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sábado, 5 de diciembre de 2020

Crítica Cinéfila: Run

Hay algo extraño, incluso siniestro en la relación de Chloe (Kiera Allen) y su madre, Diane (Sarah Paulson). Diane ha criado a su hija completamente aislada, controlando cada uno de sus movimientos, pero Chloe pronto empezará a descubrir los oscuros secretos que guarda su madre.



Un delicioso thriller sobre los peligros de la codependencia materna, el segundo largometraje de Aneesh Chaganty demuestra que puede ir más allá que el "truco visual" creado por su Opera prima, Searching. El duelo de excelentes actuaciones de una trastornada Sarah Paulson y la valiente recién llegada Kiera Allen hace que sea difícil apartar la mirada de la pantalla; y es que el ritmo del guión de Chaganty y Sev Ohanian no permite muchas oportunidades para la distracción.

Paulson interpreta a Diane, quien ha pasado los últimos diecisiete años como única cuidadora de una niña con una variedad de necesidades especiales: Chloe (Allen) está paralizada de cintura para abajo, es diabética y asmática, tiene problemas graves de corazón y alergias en la piel. Sin embargo, es una chica extraordinaria: brillante, ingeniosa y ansiosa por comenzar su propia vida tan pronto como la Universidad de Washington le envíe una carta de aceptación.

Las escenas de apertura que muestran la rutina de la escuela desde casa de la pareja (un puñado de píldoras durante el día, un plan de clases riguroso, una sorprendente falta de resentimiento adolescente) también nos informan casualmente que esta niña, a diferencia de casi todos los demás, no siempre tiene esa necesidad constante sobre las conexiones con el mundo exterior. Sin teléfono y aparentemente sin computadora en su habitación, aunque uno se pregunta cómo usa la impresora 3D que está reparando sin una. La cuestión es que no sería fácil hacer ese análisis si de repente uno se diera cuenta de que mamá pudiera estar tramando algo turbio.

Bueno, Chloe sí tiene esa vena de detective. Cuando se percata que su madre le está dando unas píldoras que no le fueron recetadas, ese deseo de investigación despiera. Las primeras escenas después de que surgen las sospechas de Chloe observan lo rápido que improvisan las dos mujeres, cada una sacando mentiras plausibles del aire con una sonrisa cuando la otra hace una pregunta peligrosa. Ninguna compra las respuestas, pero tampoco lo admitirá. Chloe encuentra formas ingeniosas de buscar respuestas sobre la prescripción, y el guión las frustra perfectamente, hasta una secuencia de morderse las uñas en la que se entera de lo que le están haciendo. Diane se da cuenta de su descubrimiento a mitad de camino y la película entra en modo Misery completo, con la niña en silla de ruedas prisionera en su propia habitación.

¿Qué haces cuando no puedes caminar, la puerta de tu habitación tiene barrotes y estás en el segundo piso? Chaganty presenta una respuesta que combina el ingenio de MacGyver, la tensión del reloj y el peligro físico palpable. Una vez terminada la escena, puede sospechar que había una solución más sencilla. Trate de no dejar que eso arruine la emoción pues la secuencia es demasiado ingeniosa y paralizante.

La fotografía es demasiado ingeniosa (me recordó bastante algunos momentos chocantes de Hereditary), donde Hillary Fyffe Spera juega con las sombras creando no solo la suficiente tensión para erizarnos la piel sino que también anticipar bastante de lo que parece que no ocurrirá. Mientras que el compositor Torin Borrowdale proporciona un telón de fondo orquestal de sensación clásica, la película nos mantiene adivinando sin parecer demasiado sedientos para impresionarnos con giros. Aprovechan al máximo las metáforas de la trama sobre el lado oscuro de la procreación y la necesidad existencial de una niña de crear su propia identidad.

