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miércoles, 11 de enero de 2023

Crítica Cinéfila: The Banshees of Inisherin

Ambientada en una isla remota frente a la costa oeste de Irlanda, cuenta la historia de dos amigos de toda la vida, Pádraic y Colm, quienes se encuentran en un callejón sin salida cuando Colm pone fin a su amistad de un modo abrupto. 



El oeste rural de Irlanda fue el escenario de un grupo de obras de teatro surgidas de un período temprano notablemente prolífico a mediados de los años 90 que colocó a Martin McDonagh en el mapa. Pero The Banshees of Inisherin permaneció durante décadas en estado cautivo, sin producir ni publicar. El dramaturgo la consideró una obra inmadura, flotando la posibilidad de volver a ella más adelante en la vida. Conservando el título pero hilándola en algo completamente nuevo para desarrollar su sugerencia de balada popular, el cuarto largometraje del escritor y director, magníficamente interpretado, y también uno de los mejores.

Una comedia negra que evoluciona de manera constante hacia un relato inesperadamente conmovedor de una amistad cortada con fuerza violenta cuando la distancia no tiene el efecto deseado, aunque nunca borrada, la película podría leerse como un análisis a la herencia cultural de la ascendencia irlandesa de su autor. Sin embargo, se debe igualmente visualizar como la composición de un dúo melancólico, una separación que resuena entre la pequeña población de una isla ficticia, revelándola como un lugar embrujado de silencio, soledad y locura, pero también de bondad y resiliencia humana.

La película vuelve a reunir a Colin Farrell y Brendan Gleeson, cuya diferencia de edad, físico y tipo de personaje crea una pareja muy particular que saca lo mejor de ambos actores, como lo hizo en el primer largometraje de McDonagh en 2008, "In Bruges". Dirigen una pieza de conjunto reflexivo que equilibra de manera experta lo tragicómico con lo macabro, habitando un territorio adyacente al trabajo escénico de McDonagh pero también radicalmente cinematográfico. Este último factor le debe mucho a la conmovedora cinematografía de Ben Davis que aporta una cualidad mítica a los paisajes, y a la partitura de Carter Burwell que cambia el estado de ánimo con el que uno debe seguir esta trama.

El don de McDonagh para los diálogos picantes y el carácter se muestra en la rápida puesta en escena, cuando Pádraic (Farrell) aparece en la solitaria cabaña de pescadores de su amigo de toda la vida, Colm (Gleeson) para su cita habitual en el pub a las 2pm y está perplejo por su fría recepción. El anciano está adentro fumando en un silencio melancólico, claramente visible a través de la ventana pero sin ofrecer ninguna explicación por su negativa a reconocer la presencia de Pádraic.

El desconcertante rechazo pesa mucho sobre Pádraic en el bar, donde las preguntas sobre la ausencia de su amigo del tabernero, Jonjo (Pat Shortt), echan sal en la herida. "¿Por qué no me abrió la puerta?" Pádraic le pregunta a su hermana Siobhán (Kerry Condon) en la casa que comparten con su amada burra, Jenny.

De regreso en el pub, Colm le dice a Pádraic que se siente en otro lugar, pero confirma que el joven no ha dicho ni hecho nada que lo moleste: "Simplemente ya no me caes bien". El semblante pesado de Gleeson transmite el precio para Colm incluso de justificar mínimamente sus acciones, pero después de mucha insistencia de Pádraic en los días siguientes, admite que lo encuentra aburrido. “Pero siempre has sido aburrido”, protesta Siobhán.

A medida que la confusión herida de Pádraic crece junto con la brusca intransigencia de Colm, surge que el anciano puede sentir que su vida se le escapa y solo desea un poco de paz en su corazón. Quiere pasar los días que le quedan pensando y componiendo música con su violín. Este último interés lo lleva a entablar nuevas amistades con estudiantes de música locales, lo que agrava el abrupto aislamiento de Pádraic.

Si bien el escenario es 1923 y este conflicto íntimo se desarrolla con el telón de fondo de los cañones y los disparos que se escuchan desde la Guerra Civil que azota el continente, McDonagh saca a relucir el humor en el cisma de los antiguos amigos. Este es especialmente el caso en la interpretación desgarradoramente divertida y melancólica de Farrell, ya que este hombre de carácter dulce e intelectualmente indiferente se ve obligado, por lo que parece ser la primera vez, a pensar en sus limitaciones, diciéndose a sí mismo que es "agradable, no aburrido". Pádraic se convence de que Colm está deprimido y necesita su ayuda. Sus torpes intervenciones hacen que Colm recurra a medidas drásticas de automutilación para persuadir a Pádraic de que habla en serio.

La noción de un granjero irlandés de la década de 1920 discutiendo la depresión parece tan improbable. Pero McDonagh imbuye la historia con una dimensión atemporal en consonancia con las caras rocosas de los acantilados, el mar helado y los cielos nublados de su entorno atmosférico, incluyendo otros temas como la soltería en las mujeres, los deficits de atención y las posibilidad de migración para un mejor futuro laboral. 

Si bien las criaturas folclóricas fantasmales no están representadas literalmente, la macabra bruja vestida de negro, la Sra. McCormick (Sheila Flitton), parece prosperar en la fatalidad. “Vendrá una muerte, tal vez incluso dos muertes”, entona con lo que suena como un placer malicioso para ella.

Siobhán, una lectora voraz y el único personaje con la idea de alejarse de Inisherin, llama a la gente de allí "amargada" y "loca", describiendo el lugar como "nada más que desolación y el lento paso del tiempo". Ama a su hermano e incluso le tiene cariño a Colm. Pero en la actuación aguda e inteligente de Condon, su paciencia se ha desgastado hasta los huesos. “Un hombre silencioso más en Inisherin”, llama a Colm. "Todos ustedes son jodidamente aburridos con sus insignificantes quejas".

