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sábado, 27 de febrero de 2021

Crítica Cinéfila: Saint Maud

Maud es una joven enfermera que, tras un oscuro trauma, se vuelve devota de la fe cristiana. Cuando empieza a trabajar cuidando a Amanda, una bailarina jubilada enferma de cáncer, la fe de Maud le inspira la obsesiva convicción de que debe salvar el alma de su paciente de la condena eterna... sea cual sea el coste.



Aunque este inquietante terror psicológico británico de ambientación contemporánea no es una película biográfica sobre la canonizada St. Maud en la vida real, una reina alemana excesivamente devota del siglo X, no es difícil imaginar por qué el personaje principal podría haber elegido rebautizarse como Maud después de un trauma y posterior conversión al cristianismo. Como la enfermera de cuidados a personas mayores o con enfermedades terminales que seguimos aquí, interpretada con sutileza pero también con un fervor candente por Morfydd Clark, la St. Maud original cuidó a los enfermos y ahora es considerada la santa patrona de los niños que se portan mal.

Esa segunda parte parece adecuada aquí dado que este llamativo debut de su guionista y directora Rose Glass explora la obsesiva necesidad del personaje principal de controlar y tal vez incluso convertir a su paciente mayor y terminal, interpretado por Jennifer Ehle. Saint Maud siembra las nubes con una mezcla ecléctica de influencias, pero funciona a la perfección, creando una película con su propio clima extraño. 

El prólogo de una escena sangrienta en un hospital y los indicios arrojados en otros lugares sugieren que algo malo le sucedió a un paciente por el cual la enfermera Maud (Clark) puede o no ser responsable. Ahora, en lugar de trabajar en el servicio nacional de salud (donde era conocida como Kate antes de cambiar su nombre), Maud atiende a pacientes terminales a través de una agencia privada en una ciudad costera sin nombre.

Su último cliente es Amanda (Ehle), una vez una bailarina de vanguardia festejada en la vena de Pina Bausch a juzgar por un videoclip que vemos en un momento, que ahora tiene una enfermedad terminal, probablemente cáncer a juzgar por la caída del cabello. Pero a pesar del hecho de que Maud quiere ver a la glamorosa e ingeniosa Amanda como un pájaro herido y roto que debe cuidar, Amanda es más como una araña que anida en su enorme cama en el centro de una casa oscura llena, papel tapiz con patrones amenazantes, color de sangre y secretos.

Amanda no es malvada ni nada tan simple y banal como eso, solo una mujer muy inteligente y complejamente aburrida pasando por las últimas etapas de su propia mortalidad. En Maud, a quien describe en un momento como la persona más solitaria que jamás haya conocido, ve un juguete divertido, aunque roto, para llenar el tiempo entre visitas de su joven y sexy amante, Carol (una Lily Frazer vívidamente salvaje).

Pero Maud tampoco es tan simple como parece, y las dos comienzan un tango de seducción y destrucción que conduce a algunos juegos mentales muy extraños. Eventualmente, la fe de Maud y tal vez su cordura comienzan a deshilacharse y crujir, y cambia el uniforme almidonado por hilos más sexys y una noche de hedonismo para ella.

Entre otras cosas, la película es un escaparate sorprendente para Clark como Maud. Durante gran parte de su tiempo de ejecución admirablemente conciso, la película es esencialmente una pieza de cámara claustrofóbica, ya que Maud y su propósito divino de salvar un 'alma perdida' corretean con una posesividad y hostilidad hacia los demás personajes e incluso la mente de la audiencia, conduciéndola a ella y a nosotros a una crisis en una larga noche oscura y errante, como una versión de los últimos días de la María Magdalena que lleva en su collar.

La película utiliza astutamente imágenes religiosas para meterse en la cabeza de Maud, no menos importante, las ilustraciones de William Blake, pero es igual de hábil para retratar a Amanda, cuyo arte ha representado la libertad del cuerpo femenino, haciendo que su actual casi inmovilidad sea más dolorosa. Si bien la historia está claramente ambientada en el presente, el diseño de producción, el vestuario y los peinados difuminan sutilmente los marcadores de la época, con toques de los años 60 y 70. Esta indeterminación burlona le da a la película una atemporalidad que también acentúa ecos de otras películas de terror psicológico mientras Clark ofrece una actuación tan audaz y tan vulnerablemente aislada como la de Catherine Deneuve en Repulsion (de Roman Polanski).

Al final, no está del todo claro si hemos entrado en un reino extático donde lo sobrenatural es posible o si todo está en la imaginación de Maud, como los remolinos que ve en los vasos de cerveza y los desagües de la bañera, que recuerdan a la famosa escena de la ducha de Hitchcock en Psicosis. Esa ambigüedad de género, que nunca se resuelve por completo, puede frustrar a algunos espectadores, pero está claro que Glass sabe exactamente lo que está haciendo, ya que sigue agregando capas delgadas de significado y textura a la narrativa. Este trabajo inteligente y siniestro promete un gran futuro para ella y toda la cinematografía y estilo narrativo que podría seguir creando.


viernes, 3 de enero de 2020

Crítica Cinéfila: The Two Popes

Explora la relación que mantuvieron el Papa Benedicto XVI y su sucesor, el Papa Francisco, dos de los líderes más poderosos de la Iglesia Católica, que abordan sus propios pasados ​​y las demandas del mundo moderno para que la institución avance.