Habiéndonos dado un padre rescatado en Searching y una hija que debe hacer su propio rescate aquí, quizás Chaganty construya un thriller en torno al arquetipo más familiar, la madre que superará cualquier obstáculo para proteger a su hijo. Si es así, no cuente con que saldrá de la manera esperada, pues este director sabe salirse con la suya.


domingo, 27 de septiembre de 2020

Crítica Cinéfila: Ratched, 1ra Temporada

En los años 40, Mildred Ratched se traslada al norte de California para conseguir un trabajo en un hospital psiquiátrico pionero en la aplicación de nuevos e inquietantes experimentos con la mente humana.  



Como una inmersión profunda en el villano icónico de One Flew Over the Cuckoo's Nest, Ratched es un estudio desordenado pero ambicioso sobre la represión de poder sobre las minorías en una época donde estas eran desvalorizadas tan facilmente. Creado por Evan Romansky y Ryan Murphy, Ratched busca explicar quién era la enfermera Ratched mucho antes de que Louise Fletcher nos diera pesadillas. 

La serie tiene lugar en 1947, justo cuando la enfermera Ratched comienza a estafar, manipular y sobornar a un sinnúmero de personas para ingresar a un hospital psiquiátrico en el norte de California. El drama nunca parece establecerse sobre si esta mujer corrupta y excéntrica es la heroína o la villana de su propia historia, la agresora o la víctima. Pero hay una sola realidad que sí sabe admitir: ver a Sarah Paulson navegar esos extremos es escalofriantemente increíble. 

Cuando comienza el drama, no sigue a un monstruo completamente formado, sino a una mujer desesperada que se tambalea en el borde entre el bien y el mal. Aunque se infiltra en este hospital con una misión noble, lo hace como una fuerza de caos calculado. No es raro ver a Mildred Ratched provocar a los pacientes sin ninguna razón aparente o hacerse amiga de un compañero de trabajo en un minuto, apuñalarles la espalda al siguiente y luego ofrecerles una mano falsa y amistosa para ayudarlos a salir del peligro que ella causó. Estas inconsistencias trabajan juntas para hacer que la enfermera Ratched sea más aterradora en su imprevisibilidad. Es una mujer que no tiene un plan, sino un vago esquema que uno debe digerir episodio tras episodio para poder entender las verdaderas intenciones de cada frase helante que tira sin que nadie se la espere; sin embargo, eso no le impedirá hacer todo lo que crea conveniente para lograr sus metas a medio formar. Desafortunadamente para el jefe del hospital de Jon Jon Briones, el Dr. Richard Hanover, eso a menudo incluye homicidios y suicidios múltiples.

Estos momentos están muy lejos de la guardiana metódica y aterradora que más tarde gobernaría el Hospital Estatal de Oregon. Sin embargo, estos episodios de inestabilidad en toda la serie se hacen eco de la mente inestable de la propia enfermera Ratched. De la forma en que Ratched lo presenta, la represión forzada de Mildred alimenta cada una de sus acciones desagradables. Su amor secreto por las mujeres hace que sea especialmente cruel con una paciente homosexual y use a uno de sus vecinos del motel como una especie de terapia impulsada por el sexo. Su miedo a la vulnerabilidad le enseña a ser distante y fría con su vida personal mientras saca los secretos más íntimos de todos los que la rodean. Y luego está el icónico y obsesivo amor por el orden del personaje. Cada acción horrible se remonta a los propios demonios de Mildred, pero eso no hace que sus acciones sean más perdonables.

Donde realmente brilla Ratched es a través de su estilizado amor por el gore. Como la temporada de Asylum de American Horror Story, pero con un presupuesto mayor, cada escena se presenta como una magnífica colección de terror. Los actos que producen náuseas, como las lobotomías en pacientes vivos, la ebullición de personas vivas mediante hidroterapia y la mutilación gráfica, se relatan en tomas perfectamente compuestas. Es casi imposible ver la serie sin una mezcla inquietante de repulsión y asombro.