El efecto dominó de la pelea de Pádraic y Colm toca a todos de diferentes maneras: la comerciante chismosa (Bríd Ní Neachtain) que exige noticias como si fuera la única moneda que acepta; el sacerdote (David Pearse) que viene a la isla cada semana para decir misa, confesar y golpear cuando se le desafía; el policía mezquino (Gary Lydon) que regularmente ahoga sus frustraciones en alcohol y descarga su ira contra su hijo Dominic (Barry Keoghan) con abusos de varios tipos. Incluso el lugar de reunión pacífica del pub es violado por la tensión.

Si bien no es la chispa más brillante y tiene un despreocupado desprecio por los filtros sociales estandarizados, Dominic es más perceptivo de lo que nadie cree. Tiene una franqueza conmovedora a su alrededor, particularmente cuando hace propuestas nerviosas y modestas de cortejo hacia Siobhán, una de las pocas veces que ella abandona su frágil indiferencia. Keoghan toma este pequeño papel e invierte cada línea con tanto patetismo delicado como excentricidad humorística. Es una actuación maravillosamente extraña, no menos esencial para las capas emocionales de la película que las de Farrell y Gleeson. Son especialmente tiernas las escenas periódicas en las que Pádraic utiliza a Dominic como caja de resonancia de su dolor. Farrell logra un delicado equilibrio entre la exasperación con el hijo del policía y la dolorosa necesidad de llenar el vacío de amistad creado por la retirada de Colm de su vida.

En general, los actores no podrían ser mejores. Varios de ellos son veteranos de las obras de McDonagh, incluidos Condon, Shortt, Lydon, Flitton y Aaron Monaghan, quien fue un protagonista devastador en The Cripple of Inishmaan y aquí tiene una escena hilarante como el amigo músico de Colm, quitado del camino con crueles despachos por Pádraic cuando se vuelve inusualmente despiadado. La comprensión del elenco de los ritmos peculiares y la musicalidad innata del lenguaje de McDonagh se suma a la teatralidad, pero el material nunca es estático o escénico.

El sentido del lugar envuelve al espectador en cada cuadro. Davis capta las escenas exteriores (rodadas en Inishmore, en las Islas Aran) con una luz natural sombría, con velas y lámparas de gas para los interiores, como corresponde a una zona donde la electricidad no habría llegado hasta los años setenta. Y el diseño de producción de Mark Tildesley es rico en detalles, desde la casa de campo rústica de la familia de Pádraic y Siobhán hasta el pub desgastado por el tiempo y la casa de campo de Colm, cuyas paredes y techo están cubiertos con instrumentos musicales, máscaras, títeres y otros hallazgos artísticos que hablan de sus intereses culturales que trascienden este lugar remoto.

A lo largo de la película, McDonagh coquetea a sabiendas con lo absurdo y lo grotesco, puntuando la historia con sus habituales sacudidas de violencia creativa y suspenso sigiloso. Pero a pesar de todo su ingenio, su conversación animada y su ligereza engañosa, podría decirse que este es el trabajo más conmovedor del escritor y director. Los arcos devastadores de las actuaciones de Farrell y Gleeson (dos hombres que una vez se unieron en una compañía fácil, ambos finalmente se ensimismaron con ceñuda implacabilidad) siembran una desesperación que, al final, les brinda un tipo perverso de consuelo mutuo.

La aceptación de la tristeza como parte de la vida parece algo que viene solo con la edad, lo que sugiere que McDonagh tenía razón al sentarse en este título todos esos años, hasta que pudo sacar a la luz unos personajes y una historia para hacerle justicia.


martes, 8 de febrero de 2022

Crítica Cinéfila: Nightmare Alley

Un buscavidas (Bradley Cooper) se compincha con una psicóloga (Cate Blanchett) para estafar a millonarios.



La primera mitad de Nightmare Alley, la joya de una saga de Guillermo del Toro, se desarrolla dentro de la subcultura itinerante de los feriantes, al final de la Gran Depresión. “La gente aquí, no les importa quién eres o qué has hecho”, le asegura el ladrador de feria de Willem Dafoe a un novato, Stanton Carlisle. Esas son buenas noticias para Stan, interpretado por Bradley Cooper con una frialdad inigualable, y que ha llegado a la feria después de un largo viaje en autobús por algunas razones que preferiría olvidar.

Cambiando de la fantasía romántica de la Guerra Fría The Shape of Water, del Toro se adentra profundamente en los márgenes, tanto bajos como altos, con su nueva película. Su adaptación, con la coguionista Kim Morgan, de la novela Nightmare Alley de William Lindsay Gresham, es una versión más expansiva que la primera versión cinematográfica del libro, una película en blanco y negro de 1947 que es una de las novelas negras más distintivas jamás realizadas. Tyrone Power encabezó ese proyecto, decidido a dejar atrás la aventura liviana con la que se identificaba y profundizar en un territorio más complejo, y entregó su mejor actuación en pantalla. Pero el público no estaba listo para verlo en modo antiheroico, un obstáculo que Bradley Cooper, quien ha interpretado tipos de ese estilo, no tendrá inconveniente.

Es verdad que su actuación tarda un tiempo en afianzarse por completo, y cuando lo hace es fascinante, a la vez seductora y repelente, ocupando el centro de un excelente elenco. Stanton no es solo un estudio rápido, sino uno fríamente agresivo. Pero independientemente de las artimañas y los juegos de manos de los feriantes, no es hasta que Stanton se convierte en una estrella en la gran ciudad, donde conoce a una psicóloga increíblemente glamorosa llamada Lilith Ritter e interpretada por Cate Blanchett, donde realmente él comienza a darle más ritmo a la película.

