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sábado, 14 de mayo de 2022

Crítica Cinéfila: Perejil

 Después del entierro de su madre, los gritos distantes la despiertan en medio de la noche. Se ha ordenado la ejecución inmediata de todos los haitianos en suelo dominicano, y que alguien sepa o no pronunciar «perejil» es lo que sella su destino. Marie, sola en las montañas, embarazada de 9 meses y sin un lugar donde esconderse, debe abrirse camino a través de la densa naturaleza antes de que la masacre de Perejil la alcance.



La frase “aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla” es una muy presente en esta película. Le cabe importantemente a dos culturas que aún conviven con grandes diferencias de por medio, pero siempre amenazando de un posible conflicto político en el momento que una de las fuerzas sociales tiren un primer golpe. Y le cae como anillo al dedo a un cineasta que, con la llegada de su noveno largometraje de ficción, aún repite los mismos errores narrativos. 

Perejil es una historia dolorosa. Sigue un momento histórico relevante de la República Dominicana, el famoso genocidio haitiano del 1937, motivado por el dictador Rafael Leónidas Trujillo. Pero ¿cómo realmente nace esta situación? ¿O de verdad nació de la nada, y así la masacre se desató y acabó con todo a su paso en una sola noche? Porque así es que se interpreta con esta película. 

Algunos justificarán que no se explica porque se sigue desde una perspectiva más humilde y cercana al pueblo haitiano, donde la protagonista es Marie (Cyndie Lundy), una mujer haitiana embarazada que la masacre la agarra “a punto” de dar a luz. Ella está casada con un hombre dominicano, Frank (Ramón Emilio Candelario), quien le promete que no le pasará nada siempre que esté a su lado pues su nacionalidad la protege, aún cuando le advirtieron lo que iba a ocurrir y le sugirieron que salgan de allá cuanto antes.

Mientras que aquí la audiencia desconocerá muchos aspectos históricos que por responsabilidad social  ciudadana debe entender al adentrarse a este tipo de dramas de época, sí puso en contexto introductorio el espacio físico de este universo, un Dajabón en la misma frontera con Haití donde sus habitantes son principalmente de origen haitiano. Así mismo, introduce la historia con una cultura muy particular, en medio de un servicio funerario de la madre de Marie, a pie camino hacia un río y enriquecido de cantos en creol, este seguido por un almuerzo criollo haitiano de algo que parece ser chenchén. Marie se ha quedado con el crucifijo de su madre para que la proteja y se muestra con gran preocupación, uno se atreve a asumir que con el presentimiento activo de que algo va a ocurrir, hasta que de repente la masacre estalla y todo cambia en su actitud. Y así también decayó la película. 

Esta trama posee una serie de situaciones que provocan un desbalance cinematográfico a partir del momento en que inicia el genocidio. La primera es el desconocimiento del enfoque de Marie. La ausencia de un verdadero objetivo en el personaje hace que la audiencia se desconecte de sus actitudes. Ella está en búsqueda de su esposo y ¿luego qué? ¿Cruzar Haití con él? ¿Buscar refugio para su bebé? El objetivo varía de acuerdo a la persona con la que ella trate. El hecho de que ella priorice encontrar a su esposo poniendo en peligro su propia vida y la de su bebe también hace que uno hasta cuestione la lógica de este personaje, quien parece haber perdido todo sentimiento materno que presentó a principio de la película. La poca claridad de ella se ve aún más afectada por una actuación casi nula de emociones de parte de Lundy, a quien ya se conocía por su trabajo en Hotel Coppelia, donde esta autora se atrevería a decir que tuvo un mejor desenvolvimiento. Su ausencia de reacciones frente a las matanzas que ocurrían ante sus ojos crea descontento e incluso peocupación de cuál realmente será su posición en la historia. 

La segunda, y la cuál sorprende viniendo de un cineasta que ya ha pasado por ocho largometrajes de ficción y cuatro documentales, es en la parte técnica, donde existe una disparidad fotográfica muy prepotente que afecta tanto el cambio de planos como la estabilidad de la cámara. En un momento parecería que José María buscó inspiración cinematográfica de Barry Jenkins, en quien siempre predominan los planos frontales con un sutil travelling, pero se siente tan fuera de estilo en comparación al resto de la cinematografía de esta película que uno asumiría que fue un experimento y que terminó siendo un error de edición incluirlo. Así también se ve muy afectada la postproducción, que tiene una sensación desagradable de haberse hecho "bajo presión", con una colorización total muy pobre que crea un desequilibrio visual reconocible; a esto agrguenle una edición de sonido donde en momentos claves pudo haber jugado un mejor rol, pero que decayó de manera singular y sin aparente defensa. 