Mientras Jorge Bergoglio daba misas y sermones en los barrios de Buenos Aires, Joseph Ratzinger tenía reuniones cuasi-políticas. Mientras el argentino le sirve a la gente, el alemán recibe atención. Mientras uno sonríe con los ojos, el otro sonríe en sarcasmo. Son dos personas totalmente diferentes que se sortearon la posición del Papá en el 2005 tras la muerte de Juan Pablo II. Ambos competían, uno más que otro, y recibiendo bastante votos, lo cual generó un pequeño rechazo mutuo más adelante, aunque ninguno lo quiso admitir.

Años más tarde, los casos de abusos sexuales de parte de clérigos se multiplicaban, y los seguidores de la iglesia se dividían aún más, sobretodo algunos que llamaban nazi a Ratzinger, ahora conocido como Papa Benedicto XVI; mientras tanto, del otro lado del mundo, el padre Bergoglio planeaba su retiro, haciéndole la solicitud formal al Papa. Cuando Bergoglio decide visitar al Papa para recibir su renuncia autorizada, su visita cambia a unos encuentros de confesión con Benedicto, tratando de demostrarle que, a pesar de la buena imagen que ahora tiene con su comunidad, su pasado lo acosa constantemente, recordándole que él nunca fue un santo y que su auto-resentimiento le impide seguir representando la iglesia para su comunidad. Mientras tanto, el Papa comparte con Bergoglio algunas pequeñas confesiones dentro de su posición, incluyendo su decisión de renunciar a continuar siendo el Papa. 

Anthony Hopkins y Jonathan Pryce protagonizan The Two Popes, un drama conversacional entre dos de las figuras más importantes de la Iglesia Católica de las últimas dos décadas. Es una película que, aunque el conflicto sea interno y casi no se presenta con acciones en el presente de los personajes, el diálogo y la interacción de estos dos actores la convierte en una fuerte narrativa.


Lo primero que hay que entender de la historia es que, a pesar de estar inspirada y posiblemente basada en hechos reales para ambos, estas conversaciones fueron adaptadas para que tuviesen una estructura cinematográfica, obviamente respetando las reales personalidades de las protagonistas. Me preguntó que opinarán los reales Benedicto y Francisco sobre sus reencarnaciones; si se sentirán cómodos con la actuación de Hopkins y  Pryce. Sin embargo, mi curiosidad se extiende más hacia la actuación de Pryce y cómo este actor británico generó tanta empatía con su audiencia, sobretodo en cómo hablaba español en un acento argentino que engaña a cualquiera que no conozca sus orígenes. Mi sorpresa continuó hasta el final, donde de manera cómica ambos actores en el cuerpo de sus personajes bromean sobre el idioma inglés, la lengua natal de ambos, pero para Benedicto y Francisco es en realidad un lenguaje terrible, con “demasiadas excepciones para demasiadas reglas”.

Pryce es un veterano de la actuación, está claro que se preparó y hasta estudió las formalidades de Bergoglio, desde su forma tan compasiva para pronunciar sus líneas hasta su expresión no verbal para comunicar su interés por cada ser humano con el que tenía contacto. Del otro lado se aprecia a Hopkins como el “villano” de la historia, con un paso lento y una postura jorobada, provocando cierta distancia hacia los que le rodean y creando cierto desagrado por su trato hacia Bergoglio y su rechazo a aprobarle su retiro, pero más tarde demostrando porque esto ocurre. 

El guionista Anthony McCarten se enfocó claramente en demostrar lo diferente que estos dos personajes son,  sobretodo en presentar (al principio y al final) cómo ambos se presentaban al mundo; sin embargo, ambos tienen el mismo objetivo en la historia: se quieren retirar de sus posiciones porque se consideran incapaces de continuar “ejerciendo su oficio”. La presentación de Bergoglio como un joven padre jesuita es importante para la historia, para poder entender que este rechazo propio viene de años atrás, con revelaciones importantes de lo que vivió durante el terrorismo de Estado en Argentina en la década de 1970, y cómo se sintió responsable de lo que le ocurrió a algunos de sus amigos que se oponían al gobierno. Por el otro lado, no es necesario saber del pasado de Benedicto, pues es su presente y su decisión de permanecer ciego y casi perdonable a los clérigos relacionados a los abusos sexuales lo que le ha empujado a presentar su carta de renuncia. Los procesos de sus retiros no son iguales, y las bromas de los 700 años de diferencia desde el último Papa que dejó el rol antes de morir son resaltados; sin embargo, ambos han pasado por el mismo auto-cuestionamiento, y ambos empujan al otro a no tomar la decisión que ellos quieren lograr para sí mismos. 


Aunque los diálogos y la química de los actores es suficiente para las escenas tan fijas y escasas de acciones físicas de parte de sus personajes, aquí el juego de la fotografía de César Charlone y el diseño de producción de Mark Tildesley tienen un papel importante, manteniendo una atención considerable a los detalles, resaltando la temática sobre las creencias, la fé y las señales divinas a través de elementos religiosos y la naturaleza, desde la posición en la que vuela el humo de una vela que se apaga hasta la decisión de comprar un vuelo hacia el Vaticano días antes de recibir la invitación formal a esta ciudad. 

La iglesia es uno de los “gobiernos” mundiales más importantes y antiguos desde su creación, y la imagen del Papa es lo más divinamente cercano a Dios. El director Fernando Meirelles se encargó de recordarnos esto constantemente a lo largo de la historia, con la forma en que los personajes entregan líneas aparentemente simples, pero con un trasfondo bien importante y un mensaje de sabiduría que se enfoca a la auto-reflexión y a impulsar a encontrar nuestro verdadero lugar en el mundo. Creas o no en Dios, y sin importar tu edad, pasado u origen, todo el mundo tiene un destino divino que está inteligentemente ubicado en el trayecto de la vida para encontrarse a lo largo de la marcha.