La historia comienza en 1939, cuando las heridas de la Gran Guerra todavía están haciendo sufrir a algunos y otra conflagración se vislumbra en el horizonte. Una de las primeras lecciones de Stan en el carnaval involucra vigilar a la bestia. Los clientes pueden presenciar esta pura degradación humana: el alcohólico desesperado que ha sido atraído al trabajo y llevado a la locura, obedientemente muerde la cabeza de un pollo vivo.

El ladrador Clem Hoatley (Dafoe), que ha reunido una colección de fetos en escabeche, la mayoría de ellos humanos, le muestra a Stan las cuerdas del carnaval. La lectora de mentes Zeena (Toni Collette) le da a Stan una bienvenida muy personal, mientras que su dipsomaníaco esposo, Pete (David Strathairn), advierte sobre los peligros de creer sus propias mentiras, palabras sabias que Stan ignora. En cambio, su atención se centra en el libro que contiene el elaborado código verbal que Zeena y Pete desarrollaron para un acto mentalista que ya no realizan. Su ambición se enciende por su atracción por Molly (Rooney Mara), quien es tan discreta y sincera como su acto de alto voltaje es extravagante, y siempre bajo la mirada protectora de Bruno (Ron Perlman).

Stan encontrará su boleto para salir del circuito de carnaval, y con Molly creará un acto de lectura mental, realizado para la clase alta en un elegante club nocturno de Buffalo. Si la primera mitad de la película explica demasiado el mundo de los feriantes, la segunda, ambientada en 1941, irrumpe en un noir ultra estilizado. La Lilith de Blanchett entra en el drama como una retadora enfundada en terciopelo para el acto de Stan, con los labios rojos como la sangre y relucientes, su doble sentido con una voz sombría y, en ocasiones, al filo de la navaja.

La actuación de Cooper toca una vena más profunda cuando Stan reconoce un espíritu afín. En poco tiempo están poniendo su conocimiento confidencial de la vida emocional de la élite de Buffalo para usar en costosas consultas psíquicas privadas como la esposa de un juez (Mary Steenburgen) que está de luto por su hijo soldado. Stan sabe que se ha ganado el premio gordo cuando el industrial Ezra Grindle (un casi irreconocible Richard Jenkins) busca sus servicios. Grindle es un hombre tan rico e hipócrita que cree que puede comprar su redención y, en última instancia, representa todo lo que Stan odia.

El sinuoso trabajo de cámara de Dan Laustsen y los expresivos diseños de Tamara Deverell y Luis Sequeira crean dos mundos vívidos, comenzando con el polvo y la suciedad del carnaval a mitad de camino, con sus trajes teatrales y las luces de la rueda de la fortuna contra un cielo nocturno. La visión de la película del Buffalo nevado, con sus imponentes edificios de ladrillo, es un escenario cinematográfico refrescantemente desconocido, y uno que Del Toro usa con elocuencia para transmitir una sensación de poder y riqueza municipal, y de un mundo que se acerca a Stanton Carlisle precisamente cuando él cree tenerlo en la palma de su mano. Los interiores que Deverell y su equipo crearon para esta parte de la película son exquisitos, en particular los exuberantes tonos de jade de la suite de hotel de Stan y Molly y la asombrosa geometría de la oficina de Lilith, con sus paneles de madera bruñida.

El vestuario de Sequeira va desde lo sencillo hasta lo extravagante y elegante, y cuando encontramos a Stan con trajes hechos a la medida y chaquetas de esmoquin, ha olvidado el código ferial, con su sentido de familia e integridad personal, y le da un aire diferente al personaje. En la actuación encantadora y discreta de Mara, sabemos que Molly no pierde de vista estos valores.

Parte del poder de la historia de Gresham y de la película de Del Toro es el reconocimiento de que las artimañas y los engaños del mundo del espectáculo no impiden una conexión espiritual real. Las lecturas de cartas del tarot de Zeena, por ejemplo, exponen el destino de Stan con una claridad asombrosa (y la actuación fuerte de Collette profundiza esa claridad). De regreso a la mitad del camino, Stan mostró un talento impresionante para leer a la gente, pero en la gran ciudad ha sido cegado por la luz de su propio éxito, sin mencionar el resplandor de la sonrisa falsa de Lilith.

Stan es un personaje desagradable, y uno que no ofrece redención en esta narración, cuyo final es más fiel al material original que la película de Tyrone Power. Si alguna vez apoyamos a Stan, es solo en los momentos en que se enfrenta a Lilith. Cooper nunca busca la simpatía del público, lo que hace que los momentos finales de la película sean aún más crudos, poderosos y necesarios.

El guión a veces puede ser demasiado literal, pero la partitura de Nathan Johnson nunca falla, creando una potente fusión de lo majestuoso y lo inquietante, y encapsulando los impulsos de duelo en la visión de Del Toro. Con un guiño a la película Detour de 1945, Nightmare Alley rinde homenaje al cine negro. Pero también es su propia bola de nieve oscura, luminosa y finamente facetada, y una de las cinematografías más fluidas de Del Toro.


lunes, 6 de diciembre de 2021

Crítica Cinéfila: Passing

Estados Unidos, década de 1920. Clare es una mujer mulata casada con un racista blanco que se hace pasar por blanca, incluso ante su marido, para beneficiarse del estatus social y económico que les era negado a los negros en aquella época.