La tercera es la dirección de arte, la cual hizo su mayor intento por no demostrar que el camino de Marie se grabó en una sola localización, pero lamentablemente fue delatada por un plan cinematográfico inconsistente. Este aspecto es aún más decepcionante después de venir de una película como Hotel Coppelia, que lo que no pudo lograr en historia se superó en dirección de arte y vestuario. Pero tanto esta como la segunda situación son víctimas de un principal culpable: el sentimiento de apresuramiento. E independientemente de si se hizo o no bajo rapidez, la producción se siente así. Los errores técnicos se sienten como errores de principiantes, lo cual nadie en esta producción es.

Últimamente, José María ha recurrido al cine de época. Pero para poder hablar de historia, se debe conocer muy bien y así se evita la generación de dudas y cuestionantes en una audiencia que a lo mejor no conoce lo que realmente ocurrió y va a ver este tipo de películas en busca de una respuesta "corta y entretenida". Sin embargo, a Perejil le falta mucho para poderse considerarse una drama histórico. Le falta más introducción al mundo ordinario, salir un poco de la cabeza de la protagonista y seguir otros rumbos que abran más horizontes en esta historia encajonada tanto narrativamente como técnicamente. El lenguaje de los personajes se siente muy modernizado y se desaprovecha elementos narrativos que tienen ahí mismo, como las creencias de los haitianos o el mismo contexto de la palabra perejil, que solo es utilizada como tal casi al final de la película. Ahora parecería que el título de la película no debió haber sido ese.

El decaimiento de Perejil en la misma entrada del segundo acto es un recordatorio de una problemática constante que tiene José María con sus guiones (aquí trabajaron seis personas, lo cual también puede ser un conflicto). A lo mejor esta es la película con la que finalmente él reconocerá que ya es tiempo de buscar un estilo narrativo a seguir y abandonar ese salto de género en género; o por lo menos deberá autoanalizar su narrativa y reconocer lo que ya debería dejar de hacer en una película. Mientras tanto, uno debe prepararse mentalmente que entrará a un nuevo género y por lo tanto a un nuevo estilo narrativo, como ya es su costumbre.



sábado, 10 de abril de 2021

Crítica Cinéfila: Hotel Coppelia

1965, República Dominicana. En un burdel al lado del mar, las vidas de un grupo de prostitutas cambian radicalmente cuando estalla un golpe de estado revolucionario.



Cuando la guerra de abril estalló, seguramente todo el que fue testigo de ella se vio afectado de diferentes maneras. Es posible que algunos hayan preferido quedarse a un lado, mientras miles de personas protestaban en contra de las militancias, y es aún más posible que los que estaban en las calles hicieron hasta lo insólito para mantener su punto de vista. Pero independientemente de los ideales en conjunto, cada quien luchaba por su pensamiento como individuo, y por tanto entendía lo que a él o ella le convenía.

Al ver Hotel Coppelia, nos encontramos con un grupo de mujeres que todas se dedican a esta vida por una razón muy particular: Judith (Lumy Lizardo), la dueña del burdel, se mantiene allí controlando los abortos provocados, baños matutinos y propinas privadas para demostrar el dominio que tiene sobre su negocio y quienes forman parte de este. Es por esto que conoce muy bien las diferentes personalidades que invaden el Hotel Coppelia. Algunas de ellas son Gloria (Nashla Bogaert), una prostituta lesbiana que vive un suplicio de vida sin poder ser capaz de tomar una decisión por sí misma aún cuando es motivada por otros, y Betty (Jazz Vilá), una mujer transexual que ahorra para hacerse su proceso quirúrgico de cambio de sexo sin importar el precio humano que esto conlleve. Así hay otras mujeres que acompañan la trama, pero a medida que los sucesos van cambiando de situación política/social y antagonistas, el grupo de prostitutas se va reduciendo hacia aquellas que aparentemente tienen el mayor peso narrativo en sus manos. Pero, ¿es esto así?

En los primeros 15 minutos de la historia, Judith parece ser la mandamás de esta cabaña de lujo ubicada en el malecón de Santo Domingo. Con su espejo husmea las habitaciones para evitar desgracias que los clientes puedan cometer en sus empleadas, mientras que en su corto tiempo libre le a su hijo adoptivo mudo José María (Jeru Sanchez) la historia detrás de las paredes anticuadas del hotel y su antiguo dueño, el padre de Judith, a quién parecen tener enterrado en una butaca vintage donde nadie puede sentarse, incluyendo a la misma dueña del burdel. Pero al momento de estallar la guerra y la mayoría de las empleadas sexuales deciden irse del burdel, la trama se cae con su salida. 

