un golpe de clase de Emerald Fennell, "Saltburn", huele a una variedad de erotismo literario. Pero si recuerda algo visualmente, es ese retrato icónico de David LaChapelle de Alexander McQueen e Isabella Blow afuera de un castillo de Hedingham que ha sido incendiado: Fennell está en esa especie de modo de explosión, y el resultado es un viaje narrativamente entretenido y ruidoso protagonizado por un formidable Barry Keoghan en modo despreocupado.

No es tanto la historia lo que te dejará boquiabierto sino su audacia. Su primera película, "Promising Young Woman", no tenía miedo, era perversa y emocionante, y lo mismo ocurre con "Saltburn". Algunos han dicho que es Brideshead envuelta en maldad, con vibraciones de Tom Ripley, y es eso, pero Fennell es más atrevida que incluso Waugh o Highsmith. Al ver esta película probablemente quedará sin aliento en ciertos momentos. Es intrépido y embriagador.

Keoghan interpreta a un estudiante de primer año de Oxford, Oliver Quick; estamos en 2006. Los colores del director de fotografía Linus Sandgren están ricamente saturados y la música de apertura entona los Himnos de la Coronación ('Zadoc The Priest') sobre créditos que utilizan fuentes medievales y gritan 'diversión por venir'. En adición a representar la época desde los primeros planos, Fennell ahora utiliza el término 'cine pop' para definir su trabajo, y esta es una película oscuramente divertida que debería captar la atención de los premios por la actuación de Keoghan, sin mencionar el giro ricamente cómico de Rosamund Pike. Es posible que algunos matices sociales británicos no se transmitan tan bien si no entiende la cultura, pero hasta el más desconectado de la cultura se llevará algunas indirectas.

Fennell tiene en mente trasladar "Brideshead" a tiempos más modernos a través de su estudiante de Merseyside, Oliver, quien llega a Oxford y se da cuenta de que el orden social allí ha sido inamovible desde la escuela preparatoria, y él no está incluido. Comparte tutor con el lacónico Farleigh (Archie Madekwe), quien es el primo del magnético personaje de Felix Catton (el actor australiano Jacob Elordi), y con quien eventualmente se cruza en su auxilio por una bicicleta rota en lugar de por un exceso de alcohol. La historia de Oliver sobre padres drogadictos y una infancia bajo cuidado finalmente se gana la simpatía de Félix, quien invita a su nuevo amigo a pasar el verano en su casa familiar en Saltburn.

Fennell comienza a deshacerse de Waugh una vez que la producción llega a esta casa señorial, y hay una sección central donde la película es completamente divertida gracias a los anfitriones de Saltburn, Lady Elspeth Catton (la maravillosa Rosamund Pike) y Sir James (Richard E. Grant). Este es puramente el mundo del escritor que nos dio "Promising Young Woman", con sus mordaces observaciones y su asombrosa franqueza. Su propia experiencia personal en este entorno sin duda ayuda, mientras examina a los parásitos y dependientes de Saltburn, en particular a la siempre rehabilitada 'poor dear Pamela' (Carey Mulligan). Dan la bienvenida cautelosamente a Oliver a su redil como su último proyecto favorito. El clan también incluye al primo empobrecido Farliegh y a la hermana 'sexualmente inconstante' de Félix, Venetia (Alison Oliver), que también sufre de bulimia.

Después de una cena particularmente barroca en la que los ricos prueban el karaoke, Fennell enciende la iluminación en modo homoerótico y comienza a quitarse los guantes. De repente, Oliver está trabajando en la habitación, en más de un sentido, sin mencionar lamiendo la bañera hasta dejarla limpia. Su obsesión por Félix no está consumada, por lo que se acerca a Farleigh y también a Venetia. "Saltburn" no es corta, pero es siempre entretenido. Fennell toma algunas decisiones audaces en esas dos horas sobre dónde pasa su tiempo: en particular, un rápido corte narrativo al final parece cruel pero, cuando el sacrificio conduce a la secuencia final más entretenida que verás este año, todo puede ser perdonado. La clave del éxito de la película es la elasticidad de Keoghan: su rostro y sus ojos pueden cambiar con una sombra, y es imposible concebir que otro actor joven tenga la ventaja peligrosa para lograrlo todo. Es posible que parte de la lucha de clases no se traduzca tan bien en los mercados extranjeros, pero aquellos que lo entienden, lo sabrán.

Los espectadores que buscan porno de Oxford o de casas de campo pueden estar menos satisfechos: la producción de Fennell lo toma como leído, en lugar de insistir en los detalles visuales. Felix puede señalar a Rembrandt y Holstein, y así es como se ilumina gran parte de la película, pero la cámara está más interesada en Keoghan y Pike e incluso en el agua del baño de Felix que en los jardines o los picnics. La ubicación de la finca en la que saltó Saltburn se mantiene oculta a petición de sus propietarios, y no está claro si el laberinto en forma de Shining, en el que empiezan a aparecer alas y cuernos de ángel, está adjunto a ella. Quizás nunca lo sepamos. "Saltburn" no es imprescindible en la pantalla grande por las localizaciones o las tomas en la hora dorada, sino porque es oscura y divertida, y el tipo de película que el público más joven debería ver. De esa manera, debería continuar para siempre.