Las exquisitas interpretaciones de Tessa Thompson y Ruth Negga proporcionan el centro palpitante y emocionalmente elevado de Passing, el movimiento seguro de Rebecca Hall detrás de la cámara como directora, adaptado con gran sensibilidad de la novela de 1929 de la autora de Harlem Renaissance Nella Larsen. "Todos pasamos por algo u otro, ¿no es así?" reflexiona Irene Redfield, el melancólico personaje de Thompson. Esta es una evocación atmosférica de ensueño de la Nueva York de los años 20, sus estallidos de exuberancia de la era del jazz compensados ​​por la amenaza contenida de que las personas sean desenmascaradas. Cuenta una historia íntima de dos mujeres a ambos lados de la "línea de color" mientras emprenden una exploración interseccional de la identidad en relación con la raza, el género, la clase y la sexualidad.

Passing está filmado en blanco y negro vaporoso, en este caso enmarcado en la antigua relación de aspecto estándar de Hollywood 4:3 para sugerir fotografías de retratos, pero también un mundo estrictamente contenido de límites autoimpuestos. Visualmente, este es el trabajo de época más expresivo del director de fotografía español Edu Grau, sus imágenes realzadas por colaboraciones artesanales de primer nivel de la diseñadora de producción Nora Mendis y la vestimenta Marci Rodgers, quienes brindan ricos detalles. El subrayado de los suaves acordes de piano de jazz del compositor Devonté Hynes contribuye aún más a la vívida evocación de un mundo perdido.

La apertura efectiva enfoca a Irene en un viaje poco común al centro de la ciudad más allá de los confines más protegidos de Harlem mientras se esconde debajo de un elegante sombrero de ala ancha en un sofocante día de verano, desviando su mirada de cada empleado de la tienda, peatón en la acera o taxista. ella encuentra. Su miedo a la exposición y la humillación parece palpable mientras busca un respiro del calor en el salón de té lleno de palmeras del ficticio Drayton Hotel, que se basa en el Drake de Chicago. Al igual que en la novela de Larsen, el establecimiento no tiene los omnipresentes carteles de "No personas de color" de la época, aunque la clientela blanca deja en claro que Irene está allí porque ha pasado desapercibida mientras se empolva la tez sonrojada.

El fuerte contraste entre los dos personajes principales se hace evidente al instante cuando Clare Kendry (Negga), una amiga íntima de su juventud, sorprende a “Renie” con un efusivo saludo. Con su habla suave y entrecortada y su alegre peinado rubio, es obvio que Clare pasa por blanca incluso antes de explicar que su esposo, el banquero John (Alexander Skarsgård), solo sabe que fue criada por sus tías religiosas blancas después de la muerte de su padre. Explica que desde que tuvo una hija no se ha atrevido a intentarlo de nuevo por miedo a que su hijo salga de color.

Irene está nerviosa, ansiosa por escapar, pero Clare está demasiado emocionada de volver a encontrarla después de 12 años, insistiendo en que vayan a su suite donde puedan hablar. El temprano regreso de John, quien los ha traído a Nueva York desde Chicago por negocios, revela que es un racista descarado. Clare se ríe de sus palabras con practicada indiferencia mientras él bromea diciendo que su esposa se ha vuelto más oscura cada día desde su matrimonio, de ahí su término cariñoso para ella, "Nig". Él explica que ella es más intolerante que él y que ni siquiera tendrá una doncella negra. Renie está visiblemente perturbada por el encuentro, incluso si la calidez que muestra la esposa de John hacia ella significa que nunca se le ocurriría pensar que ella es otra cosa que blanca.

Hay un marcado contraste visual de la suite de Clare y John, un espacio aireado bañado en luz blanca, al aspecto más texturizado dentro de la casa de Harlem donde Irene vive con su esposo médico Brian (André Holland) y sus dos hijos. La acción se adelanta al otoño, cuando una carta de Clare indica que se ha mudado de regreso a la ciudad como esperaba. Irene duda en abrirla, pero Brian es más curioso, arqueando las cejas ante la florida descripción de Clare de “esta pálida vida mía”, mientras regaña gentilmente a Renie por exponer su “salvaje deseo” de otra vida.

Cuando Clare aparece en su puerta, su petulancia por la falta de respuesta de Irene a su carta es como la de un amante despreciado. Pero a pesar de las advertencias de Renie de que está cortejando el peligro al venir a Harlem, Clare pronto se siente feliz por su reunión. Confiesa que volver a ver a su vieja amiga la liberó de la soledad de no poder nunca ser abierta con nadie; ella envidia a Renie por su "buena vida, libre y segura".

Cuando Irene revela que está trabajando con el escritor blanco Hugh Wentworth (Bill Camp) en el comité organizador de un próximo baile de la Black Welfare League, Clare insiste en asistir, ignorando las preocupaciones de su amiga. Brian expresa su desdén por cualquiera que viva en negación de quiénes son, pero poco a poco le encanta la "princesa rubia de Chicago". Clare ejerce su hechizo seductor en todos, incluidos los hijos de los Redfield y su ama de llaves de piel más oscura, Zu (Ashley Ware Jenkins).

En la actuación poco llamativa y bellamente interiorizada de Thompson, Irene está restringida a su manera a los códigos prescritos de matrimonio, maternidad y respeto de la clase media. Negga, por otro lado, tiene un aire casi performativo de Blanche DuBois en sus modales, con un ritmo musical vibrante mientras agradece a Irene por su diplomacia hacia su esposo racista.

La elección de material de Hall para su debut como guionista y directora se ve elevada por su evidente inversión personal en la historia, después de haber aprendido hace años que su abuelo materno estadounidense, que murió antes de que ella naciera, era negro que se hacía pasar por blanco durante la mayor parte de su vida. Esa intensa conexión impregna cada toma compuesta con amor de una obra que adopta un enfoque sutil e inquebrantablemente medido de un tema tratado en el pasado. 


domingo, 3 de octubre de 2021

Crítica Cinéfila: Liborio

La vida de Liborio, personaje histórico de influencia social y religiosa en la zona de San Juan de la Maguana. 