Las mujeres pierden el rumbo y el control de la historia, y quienes aparentemente son los antagonistas guían hacia dónde la audiencia debe prestar atención. La primera caída se siente en el personaje de Lumy, quien visualmente se mantiene firme a su rol, pero es imposible que lo logre cuando Judith decide voluntariamente entregar lo que llamaba ser suyo. La manera tan fácil de cómo renuncia a su apreciado hotel y simplemente observa desde una esquina la llegada de diferentes personas que lo poseen y violentan de manera aberrante a su gusto no es solo decepcionante sino que cuestiona grandemente cuál es el verdadero objetivo de Judith en la historia y crea simpatía hacia quienes decidieron irse a principio de la guerra. Le sigue los pasos Gloria, quien es quizás uno de los pocos personajes con lo que se crea un grado de simpatía, pero de igual manera no parece tener una meta en ningún momento de la historia y aún cuando se ve saltando de romance en romance, lo único que queda por apreciarle es el hecho de que se mantiene fiel hacia dónde su corazón apunte en ese momento. Queda Betty, quien sí tiene su objetivo marcado y trata de lograrlo a pesar de arriesgar mucho en el camino, pero aún así lo hace muy tarde para poder salvar la trama.

José María termina la historia con la frase de que la película está dedicada a las mujeres anónimas que lucharon y resistieron durante la guerra civil y la invasión extranjera. Pero, ¿estas son las verdaderas mujeres anónimas que debemos conocer de ese hecho histórico tan clave en nuestra historia? Pues desde el punto de vista de una mujer, parece ser más bien una película sobre mujeres haciéndose a un lado mientras los hombres toman control del asunto. Quizás hubiese sido muy diferente si la única representante femenina no tan anónima de la historia, Tina Bazuca (Ruth Emeterio), la única que sí vemos luchando y arriesgándolo verdaderamente todo (y al alto precio de verse caricaturizada en el proceso) hubiese sido la protagonista de la trama. Pero es posible que haya un elemento narrativo que rescate la película por momentos y lo convierta en el personaje más importante: el Hotel Coppelia en sí, quien se trató de mantener erguido a pesar de los diferentes obstáculos que continuaban entrando como dueños de casa y abusando de sus paredes hasta su fin. Pero aún viéndolo desde el punto de vista de una escenografía que juega un papel importante, el sentido parece alinearse hacia un pensamiento masculino a pesar de los grandes intentos por aparentar lo contrario.

Por su lado, el departamento de arte juega un rol muy importante para representar la época de los 60, retratando momentos históricos claves en la democracia dominicana, desde el recién ajusticiamiento de Trujillo hasta el golpe de Estado a Bosch y la entrada de los gringos a tomar control de la guerra civil. La composición musical de Jorge Magaz por igual traslada al dramatismo y la desesperación de querer insertar a la audiencia en ese momento y luchar más por los derechos patriotas, pero aún estos aspectos no salvan las debilidades de su guión.

José María ha tenido un largo camino como cineasta. Ha logrado llevar historias con personajes nacionales a rincones inexplorados por el cine local; sin embargo, al querido José María todavía le falta el método de establecer su marca para poder ser cineasta de autor. Si se compara esta historia con sus últimas dos películas de ficción, es posible que el mayor común denominador narrativo es el hecho de que las mujeres se prostituyen para lograr algo, ya sea amor, dinero o posicionamiento. Y a mí me resulta muy difícil creer que esto sea parte del estilo que él quiera establecer, sobretodo cuando esta es la imagen de la mujer dominicana que se le vende al mundo. Es posible que este caso resalte más por el hecho de tomar lugar en un burdel tal cual donde se experimentan casi todas las razones por las que una mujer se dedicaría a esta vida, y aún así, no se le perdona.

Hotel Coppelia es una experiencia visual, sí. Pero no se enfoca en lo que promete. Más bien, decide irse por rumbos individualistas que se olvidan del objetivo real de la historia: mostrar esos rostros anónimos que fueron protagonistas de una guerra liderada por hombres y que aún así ellas fueron parte del cambio. Para llegar a ese ideal, cocinar y lavarle los uniformes a los guardias definitivamente no es suficiente rol.


viernes, 19 de julio de 2019

Crítica Cinéfila: El Proyeccionista

Un hombre solitario que se encarga de un proyector se consuela con una mujer que ve en un rollo de celuloide. Cuando el rollo se pierde, el hombre decide ir a buscar a la mujer por los lugares más deprimidos de República Dominicana. 