Louise Fletcher fue la perfecta Ratched para la película, pero Sarah Paulson es increiblemente necesaria para ver sus orígenes, pues le da ese toque humano que quizás estuvo muy ausente en su presentación en pantalla grande. Paulson le da razón a su actitud de ser y base a sus fríos motivos. Presenta ese oscuro pasado que era importante tener claro en Ratched y conocer cada una de las cicatrices que dejó a su paso, resultando no solo en las debilidades de una villana impresionante, sino también generando ese censo de terror donde sus mentiras se convierten en palabras de fé y sus miedos se convierten en lágrimas de inspiración.

Las grandes bellezas de esta serie se balancea entre dos aspectos: la inteligencia narrativa detrás de sus personajes, enfocándose en los personajes femeninos como las antiheroínas de la historia y los masculinos cómo los villanos victimizados de cada episodio; y la dirección de arte emocional y controladora, donde no solo denota ese arduo trabajo de diseño de producción tanto en el retrato de la época como en la ambientación de cada escenario, sino también en el uso constante de los colores para mostrar las intenciones enterradas de cada personaje, sobretodo de los protagonistas de la trama. Un aspecto interesante dentro de la misma dirección de arte es el mismo uso del tono verdoso para representar los momentos más fuertes de un personaje, los tonos amarillos para resaltar elegancia y los tonos rojizos para identificar los más débiles.

Si el mundo fuera diferente y aceptara más, toda la energía y dolor de personas como Ratched podría haber sido utilizado para crear algo positivo. En cambio, se desperdició en la creación de métodos de dolor nuevos y elaborados. En última instancia, sabemos que ese es el mismo camino inquietante que tomará Mildred Ratched en subsiguientes temporadas pues la realidad es tal cual, por más terror que genere. Esta es una mujer que acudirá a los pacientes de drogas y los despojará de las necesidades básicas a su antojo, creando un entorno hostil donde las personas a las que se supone que debe ayudar verán más beneficios en atacarse entre sí que en cuestionarla. La enfermera Ratched es y siempre será un monstruo. Pero tan divertido como es ver su reinado de terror, es igualmente importante notar las fallas sociales e institucionales que cimentaron este camino retorcido para ella.


viernes, 20 de septiembre de 2019

Crítica Cinéfila: The Goldfinch

Una familia adinerada del Upper East Side se lleva a un niño en Nueva York después de que su madre es asesinada en un atentado en el Museo Metropolitano de Arte.



Theodore Decker tenía 13 años cuando su madre fue asesinada en un atentado en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Esta tragedia cambió el rumbo de su vida, viéndose sumido en una desgarradora odisea de dolor y culpa, reinvención y redención, amor y odio. A pesar de todo, se aferra a una prueba tangible de esperanza que le dejó aquel terrible día... un cuadro de un pequeño pájaro encadenado a su percha: El Jilguero.

Por años, salta de hogar en hogar, y cuando encuentra unas cuantas gotas de felicidad a su vida, el universo se la arrebata y lo obliga a seguir moviéndose sin un verdadero objetivo. Así es como se siente la película The Goldfinch, una adaptación de la novela ganadora del premio Pulitzer de Donna Tartt, la cual está protagonizada por grandes talentos de la pantalla grande, pero aún así decide apegarse a ideas narrativas que no funcionan en su totalidad en un filme, mientras que abandona otras muy necesarias para la historia y el ritmo de esta.

En el cine, lo nuevo y lo audaz —y lo biográfico— reinan para ser nominado a los premios, lo que extrañamente hace que The Goldfinch, tan cargado de privilegios, esté un poco frío y hasta me atrevo a decir vacío. ¿Cuánta necesidad tenemos ahora de una adaptación literaria obediente sobre la riqueza y el arte?