Oliborio Mateo, o mejor conocido como Papá Liborio, fue un curandero, ocultista, líder mesiánico y revolucionario que luchó durante la invasión estadounidense entre los años 1916 y 1922, enfrentándose en 16 ocasiones a las fuerzas de ocupación que controlaban el poder en el país. Liborio fue un guerrillero que utilizaba sus conocimientos de santería tanto para mantener atemorizados a los invasores como para crear una comunidad que se mantuviese luchando contra las fuerzas opresoras. Esa era la historia que quería ver desarrollada en Liborio.

En cambio me dieron la historia de cuatro personajes alrededor de la vida de Liborio, que aunque mostraron sus virtudes, defectos y acciones, no nos permitieron la experiencia completa de adentrarse a sus sueños, temores y vivencias personales. Al principio, se siente así, un momento íntimo con él, esperando a que la tormenta cese para seguir su jornada espiritual. Desaparece y va al cielo, y luego la tormenta termina, y Liborio vuelve de la muerte después de conocer el cielo en una misión. La ópera prima del cineasta dominicano Nino Martínez Sosa comienza como la jornada espiritual de Liborio después de la muerte. Pero a medida que avanza, la historia es otra. 

Papá Liborio se convirtió en un símbolo de esperanza y libertad para República Dominicana durante la ocupación estadounidense. La película se centra en esta figura interpretada de manera magistral por Vicente Santos; sin embargo, el filme es narrado de manera coral por varios personajes que por momentos, asumen el protagonismo: su hijo, su esposa, un capataz nuevo en el terreno, y una nueva creyente que acaba de perder un hijo y le suplica a Liborio que se lo regrese a la vida. 

Pero sus historias de vida no las conocemos, solo se sabe que son personas que habitan en el ambiente donde él habita y que cantan villancicos sobre sus creencias santeras. Mientras avanza la trama, se conocen sus miedos y sus necesidades carnales, pero no más allá. Parecería que simplemente la audiencia los acompañan en su estilo de vida, y no en encontrar un conflicto y alcanzar objetivos particulares. Al final, la historia de Liborio está escrita y es conocida, por lo que no es sorpresa lo que ocurre, en cambio estos personajes se sienten como ovejas que son domadas y guiadas a un camino hasta donde el pastor los puede llevar.

Contada en capítulos como si se tratara de un libro sagrado o de un retablo, Liborio recuerda al tipo de cuentos que se relatan alrededor de un fuego. Es un cine diferente y estéticamente encantador, que permite mirar a través de los ojos de los que creen, y coloca a la audiencia en los pies de las personas que caminan junto al profeta y en los sueños que se mezclan con lo real. La película captura en la mirada y en el gesto la invisibilidad de la fe, esa que no se advierte a simple vista pero que se percibe, como el sabor del azúcar en el agua. 

En sus silencios, se apodera del alma de la audiencia, y en su partitura nos levanta del asiento y nos adentra a una vida más espiritual, pero estos aspectos visuales y sonoros no hace justicia a la ausencia narrativa de la que sufre esta historia. Al final, no conocemos el lado guerrillero de Liborio: parece una figura tan similar a Jesús de Nazaret que se siente más como un Mesías que como una persona que luchó por la libertad nacional. Nino Martínez ha hecho un impresionante trabajo y Vicente tiene una presencia incomparable, pero yo me quedé deseando más.


sábado, 10 de abril de 2021

Crítica Cinéfila: Hotel Coppelia

1965, República Dominicana. En un burdel al lado del mar, las vidas de un grupo de prostitutas cambian radicalmente cuando estalla un golpe de estado revolucionario.



Cuando la guerra de abril estalló, seguramente todo el que fue testigo de ella se vio afectado de diferentes maneras. Es posible que algunos hayan preferido quedarse a un lado, mientras miles de personas protestaban en contra de las militancias, y es aún más posible que los que estaban en las calles hicieron hasta lo insólito para mantener su punto de vista. Pero independientemente de los ideales en conjunto, cada quien luchaba por su pensamiento como individuo, y por tanto entendía lo que a él o ella le convenía.

Al ver Hotel Coppelia, nos encontramos con un grupo de mujeres que todas se dedican a esta vida por una razón muy particular: Judith (Lumy Lizardo), la dueña del burdel, se mantiene allí controlando los abortos provocados, baños matutinos y propinas privadas para demostrar el dominio que tiene sobre su negocio y quienes forman parte de este. Es por esto que conoce muy bien las diferentes personalidades que invaden el Hotel Coppelia. Algunas de ellas son Gloria (Nashla Bogaert), una prostituta lesbiana que vive un suplicio de vida sin poder ser capaz de tomar una decisión por sí misma aún cuando es motivada por otros, y Betty (Jazz Vilá), una mujer transexual que ahorra para hacerse su proceso quirúrgico de cambio de sexo sin importar el precio humano que esto conlleve. Así hay otras mujeres que acompañan la trama, pero a medida que los sucesos van cambiando de situación política/social y antagonistas, el grupo de prostitutas se va reduciendo hacia aquellas que aparentemente tienen el mayor peso narrativo en sus manos. Pero, ¿es esto así?

En los primeros 15 minutos de la historia, Judith parece ser la mandamás de esta cabaña de lujo ubicada en el malecón de Santo Domingo. Con su espejo husmea las habitaciones para evitar desgracias que los clientes puedan cometer en sus empleadas, mientras que en su corto tiempo libre le a su hijo adoptivo mudo José María (Jeru Sanchez) la historia detrás de las paredes anticuadas del hotel y su antiguo dueño, el padre de Judith, a quién parecen tener enterrado en una butaca vintage donde nadie puede sentarse, incluyendo a la misma dueña del burdel. Pero al momento de estallar la guerra y la mayoría de las empleadas sexuales deciden irse del burdel, la trama se cae con su salida. 