La septima película de José María Cabral traslada a la audiencia al sur profundo de la República Dominicana, un área que ha escondido secretos desde hace años mientras que su población encuentra entretenimiento gracias a un proyeccionista ambulante con películas en celuloide. Pero desde los ojos de Eliseo, él sabe que transporta magia en rollos, la cual es proyectada con mucha pasión, cobrándole 50 pesos a quienes se animen a ser parte del espectáculo, mientras tiene la misión de encontrar una mujer que lo enamora a través de las viejas películas que su padre resguardaba antes de morir.

Eliseo es un hombre amargado: todo le molesta y no se quiere adaptar a los cambios tecnológicos. Esto va más enfocado a su terca necesidad de todavía querer proyectar películas en celuloides cuando ya existían proyectores digitales y DVDs. Haber quedado huérfano tan jóven ha sido un golpe duro y es muy notorio, pero lo que parece ser su único alivio son pequeños cortes de películas que muestran a una mujer, donde ella posa frente a la cámara en diferentes escenarios: dentro del río, la ducha, en el comedor, la cama. Después de una tormenta de rayos, las películas de su amor platónico se queman y la frustración de Eliseo es tan grande que asume una aventura por encontrar finalmente quien es esta mujer.

Después de siete películas ya es importante cuestionar cuál es el fin del cineasta cuando crea: ¿demuestra su tipo de temática mientras cuenta una historia? ¿hace algún reflejo de la sociedad entre sus personajes? ¿muestra su punto de vista sobre situaciones de la vida? o ¿simplemente hace las películas por el mero hecho de hacer películas? La verdad es que todavía queda la gran interrogante de quién realmente es José María Cabral y qué lo motiva a hacer cine. No cabe duda que, de materia de cinematografía, él sabe desarrollar una temática y proyecta sus conocimientos sobre montaje e historia del cine con cada toma que plasma, pero esto no significa que se puede reconocer su visión, o aún más importante una evolución en su narrativa.


En El Proyeccionista se encuentran errores que ya se han visto anteriormente: un final apresurado, personajes que parecen más personalidades que seres humanos, y una historia con interrogantes sin contestar. A pesar de ser una propuesta sumamente interesante, el resultado final es un guión con fallas similares a sus grandes clásicos, el cual se pretende recostar de algunos aspectos culturales de nuestro país, como la división de clases, el viaje en carretera hacia los pueblos con nombres peculiares, y las riquezas naturales que hacen contraste con la educación de los que habitan en ella. Sin embargo, ni los planos desde el cielo ni la magia que creaba el proyector le exoneran algunos pecados narrativos que se cometieron a lo largo de la historia.

El primero es Eliseo, interpretado por el talentoso Félix Germán, quien no tiene la culpa de la rabia a veces innecesaria de su personaje. A diferencia de algunos testarudos de la pantalla grande, como Carl de la película Up (2009), donde se empatiza con el personaje y uno logra verdaderamente ponerse en su lugar, aquí la rabia de Eliseo no parece tener razón de ser, pues no se expone si es por su soledad que él mismo se la ha provocado o porque se ha pasado toda una vida obsesionado con una mujer que nunca ha conocido en persona. No logra ni valorar a Rubí, interpretada por Cindy Galán, siendo ambas una de las pocas luces milagrosas del guión, con una subtrama mucho más interesante que el conflicto principal de la película, enfocada en cómo esta mujer se acuesta únicamente con hombres mayores por un posible trauma causado con su padre.


Una de las mayores cuestionantes de la película es la ambigüedad de la época en que supone narrarse, donde solo los amantes del cine dominicano lograrán identificarlo con facilidad, pues si él proyectaba la película La Maldición del Padre Cardona significa que es el 2005, pero la carente continuidad en el diseño de producción hizo cuestionar mucho el verdadero año en que la trama tomaba lugar.

Es verdad que la fotografía y el montaje del cine dominicano ha mejorado bastante, y no cabe duda que José María ha mejorado increíblemente en ese departamento, demostrando ahí su mayor evolución desde Jaque Mate. Sin embargo, es tiempo de que su evolución se expanda a otros departamentos de la producción, pues hacer cine es más que lograr unas cuantas tomas bonitas.