La historia de The Goldfinch se refiere a una pintura desaparecida después de un bombardeo en el Museo Metropolitano de Arte. Bueno, les falta a los que están fuera de la novela, y ahora el ámbito íntimo de la película. En el interior sabemos que la pintura fue tomada por un niño, Theo (Oakes Fegley), cuya madre murió en la explosión y que se ha encontrado bastante solo en el mundo. A medida que seguimos los juicios y tribulaciones de Theo (más tribulaciones que juicios), desde Nueva York a Las Vegas y de regreso, la pintura, realizada por un maestro holandés que murió en una explosión (otra explosión, no la misma), actúa como un talismán y un recordatorio culpable del pasado, tanto inspiración como peso. Las cosas eventualmente (aunque brevemente) se mueven en territorio de misterio, suspenso y thriller, pero Crowley trata de mantener el tono en drama y nostalgia.

La película de Crowley, al menos, tiene más argumentos de lo que se espera. Muchas películas como esta son episódicas y pesadas, golpean los ritmos requeridos pero no evocan un sentido real de la vida cinematográfica. Crowley, sin embargo, encuentra una melodía con bastante frecuencia, imbuyendo su película con un silencio lírico y tristeza. Está magníficamente filmada, espacios bien equipados de Nueva York dado el brillo lacado de una pintura vieja. Pero también maneja dos líneas de tiempo con gracia, yendo y viniendo entre la juventud y la adultez naciente. En ese sentido, se honra el espíritu del libro de Tartt: sentimos el bostezo de los años, el peso del dolor y la experiencia formativa acumulada.

Lo que sin duda es un logro. Solo que no hay suficiente textura y sensación en The Goldfinch. Existe esa tristeza que preside, sí, pero la importancia de la pintura, y de todo el arte, los objetos y la música que tanto le importan a la gente de la película, no es lo suficientemente palpable. En última instancia, la película tiene que establecer apresuradamente sus temas al final porque han pasado dos horas y media y es hora de concluir las cosas. Deseaba ver toda la conmovedora alegoría de Tartt, la forma en que vierte la densidad de crecimiento y lamento en algo sólido que puede pasar de las manos, y que pudo haber tenido espacio para florecer en la película. Pero no lo hace, y dejé la película apreciando su estilo y sus fuertes actuaciones, pero no alterada emocionalmente de ninguna manera persistente.


Eso no es por falta de intentos por parte de sus actores. Como lo hizo en Brooklyn, Crowley persigue el trabajo fino y silencioso de su elenco. Como los dos Theos, Fegley y Elgort tienen muchas miradas silenciosas y contemplativas. Pero a veces son capaces de provocar un estallido expresivo, en momentos que registran profundamente la pérdida casi cósmica de Theo. Elgort es particularmente efectivo, atenúa su brillo a un resplandor nocturno; él está obsesionado y consumido por la memoria, una persona que sigue tropezando con un tiempo presente que no entiende. Sin embargo, el guión los lleva forzados, pues a pesar del obvio vacío que siente el personaje, a su vez se siente sin una meta física y sin un deseo de alcanzar algo al final de la historia. Es verdad que es una película de crecimiento emocional, pero este llega tan tarde que se siente apresurado y sin un adecuado desarrollo.

Kidman hace un giro sutil como una dama de la sociedad que le gusta los gustos y educaciones de Theo después de su tragedia. Ella y Crowley crean una rica historia familiar en solo unas pocas escenas, y la película mira hacia otro conjunto de problemas y tragedias, ayudando a espesar el mundo de la pintura y a todas las personas que lo rodean. Lo mismo para Jeffrey Wright como otro de los cuidadores de Theo. Mientras que Finn Wolfhard y Aneurin Barnard sorprenden con dos versiones diferentes de Boris, el dinámico y único emigre ucraniano con el que Theo forma una conexión cercana y, en última instancia, catastrófica.

En total, The Goldfinch es buena, mas, al despejar esa barra, abre toda la posibilidad de que podría haber sido aún más. No es tarea fácil, convertir un libro de 784 páginas en una película, y mucho menos una llena de referencias sobre arte y antigüedades. Tal vez podría haber una versión de miniserie que satisficiera toda la ambición de mente alta de Tartt. Mientras tanto, la película que existe solo alcanza los ritmos principales: es majestuosa y segura, y está bien. Tal vez eso significa que podría llegar a algunas nominaciones después de todo.