Las mujeres pierden el rumbo y el control de la historia, y quienes aparentemente son los antagonistas guían hacia dónde la audiencia debe prestar atención. La primera caída se siente en el personaje de Lumy, quien visualmente se mantiene firme a su rol, pero es imposible que lo logre cuando Judith decide voluntariamente entregar lo que llamaba ser suyo. La manera tan fácil de cómo renuncia a su apreciado hotel y simplemente observa desde una esquina la llegada de diferentes personas que lo poseen y violentan de manera aberrante a su gusto no es solo decepcionante sino que cuestiona grandemente cuál es el verdadero objetivo de Judith en la historia y crea simpatía hacia quienes decidieron irse a principio de la guerra. Le sigue los pasos Gloria, quien es quizás uno de los pocos personajes con lo que se crea un grado de simpatía, pero de igual manera no parece tener una meta en ningún momento de la historia y aún cuando se ve saltando de romance en romance, lo único que queda por apreciarle es el hecho de que se mantiene fiel hacia dónde su corazón apunte en ese momento. Queda Betty, quien sí tiene su objetivo marcado y trata de lograrlo a pesar de arriesgar mucho en el camino, pero aún así lo hace muy tarde para poder salvar la trama.

José María termina la historia con la frase de que la película está dedicada a las mujeres anónimas que lucharon y resistieron durante la guerra civil y la invasión extranjera. Pero, ¿estas son las verdaderas mujeres anónimas que debemos conocer de ese hecho histórico tan clave en nuestra historia? Pues desde el punto de vista de una mujer, parece ser más bien una película sobre mujeres haciéndose a un lado mientras los hombres toman control del asunto. Quizás hubiese sido muy diferente si la única representante femenina no tan anónima de la historia, Tina Bazuca (Ruth Emeterio), la única que sí vemos luchando y arriesgándolo verdaderamente todo (y al alto precio de verse caricaturizada en el proceso) hubiese sido la protagonista de la trama. Pero es posible que haya un elemento narrativo que rescate la película por momentos y lo convierta en el personaje más importante: el Hotel Coppelia en sí, quien se trató de mantener erguido a pesar de los diferentes obstáculos que continuaban entrando como dueños de casa y abusando de sus paredes hasta su fin. Pero aún viéndolo desde el punto de vista de una escenografía que juega un papel importante, el sentido parece alinearse hacia un pensamiento masculino a pesar de los grandes intentos por aparentar lo contrario.

Por su lado, el departamento de arte juega un rol muy importante para representar la época de los 60, retratando momentos históricos claves en la democracia dominicana, desde el recién ajusticiamiento de Trujillo hasta el golpe de Estado a Bosch y la entrada de los gringos a tomar control de la guerra civil. La composición musical de Jorge Magaz por igual traslada al dramatismo y la desesperación de querer insertar a la audiencia en ese momento y luchar más por los derechos patriotas, pero aún estos aspectos no salvan las debilidades de su guión.

José María ha tenido un largo camino como cineasta. Ha logrado llevar historias con personajes nacionales a rincones inexplorados por el cine local; sin embargo, al querido José María todavía le falta el método de establecer su marca para poder ser cineasta de autor. Si se compara esta historia con sus últimas dos películas de ficción, es posible que el mayor común denominador narrativo es el hecho de que las mujeres se prostituyen para lograr algo, ya sea amor, dinero o posicionamiento. Y a mí me resulta muy difícil creer que esto sea parte del estilo que él quiera establecer, sobretodo cuando esta es la imagen de la mujer dominicana que se le vende al mundo. Es posible que este caso resalte más por el hecho de tomar lugar en un burdel tal cual donde se experimentan casi todas las razones por las que una mujer se dedicaría a esta vida, y aún así, no se le perdona.

Hotel Coppelia es una experiencia visual, sí. Pero no se enfoca en lo que promete. Más bien, decide irse por rumbos individualistas que se olvidan del objetivo real de la historia: mostrar esos rostros anónimos que fueron protagonistas de una guerra liderada por hombres y que aún así ellas fueron parte del cambio. Para llegar a ese ideal, cocinar y lavarle los uniformes a los guardias definitivamente no es suficiente rol.


martes, 6 de septiembre de 2016

Las 100 mejores películas del siglo


Fuente: TNTla.com

En época de grandes producciones cinematográficas, cuando los más puristas del séptimo arte dicen que en este siglo ya no se hacen películas como las de antes y que todo lo que importa es cuánto se recaude en la taquilla, los editores de la BBC Cultura decidieron demostrar que desde el 2000 hasta la fecha se hicieron excelentes films que vale la pena ver y que ya pueden considerarse clásicos, o lo serán en un futuro. Para esto, encuestaron a 177 críticos de 36 países y el resultado es un TOP 100 imperdible. ¿Están de acuerdo? 