Siete largometrajes y seguro una gran cantidad de cortometrajes. Esto es razón suficiente para que José María se siente con su próximo guión y uno de los tantos libros sobre estructura narrativa, y se responda a sí mismo en qué se quiere enfocar cuando cuente una película, pues cabe destacar que el talento y la pasión le sobra, pero aún es necesario trabajar en su visión y la perspectiva que él quiere plasmar en sus historias.


viernes, 5 de mayo de 2017

Carpinteros

Julián Sosa encuentra una razón para vivir en el último lugar imaginado: la cárcel. Su romance con la interna Yanelly debe desarrollarse con el lenguaje de señas creado por los internos: el carpinteo, que se desarrolla a la distancia, desde un ventanal y una cancha, entre hombres y mujeres que establecen una relación de pareja. Julian y Yanelly establecen un vínculo innombrable,  a pesar de que ella es  la mujer de Manaury, el matón peligrosísimo de los encarcelados. Todo parece dejar ver que los hechos concluirán con la sangre de alguien.



Hace unas semanas, la directora Violeta Lockhart me comentaba que lo que más le hace falta al cine local es que existan directores con la necesidad de contar historias. Este año se ha visto un progreso en ese aspecto: además de mantener su resaltante fotografía, las historias parecen tener un tiempo de desarrollo y una mayor profundidad en sus detalles. Carpinteros es una de ellas. 

Esta película ya estaba siendo aplaudida a nivel internacional, desde festivales americanos como europeos, antes de ser estrenada en RD, por lo que esta era otra buena excusa para apoyar el buen cine dominicano.

La historia se centra en tres personajes: Julián, un recién llegado a la cárcel de Najayo hombre, debido a unos delitos menores y en espera de ser juzgado dentro de tres meses; Yanelly, una mujer de Najayo Mujer, que está bajo rejas debido al "accidente" de haber quemado su casa con su esposo dentro porque le pegó los cuernos; y Manaury, otro preso de Najayo hombre, con más tiempo allí, debido a delitos más serios (drogas, asesinatos y todo lo malo que se puedan imaginar). Yanelly y Manaury tienen una relación amorosa y se comunican a través de señas de un edificio a otro, pero por circunstancias "ocasionales" de la vida, el novato Julián se convierte en la paloma mensajera de Manaury y se termina enamorando de Yanelly, a pesar de las tantas advertencias que les hicieron...

Lo que más me gustó de esta película fueron los personajes, principalmente los protagonistas, donde se ve que hubo un tratamiento, la construcción de cada uno de ellos y un ensayo previo con cada uno de los actores. A nivel general, se nota un trabajo dedicado en cada uno de los personajes, pero el que más resalta es el de Ramón Emilio, gracias a su naturalidad e interioridad en su papel, tanto en sus palabras como en sus acciones. Por lo mismo, Jean Jean le da ese carácter de tensión que requiere su papel desde su primer momento en la historia y Judith Rodríguez se destaca por la fortaleza que proyecta en su papel, aún en circunstancias difíciles.


La trama tiene dos aspectos a tomar en cuenta: el primero es el lenguaje de señas, llamado carpinteo, creado por los presos de Najayo Hombre y Najayo Mujer, con el propósito de que los internos se relacionen entre sí y puedan comunicarse a pesar de estar encerrados. El segundo (y muy importante para mi) es la atmósfera dentro de estas dos cárceles y la Victoria, lo cual presenta de manera explícita cuáles son las situaciones y precariedades que viven sus internos, los riesgos que corren junto a los demás y junto a quienes se suponen son "los ponedores de orden" de estos espacios infernales.

Otro punto a resaltar es que se utilizaron reos reales durante toda la película, tanto en las escenas como en backstage, sirviendo de material documental sobre este ambiente. Admiro la valentía de JoséMa para adentrarse a tal punto de querer involucrarlos y que se pueda apreciar con naturalidad cómo es esto en realidad. La fotografía y el montaje son dos aspectos más que no quedan de lado, retomando la idea de filmación al estilo documental y recordándonos el gran progreso que tiene el cine dominicano en aspectos técnicos de este tipo, y permitiendo al espectador tener escenas destacables, gracias a sus secuencias sobre lo que iba aconteciendo en la trama.

A pesar de algunos clichés sobrepuestos en algunos de sus personajes y el final flojo e inexplicable (aún no entiendo que fue lo que quisieron decir con esas señas), la película es una demostración de que hay un avance en la construcción de las historias y en el manejo verbal y no verbal de sus personajes, que aunque para algunos parezca excesivos por sus pleberías y morbosidades, deberían recordarse a sí mismo que es parte de la esencia del dominicano, principalmente en lugares como este.

Carpinteros es un filme sobre romance imposible, batallas inesperadas y penas lamentables, que nos permite interiorizar cómo es en realidad ese escenario, el bajo mundo que habita allí y cómo sus individuos vuelven a ser humanos a través de un idioma que solo ellos entienden.