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viernes, 2 de agosto de 2019

Crítica Cinéfila: Fast & Furious presents: Hobbs & Shaw

Hobbs y Shaw, tan distintos como siempre, son reclutados por una organización de origen no determinado para detener a una amenaza internacional.



Loretto siempre decía "la familia es lo más importante". Y por esta razón, las películas de Fast & Furious han arrastrado está temática, convirtiéndola en el centro de cada uno de sus conflictos generales y dándole a la audiencia las escenas más emocionantes de la saga. A pesar del bullicio de los carros y las carreras poco creíbles pero reales, el cariño de la fanaticada fue más por la familia que los personajes habían presentado a toda la audiencia. Pero cuando se trata de un spin-off de la franquicia, con dos personajes a los que no se les conoce su familia, la temática se rompe y el forcejeo es notorio.

Luke Hobbs (Dwayne Johnson) es un leal policía, miembro de los Servicios de Seguridad del Cuerpo Diplomático de EEUU. Por su parte, Deckard Shaw (Jason Statham) es un solitario mercenario, ex miembro del Cuerpo de élite del ejército británico. De entrada, no tienen nada en común. Además, desconfían el uno del otro, y los insultos y golpes entre ambos no han cesado desde que se conocieron. Eso sí, cuando el mundo se enfrente a una terrible amenaza que podría cambiar nuestro planeta para siempre, estos dos adversarios no tendrán más remedio que unir sus fuerzas. Su objetivo será detener a Brixton (Idris Elba), quien se ha hecho con una peligrosa arma biológica. Hobbs y Shaw tendrán que dejar a un lado su enemistad para salvar el mundo.

El mayor problema de esta película no es el hecho de que es un spin-off innecesario para la franquicia de Fast & Furious, sino que resulta ser una advertencia vociferada de "nunca hagan esto en casa". Es una exageración a todo vapor de lo que el cuerpo humano es capaz de lograr. Por más agilidad y dobles que hayan de por medio, las fatalidades que deberían haber en esta película son muy precarias, incluyendo las de sus protagonistas, quienes por más entrenamiento físico que ambos tengan, es imposible que sobrevivan a todo esto. 


Pero lo aún más intolerable es la cantidad de chistes y sketches de toda la trama. Los guionistas Drew Pearce (Iron Man 3, Mission Impossible: Rogue Nation) y Chris Morgan (quien ha escrito las últimas ocho películas de Fast & Furious, y la que estrenará el próximo año), han decidido dedicar el 50% de la energía de la película en las discusiones baratas y tiraderas de muy bajo nivel entre Hobbs y Shaw, dejando bien claro el odio que estos personajes sienten entre ellos, a pesar de que esto no es información novedosa. Los insultos llegan a un nivel que parecen cambiar de género, y pasar de acción a comedia con tiros y carreras. Esto también va de la mano con la introducción innecesaria de agentes nuevos, protagonizados por Ryan Reynolds y Kevin Hart, en la que su objetivo no es más que agregarle un poco de comedia a algunas de las escenas más "tensas" de la película.

Los problemas de los personajes se extienden a sus pensamientos machistas, irónico porque los personajes femeninos, desde la hermana de Shaw (Vanessa Kirby) y Madam M (Eiza González) hasta la madre de Hobbs (Lori Pelenise Tuisano) y la madre de Shaw (Helen Mirren), tienen todas una actitud matriarcal y de superioridad que no solo con la fuerza bruta derrotan a toda persona que se le cruce por el camino.


Quien se salva de toda la parte negativa de la historia es Idris Elba, el único que verdaderamente trae algo novedoso a la pantalla, representando un agente mercenario del futuro, casi un terminator en estos años, imposible de noquear con un puñetazo de la Roca, y planificado en cuestión de segundos. Se hace llamar el Black Superman y se ha ganado el título sin necesidad de la capa y el traje.

Al final, Hobbs & Shaw es el recuerdo de elementos de Fast & Furious que nunca funcionaron en mí, y un ejemplo importante de que las películas de acción están tomando un giro nuevo que en algunas ocasiones funciona, pero en la mayoría no. Más puñetazos, el doble de diálogos: una historia que no era necesaria contar. Ah! Y el típico zoom cinematográfico al aceite de arranque de los carros.


jueves, 27 de junio de 2019

Crítica Cinéfila: Anna

Bajo la hipnotizante belleza de Anna Poliatova (Sasha Luss) se esconde un secreto que la lleva a poder desatar una imparable agilidad y fuerza, convirtiéndose así en una de las asesinas a sueldo más temidas por los gobiernos de todo el planeta. 