100. Toni Erdmann, de Maren Ade, 2016
100. Requiem for a Dream, de Darren Aronofsky, 2000
100. Carlos, de Olivier Assayas, 2010
99. Les glaneurs et la glaneuse (The Gleaners and I), de Agnès Varda, 2000
98. Dah (Ten), de Abbas Kiarostami, 2002
97. White Material, de Claire Denis, 2009
96. Finding Nemo, de Andrew Stanton, 2003
95. Moonrise Kingdom, de Wes Anderson, 2012
94. Låt den rätte komma in (Let the Right One In), de Tomas Alfredson, 2008
93. Ratatouille, de Brad Bird, 2007
92. The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, de Andrew Dominik, 2007
91. El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, 2009
90. The Pianist, de Roman Polanski, 2002
89. La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel, 2008
88. Spotlight, de Tom McCarthy, 2015
87. Amélie, de Jean-Pierre Jeunet, 2001
86. Far From Heaven, de Todd Haynes, 2002
85. Un prophète (A Prophet), de Jacques Audiard, 2009
84. Her, de Spike Jonze, 2013
83. A.I. Artificial Intelligence, de Steven Spielberg, 2001
82. A Serious Man, de Joel y Ethan Coen, 2009
81. Shame, de Steve McQueen, 2011
80. Vozvrashchenie (The Return), de Andrey Zvyagintsev, 2003
79. Almost Famous, de Cameron Crowe, 2000
78. The Wolf of Wall Street, de Martin Scorsese, 2013
77. Le scaphandre et le papillon (The Diving Bell and the Butterfly), de Julian Schnabel, 2007
76. Dogville, de Lars von Trier, 2003
75. Inherent Vice, de Paul Thomas Anderson, 2014
74. Spring Breakers, de Harmony Korine, 2012
73. Before Sunset, de Richard Linklater, 2004
72. Only Lovers Left Alive, de Jim Jarmusch, 2013
71. Tabu, de Miguel Gomes, 2012
70. Stories We Tell, de Sarah Polley, 2012
69. Carol, de Todd Haynes, 2015
68. The Royal Tenenbaums, de Wes Anderson, 2001
67. The Hurt Locker, de Kathryn Bigelow, 2008
66. Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom (Spring, Summer, Fall, Winter…and Spring), de Kim Ki-duk, 2003
65. Fish Tank, de Andrea Arnold, 2009
64. La grande bellezza (The Great Beauty), de Paolo Sorrentino, 2013
63. A torinói ló (The Turin Horse), de Béla Tarr and Ágnes Hranitzky, 2011
62. Inglourious Basterds, de Quentin Tarantino, 2009
61. Under the Skin, de Jonathan Glazer, 2013
60. Syndromes and a Century, de Apichatpong Weerasethakul, 2006
59. A History of Violence, de David Cronenberg, 2005
58. Moolaadé, de Ousmane Sembène, 2004
57. Zero Dark Thirty, de Kathryn Bigelow, 2012
56. Werckmeister harmóniák (Werckmeister Harmonies), de Béla Tarr y Ágnes Hranitzky, 2000
55. Ida, de Paweł Pawlikowski, 2013
54. Bir Zamanlar Anadolu'da (Once Upon a Time in Anatolia), de Nuri Bilge Ceylan, 2011
53. Moulin Rouge!,  de Baz Luhrmann, 2001
52. Sud pralad (Tropical Malady), de Apichatpong Weerasethakul, 2004
51. Inception, de Christopher Nolan, 2010
50. Nie yin niang  (The Assassin), de Hou Hsiao-hsien, 2015
49. Adieu au langage (Goodbye to Language), de Jean-Luc Godard, 2014
48. Brooklyn, de John Crowley, 2015
47. Leviafan (Leviathan), de Andrey Zvyagintsev, 2014
46. Copie conforme (Certified Copy), de Abbas Kiarostami, 2010
45. La vie d'Adèle - Chapitres 1 et 2 (Blue Is the Warmest Color), de Abdellatif Kechiche, 2013
44. 12 Years a Slave, de Steve McQueen, 2013
43. Melancholia, de Lars von Trier, 2011
42. Amour, de Michael Haneke, 2012
41. Inside Out, de Pete Docter, 2015
40. Brokeback Mountain, de Ang Lee, 2005
39. The New World, de Terrence Malick, 2005
38. Cidade de Deus, de Fernando Meirelles y Kátia Lund, 2002
37. Loong Boonmee raleuk chat (Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives), de Apichatpong Weerasethakul, 2010
36. Timbuktu, de Abderrahmane Sissako, 2014
35. Wo hu cang long (Crouching Tiger, Hidden Dragon), de Ang Lee, 2000
34. Saul fia (Son of Saul), de László Nemes, 2015
33. The Dark Knight, de Christopher Nolan, 2008
32. Das Leben der Anderen (The Lives of Others), de Florian Henckel von Donnersmarck, 2006
31. Margaret, de Kenneth Lonergan, 2011
30. Oldeuboi (Oldboy), de Park Chan-wook, 2003
29. WALL-E, de Andrew Stanton, 2008
28. Hable con ella, de Pedro Almodóvar, 2002
27. The Social Network, de David Fincher, 2010
26. 25th Hour, de Spike Lee, 2002
25. Memento, de Christopher Nolan, 2000
24. The Master, de Paul Thomas Anderson, 2012
23. Caché, de Michael Haneke, 2005
22. Lost in Translation, de Sofia Coppola, 2003
21. The Grand Budapest Hotel, de Wes Anderson, 2014
20. Synecdoche, New York, de Charlie Kaufman, 2008
19. Mad Max: Fury Road, de George Miller, 2015
18. Das weiße Band - Eine deutsche Kindergeschichte (The White Ribbon), de Michael Haneke, 2009
17. El laberinto del fauno (Pan's Labyrinth), de Guillermo Del Toro, 2006
16. Holy Motors, de Leos Carax, 2012
15. 4 luni, 3 saptamâni si 2 zile (4 Months, 3 Weeks and 2 Days), de Cristian Mungiu, 2007
14. The Act of Killing, de Joshua Oppenheimer, 2012
13. Niños del hombre (Children of Men), de Alfonso Cuarón, 2006
12. Zodiac, de David Fincher, 2007
11. Inside Llewyn Davis, de Joel and Ethan Coen, 2013
10. No Country for Old Men, de Joel y Ethan Coen, 2007
9. Jodaeiye Nader az Simin (A Separation), de Asghar Farhadi, 2011
8. Yi yi (Yi Yi: A One and a Two), de Edward Yang, 2000
7. The Tree of Life, de Terrence Malick, 2011
6. Eternal Sunshine of the Spotless Mind, de Michel Gondry, 2004
5. Boyhood, de Richard Linklater, 2014
4. Sen to Chihiro no kamikakushi (Spirited Away), de Hayao Miyazaki, 2001
3. There Will Be Blood, de Paul Thomas Anderson, 2007
2. Faa yeung nin wa (In the Mood for Love), de Wong Kar-wai, 2000
1. Mulholland Dr. (Mulholland Drive), de David Lynch, 2001


Por Alejandro Cusa

domingo, 23 de agosto de 2015

Cine que inspira: Historias de la Segunda Guerra Mundial

Hace unos días se conmemoró el 70 aniversario de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, hecho que marcó a la humanidad que la vivió y a sus descendientes. Con un aproximado de 14 millones de militares y civiles fallecidos, Hiroshima y Nagasaki destruidas y Japón rendida a la Unión Soviética, la guerra había terminado; pero, además de los desastres ambientales y demográficos que dejó este acontecimiento histórico a su paso, su impacto fue notorio para la industria del entreteminiento. 

La sociedad comenzaba a recuperarse de lo que había ocurrido días atrás; no obstante, los artistas observaban lo acontecido como un medio de inspiración para nuevas historias, principalmente en el ámbito cinematográfico.
Rodaje de “Muerte en Venecia”, de L. Visconti (1971).
Los creativos eran recolectores de historias, contando tragicomedias de las distintas experiencias que ocultaron los muros caídos y las bombas explotadas de la Segunda Guerra Mundial.
Los avances tecnológicos permitieron que la industria fílmica avanzara, tanto en ideología como en los aspectos económicos y sociales. 

Por otro lado, y gracias a las facilidades de las nuevas tecnologías de la época, los cineastas no se salieron de la realidad, y utilizaron los escenarios destruidos para recrear los guiones producidos, logrando contar temas de la transformación social de ese tiempo, con su propio toque natural.

Una idea cinematográfica que continúa

Años después de la guerra, el cine seguía inspirándose de estas historias. Parecía que aún existían historias tras las cenizas sin contar. 

Los cineastas de hoy en día demuestran que no es necesario haber estado allí para poder contar una buena historia sobre la Guerra que dividió naciones y territorios.


Todavía en el siglo XXI, se tratan temas que reviven aquellos sentimientos de aquella época. Actualmente se pudo observar The Imitation Game (2014), pero también ya hace unos años se pudo apreciar esta realidad en películas como Diario de una pasión (2004), El niño del Pijama de Rayas  (2008) y Malditos Bastardos (2009).

Cada país lo asimila a su manera


Lo más interesante en el cine no es tanto la tecnología empleada o los actores involucrados (aunque influye), es la forma en que se cuentan cada historia. Grandes potencias se vieron afectadas, positiva o negativamente, de este suceso. He aquí cinco historias de la época en base a la visión de cinco países protagonistas del acontecimiento.


Dirigida y escrita por Isao Takahata, cuenta la historia de Seita y Setsuko, hijos de un oficial de la marina japonesa que viven en Kobe. Un día, durante un bombardeo, no consiguen llegar a tiempo al búnker donde su madre los espera. Cuando después buscan a su madre, la encuentran malherida en la escuela, que ha sido convertida en un hospital de urgencia.


En 1939, a punto de estallar la Segunda Guerra Mundial, Guido llega a Toscana con la intención de abrir una librería. Allí conoce a Dora y, a pesar de que es la prometida de Ferruccio, se casa con ella y tiene un hijo. Al estallar la guerra, los tres son internados en un campo de exterminio, donde Guido hará lo imposible para hacer creer a su hijo que la terrible situación que está padeciendo es sólo un juego. Dirigida y escrita por Roberto Benigni.


Dirigida por Roman Polanski. Wladyslaw Szpilman, un brillante pianista polaco de origen judío, vive con su familia en el ghetto de Varsovia. Cuando, en 1939, los alemanes invaden Polonia, consigue evitar la deportación gracias a la ayuda de algunos amigos. Pero tendrá que vivir escondido y completamente aislado durante mucho tiempo, y para sobrevivir tendrá que afrontar constantes peligros.

La Caída - 2004 (Alemania)

En las calles de Berlín se libra una encarnizada batalla. Hitler y sus fieles se han atrincherado en un búnker. Entre ellos se encuentra Traudl Junge, la secretaria personal del Führer. En el exterior, la situación se recrudece. A pesar de que Berlín ya no puede resistir más, Hitler se niega a abandonar la ciudad y, acompañado de Eva Braun, prepara su despedida. Dirigida por Oliver Hirschbiegel.

La ladrona de libros - 2013 (Estados Unidos)

Narra la historia de una animosa y valerosa jovencita llamada Liesel, que transforma las vidas de todas las personas de su entorno cuando la envían a vivir con una familia de acogida en la Alemania de la II Guerra Mundial. Para Liesel, el poder de las palabras y de la imaginación se convierte en una forma de escapar de los tumultuosos eventos que la rodean, tanto a ella como a toda la gente que conoce y quiere. Dirigida por Brian Percival.


Hay muchas más películas, desde Ladrones de Bicicleta a Memorias de una Geisha, que aunque no hagan mención de la guerra, reflejan la realidad de la época en sus personajes, los sentimientos y el escenario adaptado u original.