Anna se siente como un intento modernizado de La Femme Nikita, una película que hablaba sobre una joven francesa huérfana que lleva una doble vida: amante cariñosa y dedicada, y espía/asesina asignada del gobierno. Lo decepcionante no es solo que Luc Besson no pudiera simplemente rehacer la famosa película de Nikita, sino que hiciese su peor versión.

Anna (Sasha Luss), una drogadicta de Moscú cuyo ingenio y calma la llaman la atención de un fantasma de la KGB (Luke Evans), y antes de que alguien se dé cuenta, está operando en París como una modelo de élite que se dedica también a asesinatos por encargo.

No hay subtexto, no hay tensión; en ningún momento te preocuparás de que Anna pueda ser atrapada o asesinada, porque todo el trato de Besson son escapes, amputaciones y falsificaciones de último segundo. La única variación que juega en La Femme Nikita es que no sigue una línea cronológica, prefiriendo mostrar un evento impactante en el presente, para luego volver a varios meses antes, cuando se sentaron las bases para cualquier cambio o traición que ya se hayan presenciado en pantalla, y creanme que estos viajes en el tiempo no pudiesen haber mareado más.

Besson parece pensar que es una elección estructural atrevida, pero todo lo que hace es enseñar a no tomar nada a su valor nominal. No se dan razones para que alguien se preocupe por el por qué de cualquier cosa, entonces, ¿por qué alguien estaría invirtiendo en cómo hacerlo? El vacío de Anna, combinado con su tiempo de ejecución de dos horas otorga un momento para uno analizar que uno no se estaría perdiendo de nada si hubiese evitado mirar esta película.


¿Por qué se ha diseñado Helen Mirren para que se parezca a Fran Leibowitz como la administradora de la KGB de Anna? ¿Por qué tantos montajes de asesinatos que terminan cuando Anna estrangula a su víctima? Y si quiere hablar sobre detalles de la época, Anna tiene lugar entre 1985 y 1991, en la era de Glasnost: Mikhail Gorbachev está en el poder y la URSS se está abriendo a Occidente. Pero esta película está perdida sin horizontes ni seguimientos a la realidad del mundo en aquel entonces. Y no solo eso... Besson se equivoca con los detalles del período más básico: los moscovitas comunes tienen IBM ThinkPads y WiFi, las salas de situaciones de la CIA tienen pantallas planas y los teléfonos móviles de todos son considerablemente más pequeños de lo que hubieran sido. 

Besson pasó la mayor parte del año pasado involucrado en situaciones sobre MeToo, hasta el punto en que afectó la estrategia de distribución estadounidense de Anna. Mientras más dura Anna, más incómodas se sienten las opciones de Besson, pues al final del día, es una mujer balanceándose entre dos hombres y un patriarcado de espías. Luss, que se parece a Milla Jovovich (la ex esposa del cineasta), se ve casi exclusivamente como un objeto físico, deseado y utilizado por casi todos. Lo más cercano que tiene la película a un tema es la idea de que siempre está trabajando para alguien que promete su libertad; da un paso atrás y se da cuenta de que está siendo intercambiada entre divisiones e instituciones como una posesión. Incluso el romance de Anna con otra modelo (Lera Abova) es, en última instancia, solo transaccional: a Anna se le ha ordenado usarla como cobertura, porque las novias disuaden a los depredadores.


Besson podría argumentar que todo este fetichismo está al servicio de su héroe que finalmente reclama su propia agencia, pero es la razón más fina, y no explica realmente por qué la cámara ve a Anna como un objeto a lo largo de la imagen.

Por su parte, Luss no juega en los clichés. Ella le da a Anna un núcleo de rabia y vigilancia que apoya perfectamente todo el trabajo físico que debe hacer en el transcurso de la película. La mayoría son cosas muy comunes para correr y saltar, hasta que se presencia una secuencia en la que Anna se inspira en John Wick a través de un restaurante lleno de matones, armada solo con una pistola vacía; al final de la secuencia, está cortando gargantas con platos rotos y matando a su marca con un tenedor. Sin embargo, es difícil leer a la actriz, pues sus emociones son muy planas, sin siquiera intentar expresarse.

Pero esa es la única escena en Anna en la que todo se junta y se ve la película que podría haber sido: robusta, implacable, inteligente y divertida. Mientras tanto, es una historia vacía, confusa  y sin un fin determinado.